Catalejo
Respecto a los 175 años de la Revolución liberal
La comprensión de los efectos de la historia nacional debe instar a la búsqueda de nuevas formas de gobierno al realizar los urgentes cambios a la Constitución.
El 30 de junio de 1871, a sólo cincuenta años de la declaración centroamericana de independencia en 1821 y luego de un largo período de gobiernos conservadores, el general Justo Rufino Barrios ingresó triunfante a la capital guatemalteca e inició junto con Miguel García Granados un período histórico liberal de 49 años, terminado el 11 de marzo de 1920, con la expulsión del poder del dictador civil Manuel Estrada Cabrera, quien reinó de 1898 a 1920. Luego de diez años de desorden, en 1931 inició sus casi 14 años de presidencia el general Jorge Ubico, ilegalmente reelecto dos veces, quien renunció el 1º de julio de 1944, luego de manifestaciones populares en su contra desde el 25 de junio. Lo sucedió Ponce Vaides, a la vez derrocado el 20 de octubre de 1944.
La historia nacional es desconocida por la mayoría y por eso no se comprenden sus efectos en nuestra dura realidad.
Estas fechas, todas de revoluciones, para bien o para mal marcaron la historia chapina. Guatemala nació en 1847 como república independiente, por lo cual es correcto señalar en sólo 24 años la vida nacional para la revolución Barrios-García Granados. Pasado ese tiempo puede ser hoy en día analizada con serenidad, sin fanatismo, pues logró innegables tecnológicos y sociales avances para el país. Como todo fenómeno histórico-político, tuvo innegables factores positivos, pero a la vez áreas oscuras y lamentables, antes del 2 de abril de 1885, cuando Barrios murió en la batalla de Chalchuapa, mientras intentaba reunir por la fuerza a Centro América. Por esa razón, la estatua en su honor en la plaza Barrios puede tener al caballo con las patas delanteras levantadas.
Los beneficios fueron el café, el ferrocarril, el alumbrado eléctrico, la laicidad del Estado, el cementerio general de la 20 calle, la educación pública, gratuita y obligatoria, el registro civil, la libertad de cultos, y así autorizó el ingreso de iglesias ajenas al Papa y el Vaticano. El ese tiempo, ser conservador significaba apoyar y estar cerca políticamente de la Iglesia católica. Ser liberal era sinónimo de rechazarla, y por eso se nacionalizaron muchas propiedades eclesiásticas, sobre todo conventos, para instalar oficinas públicas, donde hoy en día hay ministerios. Sin embargo, fue muy negativo repartir tierras y otras propiedades de la Iglesia católica a familiares y amigos suyos, lo cual estableció una casta de nuevos propietarios, cuyos descendientes las tienen.
Pero Barrios, visionario, se dio cuenta de la necesidad de terminar la desunión política del Istmo, como estaba en el período colonial, pero todas las provincias tenían un común rechazo a los habitantes de la actual ciudad de Guatemala. Ya tenían grupos familiares con intereses y celos entre las ciudades, como con Granada, en Nicaragua, también fundada en 1524, rival en importancia de la Antigua y luego de la ciudad fundada en el Valle de la Ermita (el cerro del Carmen). Ante esto, decidió utilizar las armas para lograrlo, pero murió combatiendo en Chalchuapa, El Salvador, junto con el sargento Adolfo Hall, de 19 años. Con eso se hundió también la unión centroamericana, ahora imposible y causa inicial del atraso de toda el área del Istmo.
El resto de la historia de Guatemala demuestra la división ideológica fanática aún mantenida hasta ahora, a veces resultado de fenómenos externos, como la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. En este momento, ese fanatismo y rechazo a la idea de dejar a los muertos y sus familiares en paz, se insiste en impedir la aceptación de la diferencia del mundo anterior, cuando se regó tanta sangre guatemalteca. La comprensión de los efectos de la historia nacional debe instar a la búsqueda de nuevas formas de gobierno al realizar los urgentes cambios a la Constitución, pero no por este impresentable Congreso, y a las instituciones jurídicas hoy atrapadas por politiqueros cuya meta única es el enriquecimiento súbito y enorme vía a la corrupción.