Pluma invitada
La pobreza del progreso
¿En dónde queda la civilización y la cultura que debemos defender y promover, si hemos alcanzado cierto grado de desarrollo hasta el presente?
En 1980, E. Bradford Burns escribió The Poverty of Progress, que caracteriza a América Latina en el siglo XIX desde una perspectiva cultural. Después de más de un siglo, observo con preocupación situaciones y circunstancias similares en estos tiempos modernos en Guatemala, aunque diferentes. Con la independencia de independizarse las naciones de América Latina, las élites dirigieron el Estado e impusieron reglamentos de trabajo a los estratos indígenas y mestizos, excepto el régimen conservador de Rafael Carrera, quien los protegió. Fue una época marcada por la violencia contra la población indígena, de mentalidad tradicional, y la población mestiza, con cultura propia. Al incorporarse las nuevas repúblicas latinoamericanas a la civilización europeo occidental, los gobiernos liberales abrazaron la filosofía del progreso, del individualismo, la competencia y la obtención de ganancias.
¿En dónde queda la civilización y la cultura que debemos defender y promover?
La relación comercial los puso en contacto con tecnologías, ideas y valores de la posrevolución industrial, convirtiendo la modernización en sinónimo de desarrollo. Sin embargo, estos cambios desataron un conflicto cultural con la población indígena, discriminada y declarada culpable del atraso del país, siendo obligada a trabajar para el sistema y vivir en pobreza y en servidumbre natural. A fines de siglo, las masas indígenas perdieron la lucha y estaban bien atadas al sistema de trabajo en fincas de café o caña de azúcar, en la construcción de obras públicas o prestando servicio militar en el ejército. Los gobiernos liberales de 1871 a 1944, que siempre hablaban de ‘progreso’, desarrollaron al país construyendo infraestructura: carreteras, ferrocarriles, muelles de hierro, telégrafos, teléfonos, cable submarino, electricidad y urbanización, todo para darle salida al principal cultivo de exportación: el café.
La construcción de escuelas y hospitales, en cambio, se implementó, pero a un paso más lento o fue nulo, sobre todo en el interior del país. Los mestizos de las clases medias bajas lograron estudiar en escuelas de oficios y encontraron trabajo en oficinas, comercios o en oficios artesanales. Para las élites comerciales y agrícolas la palabra ‘progreso’ significaba la superación de su situación material y siguieron produciendo riqueza, mientras que los políticos se beneficiaban del sistema. El abismo que existe en Guatemala entre la idea de progreso de las élites, que buscan el desarrollo, la eficiencia y la competitividad con obras de infraestructura modernas, muchas veces no son compartidas por los grupos de cultura tradicional y popular.
Preguntémonos ¿por qué los encargados de la basura no quieren clasificar los desechos sólidos en los vertederos? ¿Por qué los alcaldes de pueblo no favorecen políticas de desarrollo ecológico, aguas limpias, depósitos de agua clorados y el reciclaje de desechos sólidos? ¿Por qué deben sufrir nuestros ríos y lagos con la incultura popular de tirar desechos industriales, plásticos y abonos al agua, que tanto daño ocasionan? ¿Por qué el largo río Motagua tiene que transportar tanta basura plástica a la bahía de Honduras? ¿Por qué la CC reasegura la ‘autonomía municipal’ a alcaldes de pueblo, sin mayor preparación ni visión política, solo motivados por comenzar, pero no terminar obras poco trascendentales para su municipio?
Y lo peor, ¿por qué el dirigente magisterial del STEG hace retroceder la educación pública en vez de elevarla a mejores estándares? Y más recientemente, ¿por qué el alcalde de Mazatenango declara el cierre de la ruta Xochi, casi concluida y a punto de ser inaugurada? ¿En dónde queda la civilización y la cultura que debemos defender y promover, si hemos alcanzado cierto grado de desarrollo hasta el presente?