Por la libertad
¿Qué nos dejó La riqueza de las naciones hoy?
Al tratar de satisfacer su necesidad, su propio interés, ha satisfecho la necesidad de los demás.
El pasado 9 de marzo se celebró el 250 aniversario de la primera publicación del famoso libro Investigación de la Naturaleza y Causas de La Riqueza de las Naciones, del filósofo escocés y profesor de Ciencias Morales Adam Smith. Desde entonces se considera a Adam Smith como el padre de la economía moderna y a la economía, como ciencia. Si bien ya había escritos filosóficos anteriores a Smith, no fue sino hasta esta publicación que se expandieron por todo el mundo conceptos como la mano invisible, la división del trabajo, intercambio, la cooperación social y el interés propio, entre otros.
Tener presente el interés propio no es más que el simple deseo, muy natural, de mejorar el bienestar propio y de la familia con prioridad.
Celebrar esta publicación me hace recordar con cariño y admiración al doctor Manuel Ayau, quien dedicó toda su vida a explicar estas ideas. El trabajo de Smith sobre la división del trabajo y el intercambio fue complementado por David Ricardo y se le conoce como Ley de las Ventajas Comparativas. Ayau pensaba que si la gente entendía estos conceptos, entonces ya había entendido economía, y escribió un libro que consideró de los más importantes en su carrera: Un juego que no suma cero.
En el libro de Smith podemos encontrar explicaciones de cómo es que las personas actúan libre y voluntariamente cooperando entre sí, especializándose en ciertas tareas productivas. Quienes participan de la división del trabajo se proveen bienes y servicios en forma recíproca al intercambiar lo que producen mejor que si no existiera esta división de trabajo y consecuente intercambio. “El uno provee al otro de lo que necesita, y recíprocamente, con lo cual se difunde una general abundancia en todos los rangos de la sociedad”.
Su famosa frase “la mano invisible” fue mencionada primero en su libro La teoría de los sentimientos morales. Luego, en su libro La riqueza de las naciones la utilizó solo una vez. Smith la explica así: el panadero, quien, buscando tener ingresos para poder satisfacer sus necesidades, fabrica pan y lo vende, con lo cual, a la vez y sin ser su principal intención, satisface las necesidades de pan de quienes le han comprado este producto. Al tratar de satisfacer su necesidad, su propio interés, ha satisfecho la necesidad de los demás. Lo ha hecho en forma libre, es decir voluntaria y pacífica. Ha intercambiado el fruto de su trabajo por otro bien. Esto es pura cooperación social.
El panadero no produce solo por producir. No produce para que le sobre, sino para intercambiar su producción por otras cosas. De lo contrario, su esfuerzo sería inútil. Si le sobra, se empobrece, pues pierde lo que invirtió. Así como el panadero, el carpintero, el cocinero, el agricultor y cualquier persona trabajadora que produce algo tratará de que no les sobre nada. Este principio se aplica también a quienes venden servicios, tales como los maestros, los profesores, los policías, los médicos, los bomberos, los banqueros, los aseguradores y, en general, todo aquel que trabaja produciendo lo que otros quieren, ya sean bienes o servicios.
El interés propio no debe confundirse con la interpretación de la avaricia en el sentido de obtener cualquier cosa a cualquier precio pasando sobre los derechos de los demás. Yo busco mi interés para beneficiarme respetando los derechos ajenos, y otros buscan su interés sin violar los míos. Tener presente el interés propio no es más que el simple deseo, muy natural, de mejorar el bienestar propio y de la familia con prioridad. Si no se conociera el interés ajeno, tampoco podría satisfacerse el propio.
Smith pensaba que el Gobierno debía ser limitado, y criticó duramente el mercantilismo y los privilegios. Si nuestros políticos y votantes entendieran bien estos conceptos, tendríamos hoy un mejor nivel de vida.