Vida

Que no te den cuento  

Cuando alguien te llegue con el cuento que le pasó a “un amigo” que no recuerda el nombre, o para no evidenciar que no sabe de quién se trata, te diga que es un amigo de su mamá, hermana, o colega, ten por seguro que te va a salir con una leyenda urbana. Quedan muy bien sobre todo en un día como mañana: el de Los Santos Inocentes. Acá te ofrecemos un par, y hay que reconocer que estos relatos son tan buenos e interesantes, que dan ganas de creerlos. De otra forma no seguirían transmitiéndose de “amigo en amigo”.

El clasificado increíble

Para uso de promoción, es válido que haya algún clasificado incoherente, pero qué te parece que la mamá de una amiga cuenta que: Una “íntima” de ella en un pueblo de oriente, puso uno de éstos en verdad.

La historia se dio porque el marido de la señora falleció. Al leer el testamento resultó que tenía una amante y no la quería dejar sin nada, así que le pidió favor a su esposa (la amiga en cuestión) que vendiera el carro último modelo, se quedara con la mitad del dinero y la otra mitad se la diera a su amada “noviecita”. La señora, nada complicada, puso el siguiente clasificado: “Vendo carro mustang último modelo en excelentes condiciones a Q50. Informan en avenida Chipilapa 4-00 zona 1, Jalapa”.

Alguien a quien el anuncio le dio más curiosidad que interés, fue a averiguar cómo estaba el negocio, y terminó con el título de propiedad en sus manos. La señora esposa del difunto, hizo la voluntad de su amado y le dio Q25 a la “novia”. ¿Bien merecido no?

En fin, aunque te parezca increíble todavía hay gente que cree esta historia. Si no ya nadie la contaría, con variantes, claro, de producto y personajes, pero es la misma. Mucho cuidado, que si encuentras algo así en un clasificado lo más probable es que se trate de un timo.

Un poco de miedo

Pero eso no es nada, algunas historias también tienen cierta carga de suspenso. Por ejemplo, ¿alguien ha oído hablar del cachudo?

En la finca del abuelo, si algo sobra es el espacio al aire libre. Los mayores de la familia andan en el campo de noche como si fuera dentro de la casa. Pero los chiquitos suelen salir y perderse.

Así que de repente surgieron muchos cuentos de terror, gracias a que no hay candado ni cerradura con potencia tal para detener a algún aventurero. Por ejemplo, era impensable ir al riachuelo, que quedaba a menos de un kilómetro de distancia de la casa, luego de la penumbra (seis de la tarde, dependiendo de la estación), porque era el lugar preferido de la Llorona y la Siguanaba. Nadie quería toparse con estos personajes, aunque en realidad, si se escuchara algún ruido o murmullo se tratara de un caballo, una vaca o un perro. Sin duda era una buena táctica para frenar los instintos de exploración de los más pequeños, que gozaban de identificar ruidos nocturnos y subir un poco la adrenalina. Hasta que llegó otro protagonista del miedo, el único capaz de enchinar la piel de los grandes también. Le pusieron El Cachudo, y era real.

Manuelito tenía un perro al que todos querían mucho por ser tan leal con los amados conocidos e implacable con los extraños. Se llamaba Cuto. Era negro y alto, musculoso y de mirada penetrante, un animal fuerte. El acompañante ideal cuando la noche embestía al tío Meme. Hacía algunos meses, estaban sucediendo cosas extrañas en los alrededores de la finca. Los perros amanecían mal heridos y otros animales muertos y desangrados. Esas eran las imágenes que Manuelito tenía en la cabeza una noche en una vereda cuando el cuto se puso en posición de ataque e inquieto, con el pelo de la cabeza erizo, las orejas levantadas y la cola entre las patas lo rodeaba como pidiéndole que no diera un paso más. “¡¿Cuto qué te pasa?!”, le decía nervioso en el instante en que una rama del árbol que estaba frente a él, a unos 20 metros, cayó. Unos brincos largos asomaron a una bestia negra que tenía el cuerpo como de hombre, cachos, dos colmillos muy grandes y los ojos brillantes. Ante tal aparición que bajaba con rapidez de aquel árbol, el tío Meme quedó petrificado en mente y cuerpo. Antes de ver aterrizar el zarpazo en su cuerpo, el Cuto se enfrentó a aquel monstruo y su instinto lo puso a correr. Cada vez se oía más lejos el escándalo de una pelea que terminó con chillidos, los mismos que hicieron que sus lágrimas dieran a tierra por una querida mascota.

La sorpresa fue que al día siguiente el Cuto llegó a casa. No tenía pelo ni piel en muchas partes de su cuerpo, un ojo cerrado, una pata enferma; ¡ah!, pero bueno, esa era la pata a la que debía su nombre. El perro maltrecho fue la gran prueba, por la que creyeron la fantástica historia de Manuelito y el comienzo de otros encuentros, que un día cesaron de la nada.

Se decía que tal vez era un coyote con rabia, de los que rondaban por el lugar a montones, pero podría haber sido una versión del famoso Chupacabras de los 80’s. ¿Quién sabe? Al final se convirtió en una leyenda urbana que mantuvo en casa también a los hombres. Quizá se lo inventó una mujer.

Total, hay muchos cuentos en el aire. Muchos de estos son de terror. El único que parece digerible hasta el día de hoy, es el del acompañante de la curva El Chilero. Ahí dicen que se sube un tipo de la nada, a hacerte compañía en el carro, y del susto… ¡te vas a hacer pedazos!

También está el de la mujer vestida de blanco que se le atraviesa a los carros de jovencitos ebrios en Milpas Altas, por la noche y madrugada, hasta en los diarios ha habido espacio para esta noticia.

Por ahí dicen “hasta no ver no creer”, pero algunos miedosos se conforman solo con saberlo.