Al grano

La polarización no es un accidente

Aunque parezca mentira, hay quienes sacan provecho de la polarización.

En las últimas décadas, la sociedad parece haberse fracturado en tribus irreconciliables. Cada bando ve al otro no como rival político, sino como amenaza existencial. Sin embargo, esta polarización tan aguda no ha surgido solo de diferencias naturales de ideas ni ha sido sólo un proceso social espontáneo. En buena medida ha sido alimentada, y a veces fabricada, por actores políticos que encuentran en ella un provecho claro.

Ante la polarización sembrada como cizaña, la respuesta es la razón, tolerancia y prudencia.

La estrategia es conocida: construir una imagen distorsionada del contrario. No se discute con argumentos el programa del adversario; se crea una caricatura de él. Se le presenta como enemigo de todo lo valioso: enemigo de la libertad, de la igualdad, del progreso, de la tradición o del futuro, según convenga. Esa imagen incompleta, sesgada y maliciosa cumple su propósito: genera miedo, activa lealtades emocionales y moviliza votos. La confrontación deja de ser un choque de proyectos para convertirse en una batalla entre el bien y el mal, maniqueísta, blanco o negro. Y en esa narrativa simplificada, el espacio para el matiz desaparece.

Quien observa con honestidad reconoce que en toda sociedad democrática conviven distintas formas legítimas de entender la condición humana. Hay quienes priorizan la libertad individual y la responsabilidad personal; otros, la solidaridad colectiva y la corrección de desigualdades. Unos valoran la tradición y la continuidad cultural; otros, la innovación y el cambio acelerado. Dejando fuera los extremos, ninguna de estas visiones es absurda por sí misma. Todas han producido logros y errores a lo largo de la historia. El problema no está en su existencia, sino en la animosidad con que se enfrentan.

La respuesta a esta dinámica tóxica no puede ser más polarización ni una ingenua negación de las diferencias. La respuesta debe ser triple: razón, tolerancia y prudencia.

Razón, porque las ideas se defienden con argumentos, datos y experiencia, no con etiquetas ni consignas. Convertir al disidente en un monstruo es renunciar a persuadir con razonamientos fundamentados.

Tolerancia, no como indiferencia moral, sino como reconocimiento de que el otro tiene derecho a existir y a expresarse aunque sus convicciones nos parezcan equivocadas. La tolerancia verdadera se prueba precisamente cuando el otro piensa distinto, no cuando coincide con nosotros.

Prudencia, porque la vida en común exige mesura. Saber que las victorias absolutas son raras y que las sociedades sanas se construyen con compromisos imperfectos, no con la aniquilación del contrario.

La diversidad de miradas sobre cómo organizar la vida en sociedad es inevitable y, en muchos sentidos, enriquecedora. Lo que no es inevitable es que esa diversidad se traduzca en odio, desprecio o violencia verbal cotidiana. Esa escalada sí es una elección, y con frecuencia una elección rentable para quienes la promueven.

Recuperar el debate civilizado no significa volverse tibio o renunciar a las propias convicciones. Significa defenderlas con inteligencia y firmeza, pero sin convertir al que piensa distinto en un ser despreciable. Significa recordar que, detrás de las etiquetas políticas, hay personas complejas con preocupaciones reales, no caricaturas de propaganda.

La polarización extrema debilita la democracia porque erosiona la confianza mutua que hace posible la convivencia. Frente a quienes lucran con la división, la mejor respuesta es negarse a jugar su juego. Rechazar las caricaturas. Exigir argumentos. Practicar, aunque cueste, la razón, la tolerancia y la prudencia. Solo así evitaremos que las diferencias, que siempre existieron y siempre existirán, terminen convirtiéndose en trincheras permanentes.

ESCRITO POR:

Eduardo Mayora

Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Barcelona y por la UFM; LLM por la Georgetown University. Abogado. Ha sido profesor universitario en Guatemala y en el extranjero, y periodista de opinión.

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