
En lo alto del Centro Cívico, detrás de una palmera y unas rejas que parecen prohibir el paso, sobrevive el primer cuartel que tuvo Guatemala: el Fuerte San José de Buena Vista. Hoy es el Museo del Ejército, pero fue trinchera, cárcel, polvorín y, finalmente, ruina incendiada.
Transitar por la Sexta Avenida de la Ciudad de Guatemala puede ser algo rutinario para muchos. Esta es una de las vías principales que conecta varias zonas de la capital.
En el límite entre la zona 1 y la zona 4 se encuentran varios edificios estatales como la Municipalidad de Guatemala, el Banco de Guatemala, el Inguat, el Teatro Nacional, entre muchos otros. Pero pocos de quienes cruzan ese tramo saben que caminan sobre lo que alguna vez fue un cuartel de artillería, un polvorín y un territorio militar que se extendía varias cuadras a la redonda.
Para llegar a lo que queda del Fuerte San José de Buena Vista, hay que subir hasta el punto más alto del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, incluso un poco más arriba de donde se ubica el Teatro al Aire Libre Otto René Castillo.
Una palmera marca la entrada. Detrás de ella, una reja cierra el paso. Esto puede confundir a los visitantes, quienes pueden pensar que se trata de un área privada, pero basta con preguntar a los militares que resguardan la entrada para poder ingresar.
Lecturas relacionadas
Cinco quetzales para nacionales y Q10 para extranjeros son los requeridos para que puedan sumergirse en décadas de historia militar del país.
Detrás de esas rejas, dos cañones custodian la rampa que conduce al interior del recinto: el Museo del Ejército, instalado sobre los restos del Fuerte San José de Buena Vista.
"Estamos en la entrada principal de lo que fue el Fuerte San José de Buena Vista, el Fuerte de Carrera, el Fuerte de Artillería o el Fuerte de Santa Bárbara, inaugurado un 25 de mayo de 1846 por el capitán general Rafael Carrera y Turcios", explica el sargento mayor especialista Estuardo Rolando Corso Pinelo, de alta en el Servicio de Historia Militar, antes de aclarar que el motivo de la existencia de este recinto era principalmente detener las invasiones que afrontaba la capital desde Honduras y El Salvador.

La ubicación del fuerte respondía a una ciudad diseñada con una geografía que ya tenía una intención defensiva.
Foto Prensa Libre: Erick Ávila
Una ciudad diseñada para defenderse
El historiador y profesor de historia Juan Alberto Sandoval sostiene que la vocación militar de este cerro no fue casualidad. “El lugar realmente lo eligió y lo diseñó el ingeniero militar Luis Diez de Navarro”, explica. Según Sandoval, la ubicación respondía a la propia configuración de la metrópoli, trazada entre el Cerrito del Carmen y otro cerro que existía al final de la Sexta Avenida, donde se encontraba la iglesia El Calvario. En los otros flancos, añade, estaban los barrancos de El Incienso y Las Vacas.
Para el historiador, esta disposición del terreno ya insinuaba “una intención defensiva” desde el origen mismo de la urbe.
Esa preferencia del lugar tuvo más sentido cuando las tensiones entre conservadores y liberales centroamericanos escalaron a guerra abierta.
Según narra Corso como parte del recorrido, el general hondureño Francisco Morazán, de tendencia liberal, buscaba trasladar la capitanía general del Istmo hacia Honduras y llegó a tomar esta capital y a instalar el gobierno centroamericano en la Antigua Guatemala, algo que Carrera revirtió por la fuerza.
De hecho, la frase popular "se fue con Pancho", dice el sargento, aún se usa a manera de referencia a esas invasiones de Francisco Pancho Morazán.

Lo que hoy parece un rincón escondido del Centro Cívico alguna vez fue una extensa zona militar que ocupaba varias cuadras de la ciudad.
Foto Prensa Libre: Cortesía
Según Sandoval, hacia 1851, un ejército liberal formado en El Salvador y Honduras, reforzado con mercenarios extranjeros que habían combatido en las guerras napoleónicas y en las campañas de San Martín, pretendía desaparecer a Guatemala como república y repartirse su territorio.
Frente a esa amenaza, Carrera levantó en 1846 el primer cuartel formal del país sobre el cerro de Buena Vista, entonces el punto más alto de la Ciudad de Guatemala, unos 20 metros sobre su entorno.
El nombre, puntualiza Sandoval, no fue casual: Carrera se llamaba José Rafael Carrera Turcios, y dedicar el fuerte a San José —su santo onomástico— tuvo, a su juicio, una intención tan estratégica como propagandística. Popularmente se le conoció como el Fuerte de Carrera.
El terreno que ocupaba el cuartel era, según el guía, mucho mayor que el actual: “Llegaba hasta lo que hoy es el Palacio de Justicia, el Banco de Guatemala, el crédito hipotecario, el Inguat, la plaza y el centro comercial de la zona 4, Don Bosco y el barrio San Gaspar”.
"Conforme han pasado los gobiernos han ido desmembrando más la finca", resume Corso, hasta reducirla al pequeño espacio que ocupa hoy el museo.

Lo que hoy parece un rincón escondido del Centro Cívico alguna vez fue una extensa zona militar que ocupaba varias cuadras de la ciudad.
(Foto Prensa Libre: Cortesía)
Historia entre armas y batallas
Al subir la rampa y entrar en el museo, el primer salón recibe con una recreación de la firma del Acta de Independencia, el 15 de septiembre de 1821.
El sargento se detiene frente a un cañón de tubos giratorios, pesado y oscuro. "Este cañón revólver lo adquirió Justo Rufino Barrios para la Unión Centroamericana. Ahí participó en esta batalla", cuenta, en referencia a la fracasada campaña unionista con la que Barrios intentó reunificar Centroamérica por la fuerza en 1885, la misma en la que murió en combate en Chalchuapa. Es un cañón francés, calibre 37 milímetros, que décadas más tarde Estados Unidos todavía usaba en la Primera Guerra Mundial pese a estar ya obsoleto.

Cañon revolver Hotchkiss calibre 37mm del año 1880. Arma de acero con propiedades de cañon por su proyectil y ametralladora por su funcionamiento. Cuenta con parapeto blindado y era maniobrado por cinco artirlleros.
Foto Prensa Libre: Erick Ávila
Unos pasos más, los visitantes se adentran en un pasillo donde se desarrolla buena parte de la historia de las batallas de vivió Guatemala. Otra maqueta cambia de siglo y de protagonista: la batalla de La Arada, en San José La Arada, Chiquimula, 1851.
Ahí, según narra Corso Pinelo, seis mil 500 invasores hondureños y salvadoreños enfrentaron a dos mil 500 guatemaltecos. Rafael Carrera, sin una amplia formación militar académica, venció con una estrategia simple: fingió una retirada, dejó que el ejército invasor avanzara y luego prendió fuego a los cañaverales. "Ellos se asustaron tanto que creyeron que era un ejército mucho más grande", explica Corso, "porque la caña, al arder, revienta como cohete". Carrera acorraló así a los invasores y tomó prisioneros, armamento y munición. Meses después, el 21 de marzo de 1847, se funda la República de Guatemala, un hecho que el propio guía enlaza a esa victoria dentro del relato del museo.

Maqueta que recrea la batalla de La Arada, en San José La Arada, Chiquimula, 1851
Foto Prensa Libre: Erick Ávila
Las vitrinas siguientes trazan la evolución del pabellón nacional: la primera bandera de 1823, azul y blanco; la incorporación en 1858 de los colores de la bandera española, por disposición de Carrera, "que no olvidaba sus raíces españolas"; y el rediseño de 1871, impulsado desde el concurso convocado por Barrios y Miguel García Granados, en el que aparecieron unas moñas que, según la heráldica, simbolizan esclavitud, junto con ramas de café en referencia al auge cafetalero liberal. Ambos elementos desaparecieron del escudo hacia 1960, sustituidos por los laureles que se usan hasta hoy.

Evolución del pabellon nacional
Foto Prensa Libre: Erick Ávila
Ahí mismo están los fusiles Winchester y Remington que Barrios y García Granados llevaron en 1871, cuando iniciaron el segundo alzamiento liberal en Tacaná, San Marcos, con apenas 42 hombres frente a 250 soldados del gobierno. Era tecnología que en Guatemala no se conocía: mientras un soldado con mosquete de chispa tardaba hasta 45 segundos en cargar y disparar, estos fusiles ya traían siete municiones listas. Cerca, una ametralladora Gatling firmada por su propio inventor, Richard Gatling, y documentos originales con las firmas de Carrera y de Barrios.
Las vitrinas siguen con ejemplos de condecoraciones, evolución de uniformes, espadas y detalles escondidos que narran la evolución de las fuerzas armadas del país.

Los muros que hoy forman parte del museo alguna vez fueron un cuartel de artillería, un polvorín y una prisión para presos políticos y militares.
Foto Prensa Libre: Erick Ávila

Entre las piezas del museo sobreviven elementos que acompañaron episodios cruciales de la historia militar y política de Guatemala.
Foto Prensa Libre: Erick Ávila
Los calabozos
Una oscuridad abrumante comienza a sentirse cuando en el recorrido se comienza a descender a una de las áreas más atractivas, pero más sombrías del recorrido. El ambiente se torna frío al cambiar por completo el tono del recorrido cuando se llega al área donde se encuentran los calabozos.
Durante un tiempo, estos se utilizaron para los presos políticos y militares. Celdas sin ventanas, y solo una puerta que separaba a aquellos presos de los que los custodiaban. En estos espacios, que podían albergar hasta 15 personas, comían, dormían e incluso hacían sus necesidades; todo, en total oscuridad.
Las puertas, deliberadamente bajas, obligaban al prisionero a inclinarse ante quien lo custodiaba como en señal de reverencia.
Por esas celdas pasaron, entre otros, Miguel García Granados —antes de convertirse en presidente de la República—.
Según cuenta Corso, cuando liberaban a estos presos los exiliaban del país y fue precisamente en ese exilio donde García Granados conoció a Justo Rufino Barrios, cuando este se recuperaba de una herida de bala en México. Un encuentro que años después derivaría en la Reforma liberal de 1871.

Los antiguos calabozos del fuerte revelan una de las facetas más oscuras de un recinto que durante décadas estuvo ligado al poder militar.
Foto Prensa Libre: Erick Ávila

En sus celdas, sin ventanas y en completa oscuridad, llegaron a permanecer hasta 15 personas al mismo tiempo.
Foto Prensa Libre: Erick Ávila
La parte más alta
Curiosamente, al subir las gradas para salir de los calabozos, se encuentran otras gradas que suben hasta la terraza de artillería, el punto más alto del antiguo fuerte, desde donde antiguamente se vigilaba la entrada a la capital "por la garita de Chinautla, el puente del Incienso y la carretera a El Salvador", explica Corso.
Ahí, entre las aberturas que el personal del museo llama "boca de fuego", se exhiben piezas de artillería de distintas épocas.
Sandoval sitúa en esta misma cima el desenlace del fuerte. El 20 de octubre de 1944, en plena Revolución de Octubre, una columna de la Guardia de Honor —leal al movimiento que perseguía derrocar al gobierno de Federico Ponce Vaides— bombardeó el cuartel, entonces defendido por tropa afín al gobierno. Un cañonazo impactó contra el polvorín conocido como la Santa Bárbara y causó una explosión que destruyó buena parte de las instalaciones construidas, en su mayor parte, de madera. "Si hubiera estado el polvorín completo, en vez de una colina hubiera quedado un cráter", resume el guía. Luego la derrota del fuerte, la artillería revolucionaria se volvió contra el Cuartel de Matamoros, en zona 5, y consumó así la caída del régimen de entonces.

La explosión de 1944 destruyó buena parte del fuerte y convirtió en ruinas el recinto que había dominado uno de los puntos estratégicos de la ciudad.
Foto Prensa Libre: Cortesía
El terreno quedó abandonado, fue saqueado por vecinos de la zona y, con los años, sirvió incluso como parque infantil y discoteca antes de que el gobierno cediera el espacio al Ministerio de Cultura para levantar el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias. El museo, fundado en 1969 y reabierto después de los daños ocasionados por el terremoto de 1976, ocupa hoy solo el ala norte que sobrevivió, restaurada con concreto sobre los muros originales de cal, piedra y ladrillo.

La terraza de artillería permite entender por qué aquel cerro fue elegido para vigilar los accesos a la capital.
Foto Prensa Libre: Erick Ávila
Al volver a la planta principal, el tour dentro de los salones termina, pero esto no significa que ya no haya nada que ver en el recinto, pues en la plaza exterior, entre tanques, camiones multiuso y un helicóptero que sirvió como ambulancia en la guerra de Vietnam, un avión AT-37 Dragon Fly apunta hacia Belmopán, recordatorio de una invasión a Belice que nunca ocurrió por el terremoto de 1976.
Cerca, un tanque M3A1 Stuart guarda una ironía que no pasa inadvertida: es el mismo modelo que, 80 años atrás, ayudó a derrotar al fuerte sobre el que hoy está exhibido.

Entre tanques, aviones y cañones, el Museo del Ejército conserva las huellas de un fuerte que la capital dejó atrás, aunque sigue caminando sobre su historia.
Foto Prensa Libre: Erick Ávila
Esta plaza en donde se exhibe este último armamento cierra el recorrido, pero no pasa sin hacerse notar una placa en la que se lee: “Un pueblo sin historia es, en mi opinión, como un árbol sin raíces”, pronunciada por el mariscal de campo Antonio José de Irisarri.
Esta joya escondida en la Ciudad de Guatemala funciona en síntesis "para conocer el pasado, el origen del Ejército, desde nuestros antepasados los mayas hasta el Ejército moderno", resume Corso antes de despedirse, ya de vuelta junto a la palmera que marca la entrada, con la metrópoli —ruidosa, apurada, ajena a lo que pisa— extendiéndose otra vez más allá de las rejas.





