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Guatemala, 8 de enero de 2009

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Probablemente uno de los temas abordados en las conversaciones familiares de las fiestas de fin de año fue el relativo a la crisis económica; cuyas primeras manifestaciones comenzamos a sentir, con mayor intensidad, en el segundo semestre del año recién pasado.

Seguramente hablar de crisis en un país que las ha vivido de todos los colores y sabores suena de lo más común. Una raya más al tigre. Sin embargo, resulta evidente que el momento actual no tiene comparativo alguno con otros capítulos de nuestra historia. Prefiero llamar al momento actual como suma de aprietos. Se trata de una acumulación de factores marcadamente diferentes a otros momentos de apuros. La mejor comparación de lo que está por suceder en el 2009 es cuando nos golpeamos con un objeto. En el momento no hay molestia; pasados unos minutos, se da paso al dolor y las consecuencias comienzan a asomar.

Insisto que tanto en el Gobierno como en el empresariado se extraña la ausencia de planteamientos que indiquen la urgencia de modificar rumbos y dar cabida a medidas de contención. En ambos actores predomina el inmovilismo y las visiones reducidas. Contrario a lo que desde hace meses se da en países vecinos, en Guatemala el discurso y las acciones van en un sentido absolutamente ajeno a las dinámicas que en el resto del mundo son evidentes. A pesar de los avisos de precaución, a la necesidad de crear escenarios alternos, reducir velocidades, modificar metas y ajustarnos los pantalones, la nave nacional continúa su ruta, como si ningún obstáculo se observara a la distancia.

Aunque tarde, aún es hora de modificar ciertos factores claves: los programas del Consejo de Cohesión Social y ProRural deben enfocarse hacia las áreas rurales, donde se dan los embates del desempleo (estas zonas no coinciden con los municipios priorizados); debe crearse un fondo de contingencias, ante la disminución de las exportaciones de productos tradicionales; es necesario dirigir los programas de créditos hacia las poblaciones más vulnerables y con edad productiva (jóvenes). Es deseable mantener los niveles de empleo del 2007 y 2008, en lugar de lanzar cifras al aire que no tienen viabilidad. La obra pública debe aumentar significativamente, para generar empleo masivo a nivel local.

En el ámbito del sector privado, debe modificarse el discurso. No solo se trata de que el Gobierno genere condiciones para aumentar inversiones, aumentar la productividad y disminuir impuestos. Se trata de crecer la apuesta y meterse más frontalmente en una jugada, la cual han evadido históricamente muchos de sus integrantes. El barco es uno; no es posible que se hunda solo una parte.

rlrosal@yahoo.es

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