La buena noticia
La Ascensión del Señor: esperanza que levanta a Guatemala
La Ascensión recuerda que la última palabra no la tienen las estructuras de muerte protegidas por “paredes” de impunidad desde las cortes.
Celebrar la Ascensión del Señor en el contexto guatemalteco es proclamar, en medio de tantas heridas históricas y sufrimientos sociales, que Dios no ha abandonado a su pueblo. Cristo asciende al Padre, pero no se desentiende de la humanidad; al contrario, permanece caminando con las comunidades que luchan diariamente por la vida, la justicia, la dignidad y el desarrollo humano integral y sostenible.
Cristo ha ascendido, pero su presencia sigue viva en el pueblo que comparte el pan, defiende la dignidad humana y construye esperanza.
En Guatemala, donde muchas familias viven marcadas por la pobreza extrema, la migración forzada ahora criminalizada, la violencia de los grupos criminales, la corrupción en las instituciones del Estado, la impunidad en el sistema de justicia y la exclusión de los pueblos indígenas y campesinos, de obreros y jóvenes, la Ascensión se convierte en una solemnidad profundamente esperanzadora. Jesús glorificado lleva consigo nuestra humanidad herida. Él presenta ante el Padre el dolor de las madres que lloran a sus hijos migrantes o asesinados por las maras, el cansancio de los campesinos olvidados y empobrecidos, la incertidumbre de los jóvenes sin oportunidades y atrapados por las redes de narcotraficantes y el clamor de tantas comunidades que resisten el abandono, al despojo de sus tierras y la desigualdad.
La Ascensión nos recuerda que la última palabra no la tienen el miedo ni las estructuras de muerte protegidas por “paredes” de impunidad desde las altas cortes. Cristo ha vencido al pecado y a la muerte, y esa victoria inaugura una esperanza histórica. No se trata de esperar pasivamente el cielo mientras la injusticia continúa dominando la tierra con su secuela de sufrimiento. Al contrario, el Señor asciende para impulsarnos a transformar la historia desde el Evangelio.
Por eso, esta fiesta interpela éticamente a nuestra sociedad y también a nuestra Iglesia. No podemos levantar los ojos al cielo mientras permanecemos indiferentes ante la corrupción que destruye las instituciones y mata la vida, ante el saqueo de los territorios, ante el desprecio por los pobres o ante la criminalización de quienes defienden la vida y la tierra. La Ascensión exige una fe comprometida con la verdad, la transparencia y la justicia social.
También desafía pastoralmente a nuestras comunidades cristianas. Una Iglesia que celebra la Ascensión no puede encerrarse en los templos o en los movimientos laicales ni reducir su misión a prácticas religiosas desconectadas de la realidad. Cristo asciende y envía. Por eso necesitamos una Iglesia en salida, cercana a las heridas del pueblo, capaz de escuchar, acompañar y caminar junto a quienes sufren. Una Iglesia sinodal, donde todos tengan voz: mujeres, jóvenes, pueblos originarios, catequistas, comunidades rurales y urbanas. El Señor glorificado nos llama a caminar juntos, discerniendo comunitariamente los signos de los tiempos.
Además, la Ascensión tiene una fuerza profundamente misionera y profética. En un país donde muchas personas han perdido la confianza en las instituciones y hasta en el futuro, las comunidades cristianas están llamadas a anunciar que otra Guatemala es posible. No desde discursos vacíos de politiqueros codiciosos, sino desde el testimonio concreto de fraternidad, solidaridad y organización comunitaria.
Cristo ha ascendido, pero su presencia sigue viva en el pueblo que comparte el pan, defiende la dignidad humana y construye esperanza desde abajo. Allí donde una comunidad se organiza para proteger la vida y cuidar la casa común, donde una familia resiste con fe, donde los pobres siguen creyendo en la justicia de Dios, allí el Señor continúa actuando.
La Ascensión no aleja a Jesús de la historia guatemalteca; lo hace más cercano a las luchas y esperanzas de su pueblo. Y desde esa certeza, la Iglesia está llamada a levantarse con valentía, mirar hacia el horizonte del Reino y seguir caminando junto a los crucificados de nuestro tiempo hasta que la vida plena de Dios alcance a todos.