Pluma invitada
Cuando los derechos no llegan a todas
El racismo no siempre es explícito, pero sus efectos son profundos.
Griselda, originaria de Quiché, quería estudiar y convertirse en maestra de música. Pero a los 16 años, su vida cambió cuando quedó embarazada. Su historia no es excepcional. Es el reflejo de cómo las desigualdades siguen condicionando las trayectorias de vida de miles de niñas y adolescentes en Guatemala, especialmente aquellas que son indígenas, afrodescendientes o viven en contextos de pobreza.
La discriminación limita derechos y el desarrollo de mujeres indígenas y afrodescendientes.
En departamentos como Quiché, donde solo en 2025 se registraron 4,854 nacimientos de madres entre 10 y 19 años, el embarazo en adolescentes sigue siendo una de las principales barreras para el desarrollo. Limita la continuidad educativa, reduce las oportunidades de inserción laboral y perpetúa ciclos de pobreza que afectan a las adolescentes, sus familias y comunidades.
Estas cifras no pueden leerse como decisiones individuales, sino como el resultado de normas sociales y de género que actúan como determinantes estructurales clave, al definir las expectativas y trayectorias de vida de las niñas y adolescentes desde edades tempranas. Estas normas se sostienen en estructuras más profundas de exclusión, donde el racismo opera como un factor transversal que limita el ejercicio pleno de derechos.
El racismo no siempre es explícito, pero sus efectos son profundos. Se manifiesta cuando una mujer no recibe atención en su idioma, cuando sus decisiones no son respetadas o cuando su comunidad enfrenta mayores carencias en servicios básicos. En el ámbito de la salud, estas brechas pueden traducirse en mayores riesgos durante el embarazo, el parto y el postparto.
Para las mujeres afrodescendientes, sus realidades y necesidades tienden a no estar suficientemente visibilizadas en las políticas y respuestas institucionales, lo que se traduce en barreras adicionales para el acceso a servicios, oportunidades y justicia, en contextos donde múltiples formas de discriminación se entrecruzan y refuerzan entre sí.
Las consecuencias de estas desigualdades se reflejan en las altas tasas de embarazo en adolescentes, mayores riesgos en salud materna, trayectorias educativas interrumpidas y menos oportunidades para construir proyectos de vida autónomos, en contextos donde muchas niñas y adolescentes también están expuestas a distintas formas de violencia.
Cerrar estas brechas requiere respuestas integrales y sostenidas. Implica fortalecer servicios de salud accesibles, oportunos y culturalmente pertinentes, que garanticen atención en los idiomas de las comunidades, con personal capacitado y libre de prejuicios. Supone también asegurar educación para que niñas y adolescentes puedan tomar decisiones informadas sobre su futuro, y aumentar la inversión en los territorios históricamente excluidos, donde las desigualdades se concentran y se profundizan.
Pero también exige reconocer que el racismo no es un fenómeno aislado, sino una barrera estructural que excluye, restringe derechos y profundiza desigualdades, con efectos directos en las oportunidades de las personas y en el reconocimiento de su identidad.
En el marco del Día Internacional contra la Discriminación Racial, el llamado es a reconocer el racismo en nuestras prácticas cotidianas y actuar para transformarlo, cuestionando prejuicios, evitando reproducir estereotipos y no siendo indiferentes ante situaciones de discriminación. Asimismo, es un llamado a impulsar una igualdad real en el acceso a derechos, servicios y oportunidades.
Cerrar estas brechas hace la diferencia para construir un desarrollo que reconoce, respeta y garantiza los derechos de todas las personas, sin dejar a nadie atrás.