Liberal sin neo
Periodismo y activismo
El patrón selectivo se describe con una palabra: sesgo.
El Premio Pulitzer 2026, otorgado el pasado 4 de mayo a The Washington Post por su cobertura de los esfuerzos de la administración de Donald Trump y del programa DOGE para reducir el tamaño del gobierno federal, subraya una pregunta incómoda sobre el periodismo contemporáneo; ¿la prensa está fiscalizando el poder o participando activamente en una batalla política? Es sano que un medio critique y cuestione al poder; el problema es que ciertos grandes e influyentes medios han dejado de distinguir entre periodismo investigativo y activismo narrativo.
Lo que brilla por su ausencia en ese enfoque es la otra cara de la moneda.
El premio reconoce una serie de reportajes centrados en los recortes de gasto y despidos de empleados públicos. Los reportajes se enfocan en las consecuencias emocionales de los recortes; humaniza a los afectados, relata vidas “trastocadas”, construye empatía con el burócrata desplazado y el gasto podado. Lo que brilla por su ausencia en ese enfoque es la otra cara de la moneda; el crecimiento sostenido del aparato estatal estadounidense, un déficit fiscal malsano, deuda pública asfixiante cuyo servicio drena el gasto corriente y la pregunta legítima de si un gobierno de ese tamaño es sostenible y quién lo paga. El lector recibe retratos humanos del dolor burocrático, sin atender el igualmente dramático costo de sostener el gasto descontrolado del aparato estatal. Premiar ese ángulo narrativo como “servicio público” dice tanto sobre el Pulitzer como sobre el Post.
La falta de neutralidad periodística es recurrente. El Washington Post y el New York Times compartieron en 2018 el Pulitzer de Reportaje Nacional por su cobertura del supuesto “Russiagate”; la obsesiva conspiración de que la campaña de Trump había confabulado con el Kremlin para ganar las elecciones de 2016. Con el tiempo se reveló que esa narrativa fue construida sobre inteligencia falsa financiada por la campaña de Hillary Clinton y manipulada por altos funcionarios del FBI, la CIA y fiscales. El informe del fiscal especial Durham, publicado en 2023, no encontró evidencia de la supuesta confabulación y criticó la actuación del FBI. El Columbia Journalism Review realizó una investigación de 18 meses y concluyó que la cobertura mediática tuvo serias fallas y que las acusaciones de colusión nunca fueron sustanciadas. Ni el Post ni el Times devolvieron sus premios Pulitzer; tampoco se autocriticaron o disculparon.
Mientras tanto, escándalos de proporciones enormes recibieron una fracción de esa atención. El caso “Feeding Our Future”, en Minnesota, es ilustrativo. Más de 78 personas fueron acusadas federalmente por desviar cientos de millones de dólares del Programa Federal de Nutrición Infantil; el escándalo se extendió luego a fraudes en programas de vivienda, servicios para el autismo, guarderías y Medicaid, con estimaciones que superan los mil millones de dólares en fondos públicos malversados, tan solo en Minnesota. La investigación mediática nunca alcanzó la atención sostenida que dedica a cada tuit presidencial.
Tanto el Post como el Times minimizaron durante años las señales evidentes del deterioro físico y cognitivo de Joe Biden; la diferencia de intensidad y tono entre la cobertura de él y de Trump es demasiado obvia. En algunos indicadores del índice Gallup, los medios masivos han caído por debajo del Congreso como la institución menos confiable por el público.
El patrón selectivo se describe con una palabra: sesgo. Si a esto se suma prejuicio y dedicatoria, produce activismo. Es necesario que el periodismo cubra el poder, que investigue, critique y denuncie, sin confundir activismo político con rigor periodístico.