Catalejo
Dos ejemplos muy claros de ignorancia y descuido
No es victoria ganar la suspensión de acciones dirigidas a reducir el peligro de poner orden en el tránsito.
La negativa de los transportistas de carga pesada de limitar la velocidad de los vehículos para disminuir la posibilidad de accidentes y la decisión del ministerio del ramo para renacer los estudios de magisterio, eliminados en tiempo de Pérez Molina, ejemplifican dos acciones contradictorias. Tanto el sector privado como el sector público no pueden o no desean pensar siquiera en las consecuencias de decisiones absurdas, en detrimento de los guatemaltecos, con el resultado de debilitar las esperanzas de avance en el país, a causa de descuido, irresponsabilidad, avaricia, corrupción y poco valor y entereza de las autoridades. Aparentemente no tienen relación, pero su efecto negativo, aunque sea sangriento o no, permanece por mucho tiempo.
Además de lo anterior, las calles y carreteras del país —la mayoría en mal estado— obligan a tomar decisiones claras, fáciles de entender y al mismo tiempo severas en cuanto a velocidad de manejo, documentos para autorización, experiencia requerida para conducir tipos diversos de vehículos. Los autobuses extraurbanos, sobre todo en el occidente del país, convierten a esas carreteras en pistas en lugares donde la muerte se mantiene muy ocupada. Todos hemos sido testigos de camionetas de pasajeros a muy altas velocidades en las curvas de un alto porcentaje de las rutas, con las llantas en mal estado, los escapes lanzando humo negro como consecuencia del mal estado de mantenimiento, y los conductores con muestras de haber ingerido licor.
Los vehículos terrestres deben ser considerados en general como posibles armas mortales.
Aunque con una proporción menor, los tráileres son también ejemplos de lo mismo. En este caso, un factor fundamental es el cansancio de los pilotos por haber hecho a veces hasta tres viajes diarios desde la capital. La Ley de Tránsito es una caricatura, la corrupción en cualquiera de los casos arregla cualquier problema causado por alguna multa. Los vehículos terrestres deben ser considerados en general como posibles armas mortales, y por tanto considerar homicidio culposo cualquier muerte causada en toda clase de calles, caminos o carreteras de cualquier número de carriles. Deben incluirse las motos, cuyo número aumenta cada día y sus conductores son campeones de zigzagueo en medio de las calles tanto capitalinas como departamentales.
Un elemento peligroso es la ignorancia de cuántos metros necesita un vehículo para detenerse, así como el tiempo. Por ejemplo, quien va a 40 km por hora (apenas 60) si el camino es plano, circula a 16 metros por segundo y se detendrá si necesita una vez iniciados alrededor de 80 metros de distancia. Los números de cien km/hora son de 27 metros/segundo. Estos números aumentan si se frena en bajada. Y si se toma una curva a esas velocidades, la fuerza centrífuga empuja al vehículo a la derecha o a la izquierda a causa de la inercial, todo ello contribuye a dificultar el proceso de evitar colisiones de frente o de lado, volcar los vehículos o embarrancarlos.
Según un viejo dicho, los accidentes no ocurren sino se causan por cualquiera o muchas de las razones mencionadas. Al estar ya cerca la Semana Santa, es útil enterarse o recordar estas cifras, no exageradas ni inventadas, sino reales pero ignoradas. Son parte integrante también del subdesarrollo, manifestado en todos los órdenes de la vida humana. Les deseo a mis lectores un feliz descanso cuando llegue el momento, entusiasmo por participar o ver las procesiones, no arriesgarse con tragos, visitar responsablemente los lugares donde decidan irse a descansar o a visitar las poblaciones donde nacieron y saludar a los familiares aún residentes allí. Ni esas poblaciones ni el mar o los lagos van a moverse ni abandonar los lugares donde han estado por miles de años. Por eso no tiene lógica alguna correr para llegar unos minutos antes.