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Guatemala, 7 de enero de 2009

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Horrores idiomáticos y algo más...: Una anécdota de Chepe Zarco 

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Por María del Rosario Molina

Mis dos hijos varones estudiaron en La Preparatoria, el excelente colegio que dirigían las inolvidables educadoras Clarita y Elisita Molina Llardén, y en el que daba clases además su hermana Martita.

A todas las mencioné con el diminutivo porque así las llamábamos, no solo los estudiantes, sino también sus padres, y ya no digamos sus abuelos, contemporáneos y amigos de ellas desde la infancia, tal el caso de mi padre. La Preparatoria, estaba situada antes del devastador terremoto de 1976 en la 7a. avenida entre 12 y 13 calles. Allí llegaba yo todos los días a recoger (no se dice “a traer”) a Roberto Martín, mi hijo mayor -el menor entró precisamente en 1976- y en cuanto salíamos a la calle, los alumnos de bachillerato me silbaban y me echaban flores, lo que hacía que mi vástago montara en cólera.

Un día, allá por 1972 o 1973, no recuerdo la fecha exacta, el asunto pasó a más. Dejaba mi automóvil en un estacionamiento un tanto alejado, y debíamos subir la 12 calle hacia la 6ª. avenida, lo que significaba recorrer más de una cuadra a pie, y en esa ocasión, delante de nosotros iba un grupo de estudiantes de secundaria, entre ellos Chepe, que tendría unos trece o catorce años. Ya era para entonces un chico bien parecido y alto, el más alto del grupo. Pues bien, no sé si por molestar al chiquillo, o en verdad por piropearme, Chepe se volteó y le dijo: “Tu mamá es la mamá más linda de toda la “Prepa” y el grupo lo coreó. “Los voy a golpear, desgraciados, hijos de… tantas. Nadie le dice nada a mi mamá”, les gritó furioso el chiquitín, y se lanzó contra Chepe, que lo detuvo con gentileza, riéndose a carcajadas de cómo ese enano que se creía David la quería emprender contra él y los demás Goliats, aunque creo que más de alguna patada le debe de haber caído en las espinillas. Para evitar más problemas evité subir la doce y algún otro estacionamiento busqué.

Pasó el tiempo, la Preparatoria se cambió a la zona 9 tras el terremoto y no volví a ver a Chepe. Bastantes años después lo encontré, hecho todo un hombre apuesto, en una fiesta de las que frecuentemente celebraba en su mansión de la zona 14 una compañera de estudios de Derecho de mi hijo, que ya para entonces había crecido y no es ningún David precisamente. Ni que decir hay que les recordé el “incidente”. Lo tenían grabado en la memoria y ambos, agresor y agredido, rieron de muy buena gana. Chepe me volvió a “florear”, en pura broma, pero esa vez Roberto Martín no se enojó.

Años después comencé a traer mis artículos a Prensa Libre, primero los que se publicaban en la página literaria de los domingos y luego los que ustedes siguen leyendo en mi columna semanal. Lo encontraba con frecuencia y platicaba conmigo, siempre entusiasta y con algún empeño que me comunicaba, v.gr. su campaña “No sea coche” que apoyé desde mis Horrores Idiomáticos, cuando mencioné todos los nombres de los porcinos, que no son pocos.

Descansa en paz, Chepe.

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