Pluma invitada

Guatemala, Israel y el antisemitismo

Cuestionar decisiones de un gobierno es legítimo; negar el derecho de un pueblo a existir o justificar la violencia contra civiles no lo es.

El antisemitismo no es un fenómeno lejano ni exclusivo de Europa. Tampoco es un residuo histórico confinado a los libros. En Guatemala, aunque la comunidad judía es pequeña y profundamente integrada, no estamos inmunes a las corrientes de odio que recorren el mundo. Las redes sociales han amplificado viejos prejuicios, ahora revestidos de consignas ideológicas que intentan disfrazar la intolerancia como “crítica política”.

La neutralidad entre la democracia y el fanatismo no es equilibrio: es renuncia.

Conviene hacer una distinción fundamental: cuestionar decisiones de un gobierno es legítimo; negar el derecho de un pueblo a existir o justificar la violencia contra civiles no lo es. Cuando se corean consignas que relativizan masacres o se banaliza el terrorismo, se cruza una línea moral. Y cuando se culpa colectivamente a los judíos, en cualquier parte del mundo, por las acciones de un Estado, se revive el veneno ancestral del antisemitismo.

En este contexto, la defensa de Israel no es únicamente un asunto geopolítico; es también una cuestión de principios. Israel es la única democracia consolidada de su región, con elecciones libres, división de poderes, prensa crítica y una sociedad plural donde conviven ciudadanos judíos, musulmanes, cristianos y drusos con representación política. En un entorno dominado por regímenes autoritarios o teocráticos, su mera existencia es una afirmación práctica de los valores occidentales: libertad, Estado de derecho e igualad ante la ley.

Frente a ello se alzan movimientos como Hamás, cuya carta Fundacional y cuya práctica reiterada reivindica la eliminación de Israel y legitima la violencia indiscriminada. No se trata de una disputa territorial entre dos Estados que buscan fronteras seguras; se trata, en buena medida, de una confrontación entre una democracia imperfecta, como todas, y una organización que hace del terror su método y de la destrucción su objetivo declarado.

Presentar esta realidad como un simple conflicto simétrico es una simplificación peligrosa. Israel actúa, como cualquier nación, movido por la necesidad de proteger a su población. Sus errores deben señalarse; sus excesos, si los hubiera, investigarse. Pero equiparar la defensa de un Estado democrático con el accionar de grupos terroristas que celebran la muerte de civiles es una distorsión moral.

Para Guatemala, que históricamente mantuvo relaciones tempranas y estrechas con Israel, este debate no es irrelevante. Nuestra tradición diplomática ha reconocido el derecho del pueblo judío a su hogar nacional y ha valorado la cooperación tecnológica, agrícola y científica proveniente de esa nación. Renunciar a esta claridad por presión ideológica o por la moda del momento sería una claudicación ética.

Además, el antisemitismo rara vez se detiene en los judíos. Es un termómetro del deterioro social. Donde prospera el odio contra una minoría, pronto se extiende contra otras. Defender a Israel contra el salvajismo islamista no significa negar el sufrimiento del pueblo palestino ni cerrar los ojos ante la complejidad del conflicto. Significa afirmar que la barbarie no puede ser justificada, que el terrorismo no es resistencia y que la civilización, con todas sus imperfecciones, merece ser defendida.

En tiempos de confusión moral, conviene recordar que la neutralidad entre la democracia y el fanatismo no es equilibrio: es renuncia. Y Guatemala, que conoce el precio de la violencia ideológica, debe tener la lucidez de no repetir los errores de la historia, aunque esta vez se presenten bajo nuevas banderas.

Israel no es solo un Estado; es un símbolo vivo de resiliencia, libertad y determinación frente al terror. Defenderlo no es un acto de parcialidad, sino de coherencia moral. Entre la democracia imperfecta y el fanatismo homicida, la conciencia civilizada no puede titubear, debe estar, sin ambigüedades, del lado de Israel. Amén.

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