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Guatemala, 7 de julio de 2009

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PUNTO DE ENCUENTROMarielos MonzónHonduras: dolor y sangre

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Lo decía la presidenta de Ar-gentina, Cristina Fernández, durante la reunión extraordinaria de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en la que se decidió expulsar a Honduras por no restituir al presidente legítimo, Manuel Zelaya. “Lo peor del golpe de Estado es lo que viene después y todo lo que eso significa”. Se refería a las nefastas consecuencias derivadas de la ruptura del orden democrático, que trajeron a la Argentina y al resto de países de América Latina miles de muertos y desaparecidos; así como el recorte de los derechos y las garantías ciudadanas. “Fue una noche larga y oscura a la que no queremos regresar”, dijo en una oportunidad Mario Benedetti, al referirse a los años de las dictaduras en su natal Uruguay.

Pero regresamos. Honduras se tiñe de dolor y de sangre. En la crónica del 6 de julio, del periodista Pablo Ordaz, del diario español El País, se lee: “Isis Obed Murillo tenía 19 años, pero su cara era la de un niño. Su nombre será recordado con tristeza y con rabia en Honduras, porque ayer —a eso de las cuatro de la tarde y frente al aeropuerto de Tegucigalpa— un soldado cuadró su rifle, apretó el gatillo y la bala asesina —¿hay alguna que no lo sea?— entró por la nuca del muchacho. Isis estaba allí para esperar un regreso que no se produjo. El de Manuel Zelaya, presidente de Honduras al que un comando del Ejército secuestró y sacó del país para, inmediatamente después, colocar en su lugar a un tal Roberto Micheletti, cuya frase más repetida es: esto no es un golpe de Estado. Pero sí es un golpe de Estado, claro que es un golpe de Estado. Si esto no fuera un golpe de Estado, Micheletti no estaría sentado ahora en la Casa Presidencial, el cuerpo de Isis no estaría tendido en la morgue del Hospital Escuela y esta crónica no se tendría que estar escribiendo en medio de un toque de queda. Un toque de queda que es cada noche más largo y más siniestro”.

Los hospitales de Honduras están llenos de heridos, hay periodistas, líderes sindicales y populares y funcionarios públicos escondidos o refugiados en sedes diplomáticas; otros están desaparecidos, los medios de comunicación han sido intervenidos y solamente salen al aire las voces de quienes apoyan a los golpistas. Las redes de movimientos sociales y organizaciones de derechos humanos han hecho circular de forma alternativa fotografías y videos de las multitudinarias marchas en apoyo al presidente derrocado y la represión de la que son víctimas por parte de la Policía y el Ejército. Esas son las consecuencias a las que se refería la presidenta Argentina en su discurso, esa es la brutal represión que le sigue a un golpe de Estado.

Por eso, todos los organismos multilaterales y los gobiernos del mundo han cerrado filas pidiendo la restauración del presidente legítimo de Honduras, Manuel Zelaya. Por eso resulta inaceptable que la vía de solución a los problemas políticos internos de un país sean los fusiles y los cuartelazos; por eso no se puede admitir la dizque solución propuesta por los golpistas de “adelantar las elecciones” para que asuma un gobierno electo en las urnas. Eso sería abrir nuevamente las puertas en nuestro Continente a quienes a “sangre y plomo” buscan adueñarse de un país. El precedente sería nefasto, si se le permite a los gorilas hondureños, habrá intentonas en el resto de países latinoamericanos y habremos regresado a la noche larga y oscura a la que se refería Benedetti. Los grupos oligárquicos que han mantenido sus privilegios intentarán una y otra vez —a costa de lo que sea— mantener el control y no perderlo. Los demócratas del mundo tendremos que cerrarles el paso.

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