Ideas
Aprender del pasado, construir el futuro
Que este cambio de ciclo sirva para renovar nuestros propósitos personales y nuestro compromiso con la defensa de una república libre.
La llegada de este 2026 nos obliga a una pausa necesaria. La vida humana la contamos en ciclos, siendo uno de los más importantes el de los años. Cada año que finaliza es recomendable que reflexionemos sobre lo que vivimos, los éxitos que celebramos, los fracasos que nos forjaron, las lecciones aprendidas, las nuevas personas que llegaron a nuestra vida y aquellas que, tristemente, partieron.
La vida es bella y hay que vivirla bien cada minuto que tengamos.
Debemos mirar con sinceridad los acontecimientos que vivimos, las decisiones que tomamos y las consecuencias que cosechamos. La incertidumbre puso a prueba nuestra capacidad de adaptación; las crisis nos mostraron quiénes ocupan lugares verdaderos en nuestra vida; los errores cometidos nos mostraron las áreas donde el juicio nos falló o nuestra preparación fue insuficiente.
El paso del tiempo también nos enseña a reordenar nuestras prioridades. Lo que parecía urgente en enero quizá perdió relevancia en diciembre; lo que se ignoraba al inicio se volvió esencial más tarde. Este balance anual no debe medirse únicamente por la cantidad de metas que alcanzamos, sino por la calidad de la adaptación que demostramos frente a las cambiantes circunstancias y la profundidad del autoconocimiento que logramos adquirir.
Si logramos hacer esa introspección, más de alguna lección aprenderemos. En mi caso, se me ocurren algunas: conforme más avanzamos en edad, más necesitamos desarrollar la resiliencia mediante hábitos que fortalezcan nuestro cuerpo y nuestra mente —ejercicio regular, sueño suficiente, relaciones auténticas— antes de que llegue la próxima tormenta. Ayuda mucho practicar regularmente la gratitud deliberada por lo elemental: la salud, las personas confiables, el trabajo digno, evitando dar por sentado aquello que puede fácilmente desaparecer. Adicionalmente, es importante establecer límites claros entre lo urgente y lo importante, reservando tiempo no negociable para aquello que construye nuestro presente y, por tanto, nuestro futuro.
Pero también comienza un nuevo año y, como es natural en el espíritu humano, tenemos elevadas expectativas del futuro que vendrá. Hacemos planes, dejamos que nuestra imaginación sueñe con todo lo maravilloso que podría pasar en el año que inicia. Sin embargo, debemos ser conscientes de los retos que tendremos que enfrentar. En la salud, en la familia, en las relaciones con otros, en el trabajo y, para ajuste de penas, en el país. Este año que inicia no nos garantiza ni el éxito ni la ausencia de dolor, pero sí nos ofrece la oportunidad de aplicar lo aprendido con mayor sabiduría y menos ingenuidad.
La vida es bella y hay que vivirla bien cada minuto que tengamos. Vivir una vida feliz implica defender las condiciones que la hacen posible: la propiedad privada fruto de nuestro trabajo, la libertad para intercambiarla y la ausencia de coacción arbitraria. La historia nos demuestra que el ingenio humano y la cooperación social voluntaria —el mercado— siempre encuentran grietas por donde florecer, incluso bajo el peso del peor autoritarismo. Su tarea, y la mía, es mantenernos vigilantes y activos, no permitir que el pesimismo nos paralice ni que el Estado usurpe nuestro rol de protagonistas.
Recibamos el 2026 con la frente en alto y con la convicción de que nuestra vida nos pertenece. Que este cambio de ciclo sirva para renovar no solo nuestros propósitos personales, sino nuestro compromiso con la defensa de una república verdaderamente libre. Porque al final del día, los gobiernos pasan, los funcionarios cambian, pero la responsabilidad de buscar nuestra propia felicidad es intransferible. ¿Está dispuesto a defender su libertad? Que sea un magnífico año, lleno de libertad y prosperidad.