La buena noticia

La Tierra vista desde lejos y la paz

Lo decisivo no es solo cómo salir de la violencia, sino desde qué fundamento puede rehacerse la convivencia.

Estos días de Pascua han coincidido con una escena poco habitual: seres humanos viajando, otra vez, más allá de la órbita terrestre. Desde la misión Artemis 2, a bordo de la nave Orión, uno de los astronautas dejó un sencillo mensaje: “Mientras unos pocos viajan en una nave espacial, todos habitamos otra nave común, la Tierra”. Vista desde lejos, aparece como un oasis en medio de la inmensidad. Y añadió: “No somos distintos unos de otros; estamos en esto juntos”.

Denunció también nuestra creciente habituación a la violencia y la “globalización de la indiferencia”.

La imagen obliga a pensar. Si compartimos la misma casa, la convivencia no es opcional. No hay otro escenario disponible. No existe un lugar al que puedan trasladarse nuestras guerras ni nuestras cegueras colectivas. La mirada desde el espacio deja al descubierto un hecho elemental: la humanidad comparte un destino material, histórico y ético.

Ese dato, que parece evidente, contrasta con el estado real del mundo. La guerra vuelve a instalarse como lenguaje aceptable. La polarización desgasta el juicio. El desprecio por la vida ajena se reviste de razones estratégicas, culturales o incluso morales. Y, a fuerza de repetirse, la violencia termina por parecer

normal.

Una crítica social acertada no basta. La cuestión es desde qué posición leer este momento sin caer en la ingenuidad ni en la resignación. En ese punto, la Pascua introduce una perspectiva que merece ser considerada incluso fuera del ámbito confesional.

Para el creyente, la resurrección afirma que el mal no tiene la última palabra; para quien no cree, aparece como una exigencia ética: no aceptar la brutalidad, la mentira o la indiferencia como destino. En ambos casos, la Pascua impide resignarse: si la última palabra no pertenece a la muerte, tampoco pertenece a la venganza, a la dominación, al odio organizado ni a la mentira útil. Esa es la lógica de la esperanza cristiana: no evasión del mundo, sino una forma exigente de habitarlo sin rendirse a su degradación.

En ese punto se entiende el reciente llamado del Papa León XIV a la paz. En el mensaje urbi et orbi, del 5 de abril, afirmó que la resurrección es victoria de la vida sobre la muerte y que Cristo vence sin violencia. No propuso una paz impuesta, sino nacida del diálogo, del encuentro y de la transformación del corazón; una lógica que encuentra en el Domingo de la Misericordia una expresión concreta: el perdón como camino de paz. Denunció también nuestra creciente habituación a la violencia y la “globalización de la indiferencia”, y convocó a una vigilia de oración por la paz este 11 de abril. Ese mensaje no fue aislado. Venía precedido por una afirmación polémica: “Dios no escucha la oración de quienes hacen la guerra”. No se trata de una frase efectista, sino de Isaías 1,15: donde Dios rechaza el culto cuando las manos están manchadas de sangre. No se niega la oración; se denuncia la incoherencia entre lo que se invoca y lo que se vive. Leídas en conjunto, estas ideas trazan una línea clara: no hay oración verdadera sin coherencia de vida; Cristo no vence destruyendo, sino entregándose; y la paz, si es don, también es tarea. La vigilia convocada no es un añadido piadoso, sino la consecuencia de esta lógica.

Lo decisivo no es solo cómo salir de la violencia, sino desde qué fundamento puede rehacerse la convivencia. Los medios humanos son necesarios, pero no bastan. Sin un reconocimiento efectivo de la dignidad humana y del bien común, la fuerza y la indiferencia terminan imponiéndose. Hablar de paz no es retórica. Es una exigencia de verdad y coherencia. Porque no basta con lamentar la violencia; lo que importa es si nuestras decisiones la superan o la perpetúan.

ESCRITO POR:

Tulio Omar Pérez Rivera

Licenciado en Teología Litúrgica por la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma. Durante varios años fue párroco en zonas indígenas cakchiqueles. Actualmente es obispo auxiliar de Santiago de Guatemala.