Guatemala, 9 de enero de 2009
Por Margarita Carrera
Este viernes 9 de enero de 2009, Rigoberta Menchú cumple 50 años.
Día de fiesta no sólo para ella, sino para todo el pueblo de Guatemala que la ama, la admira y ve en ella un ser ejemplar, modelo de vida que jamás ha traicionado a su pueblo, a su etnia; talento excepcional capaz de aprender el español en tres años, sin libros, maestros y escuela. Como dice la contraportada de su libro Me llamo Rigoberta Menchu y así nació mi conciencia, se apropió del lenguaje del colonizador, no para integrarse a una historia que nunca la incluyó, sino para hacer valer, mediante la palabra, una cultura que es parte de esa historia.
Ahora la historia universal no puede dejar de mencionar su nombre que alcanzó las cimas del Nobel de la Paz el especialísimo día 12 de octubre de 1992, cuando se cumplían 500 años del descubrimiento de América, para bienestar de Europa y maldición del nuevo continente. Desde entonces, el exacerbado racismo, la inclemente explotación de los indígenas, su hundimiento en la pobreza y miseria, la negación de su cultura milenaria que enriquece la historia universal, no han cesado.
Cincuenta años de vida de una mujer que ha sufrido los peores dolores, las más crueles persecusiones. Pero que también ha alcanzado merecidamente los más altos homenajes a nivel universal. Algo que es recibido por ella con sencillez y decoro. Muchos son los que la odian, la envidian; pero muchos más somos quienes la amamos de corazón y sentimos orgullo de conocerla y de ser considerados (as) sus amigos y amigas.
Rigoberta cumple hoy 50 años, medio siglo de vida intensa. Medio siglo de lucha y arduo trabajo. La niñita de Chimel ha crecido como árbol frondoso que abriga con su sola presencia a cuantos la rodean, a quienes la rodeamos y a los que están lejos pero que ella revive al ser quien es. La historia de su vida es la historia del pueblo indígena de Guatemala, de América Latina. Se dice que Rigoberta aprendió la lengua del opresor para utilizarla contra él; más bien, Rigoberta aprendió la lengua española para poder comunicarse con todos cuantos no conocemos ninguna lengua indígena pero que no por ello dejamos de admirar su cultura, sus costumbres, su espiritualidad, su sabiduría. Pero lo que más me admira es la perfección con que ella habla el español, los excelentes discursos que hace en esta lengua. Lo único que ella exige es el reconocimiento de su cultura ancestral, el respeto y la honra. Con un epígrafe tomado del Popol Vuh se inicia el libro Me llamo Rigoberta Menchú, epígrafe que considero digno de tomar en cuenta en toda época: “Siempre hemos vivido aquí; es justo que continuemos viviendo donde nos place y donde queremos morir. Sólo aquí podemos resucitar; en otras partes jamás volveríamos a encontrarnos completos y nuestro dolor sería eterno”. He de decir que cuando en la televisión y otros medios de comunicación sale la imagen de Rigoberta en medio de personalidades destacadas del mundo, me siento orgullosa y me digo: por fin alguien de Guatemala ha roto con los límites fronterizos. Ella y Miguel Ángel Asturias, los dos Premios Nobel que nos dan a conocer en los diversos continentes.
Cuando monseñor Juan José Gerardi terminó su discurso sobre el Remhi en la Catedral Metropolitana, el 24 de abril de 1998, le hizo entrega de este libro a Rigoberta Menchú, símbolo viviente de la sufrida Guatemala, porque además de ser indígena y mujer, había sido una de las víctimas más golpeadas por la guerra. Estoy segura de que si estuviera aún vivo, este día 9 de enero de 2009, estaría celebrando los 50 años que cumple Rigoberta.
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