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Guatemala, 6 de enero de 2009

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Plástica: La tarjeta navideña 

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Por Irma de Luján

El padre de la tarjeta navideña fue un señor bostoniano de nombre Louis Prang, solo al ver su fotografía uno piensa “ese fue”.

La joven nación, me refiero a Estados Unidos, por ese entonces se resistía a celebrar la Navidad como una fiesta religiosa. Fue hasta consumada la Independencia que se empezó tímidamente a celebrarla. Por ley, los pobladores de Massachusetts tenían prohibido celebrar el 25 de diciembre. Incluso cuando esa ley de derogó en 1861, para los habitantes de Nueva Inglaterra la Navidad pasaba inadvertida. Esa actitud prevaleció en todo el país hasta el siglo XIX, cuando católicos irlandeses, anglicanos, protestantes y luteranos alemanes infundieron en su nueva patria las tradiciones que cada grupo traía.

Los austeros pastores, como por ejemplo Henry Ward, radicado en New York, hermano de Harriet Beecher autora de La Cabaña del tío Tom confesaba: “Para mí la Navidad es un día extranjero”. Un año después de esta rotunda declaración, el impresor Louis Prang desempolvó un libro de estampas e “inventó” la tarjeta navideña comercial, hoy día casi en vías de extinción. A estas litografías, este señor solo les agregaba Feliz Navidad, pero la moda de las tarjetas empezaba a abrir un camino hacia la inmensidad inagotable de la cursilería, así es como hizo su triunfal ingreso la tarjeta navideña.

Existen algunos grados con que el espíritu humano desarrolla su fe ante lo divino, por ejemplo la mística, la piadosa, la devocionaria y la superstición, solo una de ellas puede ser cursi: el devoto o la beata. Nada de malo hay en ello, pero es esa exacerbada devoción la que los empuja a la cursilería.

Las tarjetas navideñas fueron presa fácil de lo cursi. Aunque existen varios tipos, por ejemplo, como el devoto necesita el retrato de Dios y si es Navidad la del Niño Jesús, para estos devotos existen las reproducciones de los grandes pintores, recurrentemente del barroco o barrococó palabra inventada por el historiador de arte Francisco de la Maza, palabra inexistente en el diccionario pero justa para este tipo de tarjetas.

Murillo fue uno de los más representados. De este inefable pintor cuántas cosas horrendas se han hecho en su nombre. Existe un maravilloso ejemplar en donde se ve la Natividad y de la luna en cuarto menguante desciende una ristra de angelitos, cada uno de ellos con toda la gracia infantil dejan caer rosa, libros (¿?), trompetas y pelotas, todos estos regalos para un recién nacido, al fondo se ve, suponemos, la ciudad de Belén.

Abusando de la paciencia y el buen gusto de las personas, hubo tarjetas, las cuales creo ya no existen, en donde vemos al rubicundo y desagradable Santa que al oprimirle el estómago nos gritaba jo, jo, jo.

El cursi navideño crea frases atroces y deseos ingenuos, ejemplo “Eres la hermosa señal de eterna paz, feliz Navidad”. En estas postales San José es un venerable anciano, La Virgen una guapa y dulce joven con un manto lleno de joyas. Los santos siempre son bellos o más bien bonitos. Pero con todo, prefiero estas tarjetas cursis al gélido correo electrónico que creo me lo está enviando la refrigeradora. Feliz Año Nuevo.

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