Al grano

Dos visiones del poder: el servicio frente a la ambición

De cómo y por qué se persigue el poder dependen muchas cosas importantes.

La historia de la Civilización Occidental es, en gran medida, la crónica de una tensión irresuelta entre dos formas diametralmente opuestas de entender el ejercicio de la autoridad. A lo largo de los siglos, hemos oscilado entre el poder como una carga de servicio y el poder como una herramienta de lucro personal. De la prevalencia de una u otra visión depende, en última instancia, la salud de las libertades individuales y la supervivencia del bien común.

Cuando se ejerce el poder para servir a la sociedad y al Estado, el ciudadano honorable hace un sacrificio.

Existe una visión del poder que roza lo ideal. Es aquella que lo concibe como un sacrificio necesario para garantizar la seguridad del Estado y la prosperidad de sus ciudadanos. En esta tradición, el líder es un ciudadano honorable que interrumpe su vida privada y sus negocios para servir a la patria. La prueba definitiva de esta nobleza no reside en el acceso al mando, sino en la capacidad de abandonarlo con dignidad y la satisfacción del deber cumplido.

La historia recoge ejemplos monumentales de esta virtud. Diocleciano, tras rescatar al Imperio Romano de la anarquía, prefirió el retiro en Split para cultivar sus propios huertos, rechazando incluso los ruegos de volver al mando con la célebre respuesta de que prefería sus hortalizas a la tormenta del poder. Siglos después, Carlos V, el hombre más poderoso de su tiempo, decidió abdicar y retirarse al silencio de Yuste cuando comprendió que su ciclo había concluido. George Washington, habiendo podido perpetuarse tras la independencia, declinó la vida política y regresó a su finca en Mount Vernon, estableciendo un precedente de republicanismo que aún hoy define a las democracias sanas. Son estadistas que no buscaron la vanagloria ni la riqueza, sino el cumplimiento de un deber superior.

En las antípodas de este modelo se encuentra la visión del poder como un botín; un medio —a menudo el menos costoso— para forjar nombres y fortunas. Aquí el jerarca no sirve, sino que se sirve. Esta patología política produce personajes que se aferran al cargo con una voracidad destructiva, capaces de cualquier maniobra para prolongar sus funciones. Nombres como Nicolae Ceaușescu, Fidel Castro, Mobutu Sese Seko o Rafael Trujillo representan esta degeneración: el poder entendido como propiedad privada y la función pública como una empresa de enriquecimiento ilícito.

Esta dicotomía define la naturaleza de las instituciones. Mi tesis es que, cuando en una sociedad prima la visión del poder como servicio, los partidos políticos funcionan como verdaderas instituciones. Son espacios donde se descubren y forman hombres y mujeres de Estado, figuras excepcionales que entienden la política como una misión. En estos escenarios, los partidos son pocos, sólidos y programáticos.

Por el contrario, cuando el poder se percibe como un medio para hacer fortuna, los partidos dejan de ser instituciones para convertirse en “empresas electorales”. Proliferan y de la misma manera desaparecen. Suelen organizarse por mercaderes del voto que carecen de ideario y cuyo principal fin es la captura de los recursos del Estado, en parte, muchas veces, para cubrir las deudas resultantes de constituir el partido y sufragar las campañas políticas.

La calidad de una democracia no se mide solo por sus leyes, sino por la visión del poder que sus líderes abrazan. Si no recuperamos el ideal del servicio y el sacrificio personal, seguiremos condenados a ver nuestras instituciones suplantadas por una maquinaria interesada, alejándonos de aquellas “edades de oro” donde el liderazgo era, ante todo, un acto de honor.

ESCRITO POR:

Eduardo Mayora

Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Barcelona y por la UFM; LLM por la Georgetown University. Abogado. Ha sido profesor universitario en Guatemala y en el extranjero, y periodista de opinión.

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