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ECLIPSEIleana AlamillaPaciencia y serenidad

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Es difícil colocarse en los za-patos de alguien, peor aún si se trata del primer mandatario de un país, rodeado como suele estar de una rosca de ruiseñores encargados de elogiarlo hasta el emotivo sollozo. Por eso no me puedo imaginar lo “lindo” que es ser presidente y lo difícil que es ejercer el cargo con madurez de estadista.

No se trata solo de ser políticamente correcto, lo que a veces raya en la superficialidad y la corrección diplomática sin contenido. El asunto es cómo se practica la política con dignidad, con el nivel que requieren las responsabilidades de Estado. En nuestro medio, en la práctica política suele prevalecer el comportamiento chusco, que caracteriza al guión telenovelesco que se repite con cada nuevo gobierno. Los y las candidatas corean en sus oratorias los marchitos ofrecimientos de sus antecesores, prometiendo no redundar en las violaciones a las garantías constitucionales de quienes han ocupado sus cargos, mientras que los electores hacen como que les creen, pues la esperanza es lo único que les queda.

Entre toda esta retahíla de falsedades, hay una que ha sido el caballito de batalla y es lo relativo a la relación Prensa-Gobierno, tan difícil como cualquier convivencia humana, con la diferencia de que tiene graves repercusiones en la colectividad y para la democracia. Es una verdad inobjetable que el gobierno no puede quedar bien con Dios y con el diablo, pero de ahí a que se pongan los guantes y reten a duelos absurdos a sus críticos es algo totalmente inadmisible que inicia una ruta sinuosa de peligroso desenlace.

Siempre se dice defender la libertad de expresión. Se grita a todos los vientos que la libertad de prensa es sagrada. Cada quien que esgrime estos argumentos tiene sus particulares intereses, unos porque quieren legítimamente exteriorizar sus pensamientos, otros buscan vender sus mercancías, unos más pretenden obligar e imponer; no hay, por supuesto, nada desprovisto de intereses, eso es absolutamente normal. Son esos los que guían nuestras acciones, sean de la naturaleza que fueren. Todo esto es comprensible, siempre que cada una de las palabras que se pronuncien esté revestida de la verdad y honestidad.

Todo esto viene al caso con ocasión del espectáculo que nos está ofreciendo la cabeza del gobierno, y que debe terminar. No es posible que la investidura y la dignidad del presidente de la República continúen exponiéndose a un desgaste y descrédito innecesario. El presidente Álvaro Colom está obligado a reflexionar, a guardar la calma y la serenidad que su cargo exige. No puede reaccionar con exabruptos e insultos aunque su punto más sensible, las críticas a su esposa, la primera dama, se generalicen.

Resultó electo para gobernar el país, no para defender a la persona de sus afectos. Sus propuestas y proyectos debe saber venderlos, con información, transparencia y humildad, para que nosotras(os) las comprendamos, aceptemos y aplaudamos. Insultar a la Prensa, a los columnistas y a sus críticos no es la actitud que se espera de él.

Le recuerdo parte del mensaje del secretario general de la ONU pronunciado el año pasado con ocasión de la celebración del Día Mundial de la Libertad de Prensa: “Los ataques a los periodistas son ataques a la ley internacional, a la humanidad, a la libertad y a los valores que la ONU defiende”.

Paciencia y serenidad, señor presidente.

iliaalamilla@hotmail.com

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