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Guatemala, 7 de enero de 2009

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CATALEJOMario Antonio Sandoval
Cuba 1959 vista con
ojos infantiles

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LOS CINCUENTA AÑOS de la llegada de Fidel Castro al poder en Cuba, necesariamente me hizo recordar mi infancia, y cómo vi ese hecho con mis ojos de patojo de 12 años. Me encantaba leer revistas, y por eso nunca faltaba la argentina Billiken, dedicada a los niños, y la cubana Bohemia. Por esas dos publicaciones supe de la existencia de Juan Domingo Perón, el dictador argentino, y de Fulgencio Batista, el dictador cubano. Me eran comunes los nombres de los presidentes Grau, Prío, del opositor Chibás, y después del 1 de enero de 1959, de Castro, el Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Huber Matos. Diez lustros después, me doy cuenta de haber despertado políticamente en esa época, con las limitaciones —claro— de la edad y de la inocencia.

BOHEMIA ME ENSEÑÓ MUCHO. Se entregó a Fidel y era un verdadero panfleto de la revolución. Publicaba enormes cantidades de fotos de los revolucionarios triunfantes, pero también de los fusilamientos. Eran grotescas. Recuerdo el caso de un esbirro batistiano, con guayabera y pelo blanco. En la primera foto, la turba aplaudía cuando lo llevaban al paredón. La segunda mostraba cuando las balas lo alcanzaban. Y en la tercera se veía de cerca el cráneo partido en dos, con un ojo abierto. Recuerdo haber preguntado a mi papá por qué habían publicado esas fotos, aunque el tipo fuera malo. Por primera vez rechacé ese tipo de periodismo. Empecé a poner más atención a las secciones de tiras cómicas y a las fotos de cantantes como Celia Cruz.

DE LOS COMANDANTES, me caía mejor Camilo Cienfuegos. Cuando murió en un accidente aéreo, aún no totalmente aclarado, se me despertaron las teorías de la conspiración interna. Había leído de la Revolución Francesa y de cómo al final fueron decapitadas algunas de sus principales figuras, por desavenencias dentro de los altos mandos. Hubiera podido jurarlo: a mi criterio de entonces, esa había sido la primera muerte de ese tipo en Cuba. Años después, cuando supe del paradero de Matos, por ejemplo, ya de adulto afiancé ese criterio. Se me fue quitando la admiración por lo ocurrido en Cuba, debido en buena parte a la influencia de mi abuelita, para quien los revolucionarios, por ser barbudos y comunistas, no podían ser buenos.

VISTO TODO ESTO DESPUÉS de haber vivido medio siglo y dos lustros, me pongo a hacer comparaciones con los intereses de los niños de 12 años hoy en día y mi generación. Era un mundo más simple, con menos posibilidades de actividad, tecnológicamente prehistórico. Los intereses de los patojos de hoy son cien por ciento distintos a los de nuestra época. Talvez por la falta de conocimiento acerca de los grandes defectos de los políticos, tema ahora común, nos interesábamos más en los personajes deseosos de cambiar países, de lograr un beneficio generalizado. En el ambiente guatemalteco, al hacer las odiosas pero necesarias comparaciones, me doy cuenta de la mayor calidad personal en un abrumador porcentaje de los protagonistas.

BOHEMIA DESAPARECIÓ. Su director, Miguel Ángel Rodríguez, terminó suicidándose. Eso me enseñó hasta dónde pueden llegar las consecuencias de un periodismo entregado ciegamente a causas políticas. Después, el ya mencionado acercamiento a la política, a causa de las circunstancias de mi hogar, ayudó a forjar mi desconfianza hacia los políticos, de cualquier signo. Con el tiempo lo comprendí: se trata de intereses distintos y de un sendero ético muy ancho, para mi gusto. Obviamente, no puedo resumir en un artículo todo mi pensamiento sobre el tema de lo ocurrido en Cuba hace 50 años. Solo quiero compartir con los lectores el recuerdo de mis pensamientos de niño ante un acontecimiento histórico de importancia indudable.

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