Raúl Padilla lleva más de veinte años cuidando el instrumento que aún domina las alturas de la Catedral Metropolitana. (Foto Prensa Libre: Esbin García)

Entre fe, música y silencio sobreviven los últimos organistas que mantienen vivo al rey de los instrumentos

17 de mayo de 2026

En las alturas de la Catedral Metropolitana sobrevive el único órgano tubular funcional del país, con siglos de historia, un instrumento que pocos saben tocar y una tradición que se resiste a morir en silencio.

Escondido en las alturas de la Catedral Metropolitana se ubica el mejor conocido como “rey de los instrumentos”. Imponente, grande, despierta respeto. No cualquiera puede acceder a él y tampoco hay muchas manos que puedan interpretarlo.

Un instrumento que lleva siglos luchando por adaptarse a las nuevas épocas, la evolución de los sonidos y los gustos musicales, y se resiste en quedarse relegado a ser elemento decorativo, aunque cada vez es más difícil mantenerse vigente.

Si bien su origen es un tanto difícil de esclarecer, el órgano es un instrumento tan antiguo que en algunos textos se menciona su existencia incluso desde antes del nacimiento de Jesús, mientras que otros lo ubican en los primeros siglos de la era cristiana.

"Desde el siglo IX se construían buenos órganos en Fresing, Alemania, y por esta época comienzan a extenderse por toda Europa. En el siglo X se introducen en los templos cuando nace el arte de la polifonía del organum y la diphonia, la cual parece desarrollarse simultáneamente con la capacidad del instrumento hasta llegar a la construcción de órganos monumentales en las principales iglesias europeas, proyectándose en España, donde se irradió al Nuevo Mundo", cita Luis Fernando Urquizu Gómez en su tesis El órgano como instrumento musical y obra de arte en Guatemala, de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Durante muchas décadas, su uso era principalmente religioso, pero en la época moderna el órgano amenizó la proyección de las películas durante la época del cine mudo, además de establecerse también en las salas de conciertos, principalmente, en Europa y EE. UU.

El hombre y la máquina

Héctor Raúl Padilla lleva más de dos décadas siendo el organista titular de la Catedral Metropolitana.

Llegar hasta el instrumento requiere subir escaleras angostas, cruzar muchas puertas y atravesar un pasillo que pocos conocen. Arriba, lejos del bullicio de las misas y el murmullo de los feligreses, el órgano espera. Tres teclados, un pedalier que se toca con los pies y un mar de tubos escondidos en un cuarto oscuro detrás del instrumento.

Flautas de distintos tamaños, algunas del grosor de un lápiz, otras tan grandes que van casi de suelo a techo. Todo se conecta por un sistema de fuelles, palancas y mecanismos que el tiempo y la humedad van desgastando lentamente.

El órgano de la Catedral Metropolitana fue fabricado en 1937 por la empresa alemana E.F. Walcker & Cie Ludwigsburg. Es  barroco romántico, una clasificación que, según Padilla, alude a la incorporación de sonidos propios de la época en que fue construido.

El maestro comenta que de esa serie se fabricaron 50 instrumentos. Varios quedaron en Alemania, uno fue a Sudamérica y otro, a EE. UU. El de Guatemala llegó a la Catedral y, según Padilla, es el único de esa serie que sigue funcionando en la actualidad en el continente.

"Este instrumento fue llamado en un tiempo, y algunos lo siguen llamando igual, ‘el rey de los instrumentos’, porque aquí tiene usted una orquesta entera", dice, mientras repasa los registros con la familiaridad de quien ha pasado más de dos décadas frente a las mismas teclas.

Lo que sale del órgano no es una imitación de otros instrumentos, aclara. Y es que el órgano es un instrumento de viento, pero con técnicas de aprendizajes y ejecución completamente distinta. Cada uno de sus tubos tiene un sonido propio que puede imitar el sonido de “una orquesta entera”, comenta.

El último mantenimiento formal que recibió el instrumento de parte de la fábrica fue hace 20 años, cuando llegó Gerald Walcker, descendiente de los fundadores. Estuvo 16 días trabajando y, desde entonces, el tiempo hace lo suyo.

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El único órgano tubular funcional del país sobrevive gracias a las manos de unos pocos músicos.

Foto Prensa Libre: Esbin García

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El órgano requiere una agilidad de pies y manos para interpretar una melodía.

Foto Prensa Libre: Esbin García

Instrumento religioso

El órgano es el instrumento de la liturgia por excelencia en el Occidente cristiano. De hecho, la constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II dedica el número 120 exclusivamente a este instrumento, al establecer: "Téngase en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales."

Nery Racancoj es maestro de Educación Musical y organista de iglesia. Aprendió a tocar de la mano de su padre, quien era organista en la parroquia salesiana de la Divina Providencia, en el barrio del Guarda Viejo, zona 8 capitalina, donde todavía existe un órgano tubular de fabricación italiana. Lo que recuerda con más nitidez de su infancia es meter la mano entre las teclas cuando su padre tocaba, solo para escuchar cómo sonaba.

Para Racancoj, el vínculo entre el órgano y la fe católica no es accidental ni decorativo, sino teológico. "Proyecta precisamente la espiritualidad y la originalidad histórica del catolicismo en específico", dice. Y agrega que los feligreses se lo han dicho a él directamente: que cuando escuchan el sonido del órgano sienten que la oración se vuelve más íntima, más recogida.

Fue precisamente esa sacralidad del instrumento la que hizo que su llegada a Guatemala fuera casi inevitable.

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Mientras las iglesias cambian parlantes por bocinas, el órgano tubular lucha por seguir sonando en Guatemala.

Foto Prensa Libre: Esbin García

El órgano en tierra guatemalteca

Con la conquista española en 1524 llegaron también los primeros constructores y, eventualmente, los primeros órganos. Cada catedral, cada iglesia de importancia fue dotada de uno. Así lo recuerda Martín Corleto, director del Conservatorio Nacional de Música Germán Alcántara: "Usted recorre nuestras iglesias en Antigua e incluso en Quetzaltenango (…); va a encontrar todavía órganos”.

Racancoj sitúa el uso oficial del órgano en el país en el momento en que Francisco Marroquín fue consagrado como primer obispo de Guatemala, cuando el instrumento comenzó a sonar formalmente en las misas de la región.

Entre los maestros de capilla que llegaron con la Colonia, todos ellos organistas y músicos formados en España, destacan nombres como Gaspar Fernández, Pedro Bermúdez y Rafael Antonio Castellanos, según la tesis de Urquizu.

Este último cumplió una tarea que la historia musical guatemalteca recuerda con detalle: cuando el terremoto del 29 de julio de 1773 obligó al traslado de la capital desde el valle de Panchoy al valle de La Ermita, Castellanos fue el encargado de desarmar el órgano de la Catedral de la entonces ciudad de Santiago de los Caballeros —hoy, Antigua— y transportar los tubos en carreta hasta la nueva urbe. Él también se ocupó de ensamblarlo de nuevo en la Catedral recién construida.

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Los tubos ocultos detrás del órgano forman una maquinaria monumental que el tiempo deteriora.

Foto Prensa Libre: Esbin García

La caída del rey

Pero los reinados no duran para siempre. El declive del órgano no fue repentino ni exclusivo de Guatemala. Fue, según Corleto, un fenómeno mundial, tecnológico y cultural que se desarrolló por etapas.

Primero vino el cambio en el gusto musical. La polifonía, para la que el órgano había sido diseñado, fue cediendo terreno a la música homofónica: una melodía acompañada por un grupo instrumental.

El piano desplazó al órgano como el rey de los instrumentos, y con él llegaron Frédéric Chopin, Franz Liszt, Johannes Brahms y toda una tradición de compositores que redefinieron lo que significaba la música culta.

"El reinado del órgano empieza su declive como a mediados del siglo XVIII, principios del XIX", explica Corleto. Luego vino la revolución eléctrica. Los amplificadores, los parlantes, los órganos Hammond que se podían transportar y que popularizaron el sonido del instrumento en los hogares durante la primera mitad del siglo XX.

Finalmente, los sintetizadores y los teclados digitales que hoy se encuentran en cualquier tienda de música terminaron de democratizar el sonido y de volver obsoleto al órgano tubular para la mayoría de las iglesias y familias. "Es más común ver parlantes en las iglesias que un órgano funcional", dice Corleto.

En Guatemala, ese proceso tuvo una dimensión adicional con otro instrumento: la guitarra. Esta era más práctica y más versátil y comenzó a ocupar su lugar.

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El instrumento que dominó la música sacra durante siglos enfrenta hoy el riesgo del olvido en las iglesias guatemaltecas.

Foto Prensa Libre: Esbin García

Un oficio que se apaga

El Conservatorio Nacional de Música Germán Alcántara no tiene cátedra de órgano desde 1968. Corleto confirma que, desde los años 70, el instrumento dejó de enseñarse con regularidad. El pénsum forma pianistas y el órgano no tiene tanto peso en esa visión.

El problema para Padilla es la falta de instrumentos para que los interesados puedan acercase a ellos. "Por tener pocos instrumentos no creció la afición, sino al revés. La población ha crecido enormemente y las iglesias con órganos siguen siendo las mismas".

El último gran organista guatemalteco del que hay registro claro es Elías Blas, figura de la primera mitad del siglo XX que, según Padilla, fue su propio maestro y de quien aprendió lo fundamental.

Después de él, la cadena se fue adelgazando, y hoy son muy pocos los conocedores de este instrumento.

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El órgano de la Catedral fue construido en Alemania y pertenece a una serie histórica casi desaparecida.

Foto Prensa Libre: Esbin García

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El histórico órgano alemán de 1937 aún funciona en Guatemala gracias al trabajo de sus últimos intérpretes.

Foto Prensa Libre: Esbin García

El sonido que no se rinde

Y, sin embargo, el instrumento no está muerto. Padilla lo dice con la tranquilidad de quien lleva más de dos décadas escuchando las dudas de los demás sobre el futuro del órgano: cada domingo, cuando los feligreses entran a la Catedral Metropolitana, algunos lo hacen precisamente para escucharlo. Hay quienes lo buscan, quienes se sientan en los bancos y levantan la vista.

Corleto también ve señales de un renacimiento, aunque en espacios distintos a los de antaño. El órgano se ha mudado de la iglesia a la sala de conciertos. De la música sacra a las redes sociales, donde jóvenes intérpretes en el mundo tocan arreglos de compositores contemporáneos, como Hans Zimmer, frente a miles de espectadores. "El órgano está tomando un nuevo protagonismo. Lo que pasa es que está tomando un protagonismo en otros espacios”, más allá de lo sacro.

En Guatemala, la recuperación del instrumento requeriría cooperación internacional. Según Corleto, "una iniciativa seria de rescate debería implicar un plan integral de cooperación con otros países, con otros especialistas. Norteamericanos, centroeuropeos. Los países que han estado rescatando la disciplina del órgano”, dice.

Padilla, por su parte, cree que la respuesta empieza por algo más sencillo: que la gente escuche. "Mucha gente dice: 'Esta obra me encantó, no tenía idea'. Pero la escuchó una vez y entonces la sigue buscando y ya se aficiona".

El aporte de este instrumento a la música y, concretamente, a la música sacra ha sido inmenso. Si bien no es un instrumento muerto, como menciona Corleto, su rol ha cambiado.

Ya no se encuentra en los templos, sino en las salas de conciertos. Los hay eléctricos y portátiles. Mientras tanto, el rey seguirá en su trono, aunque cada vez haya menos personas que sepan interpretarlo.

ESCRITO POR:

Belinda S. Martínez

Periodista de Prensa Libre del área de bienestar y cultura.

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