EDITORIAL
Partidos compartidos, repetidos y repartidos
¿Qué necesitan los partidos políticos para demostrar contrición, renovación y coherencia?
En cuatro décadas de democracia guatemalteca se contabilizan al menos 95 partidos políticos extintos. Entre estos figuran algunos que aparentaron ser promesas renovadoras y terminaron como bisagras chirriantes, cascarones caciquistas —que los sigue habiendo—. No se puede dejar de mencionar a corros oficialistas que alguna vez presumieron de omnipresentes y terminaron repartidos entre financistas, dirigentes y arribistas.
Algunos partidos muertos reencarnaron con logos de animales, gestos de manos y símbolos que más parecen figuras de lotería, gracias a variopintas teorías de mercadotecnia política, ofertas de estrategas que ganan aunque no ganen, así como por obvia necesidad de reciclaje y mímesis. Entre los más abyectos figuran aquellos partidos, “Patriota” o “Líder”, que simulaban peleas pero eran la misma mezcla de demagogias y peroratas intrascendentes. Algunos de sus más conspicuos tránsfugas ya caminan con ínfulas del rey de la fábula en otros cuerpos partidarios. Tampoco faltan trasnochados exestrategas que se cansaron de ver ganar dinero a los candidatos en campaña y decidieron construir su propio armatoste blanco, a ver qué cae.
Hace tiempo que la parafernalia partidaria se divorció del concepto constitucional de partido, para casarse con el oportunista boato demagógico. Es una clase política sin clase, un teatro negro que cambia de papel, de máscaras y de disfraz, mas no de guion, porque no les interesa el cambio, porque les conviene la tragedia. Y como evidencia de tal aserto hay que ver sus obras, sus frutos y también sus abusos. Muchos de esos transfuguismos pululan, de forma descontrolada, irredenta e inconsecuente, por los siete semicírculos del Legislativo, con logros magros, fragmentaciones predecibles y abusos desfachatados.
Uno de los ejemplos más desfachatados de esta politiquería de sainete es el autoaumento ilícito, artero y abusivo que se recetaron los diputados, ante la total indiferencia de sus jefes y actuales precandidatos. Tal acción sigue siendo una afrenta, un contrasentido y una negación de los supuestos postulados de los partidos presentes en el hemiciclo.
La tragedia de teatro del absurdo es que el aparato político necesita de una reforma estatutaria, a través de la Ley Electoral y de Partidos Políticos, pero, para mejor ilustración de conflicto de intereses, ello siempre queda a merced de los mismos politiqueros que deben ser puestos en cintura. Y aquellos que están afuera del hemiciclo tampoco tienen mucho que ofrecer, pues varios partidos nuevos ya tienen también sus importaciones de viejas caras, quizá por avidez de recursos, por falta de seso o exceso de confianza en una hipotética ingenuidad ciudadana, a la que sueñan engañar. Pero se equivocan.
¿Qué necesitan los partidos políticos para demostrar contrición, renovación y coherencia? Uno, cumplir con lo que dicen los principios que presumen. Dos, demostrar democratización interna al designar candidatos en elecciones primarias, aunque queden fuera los que ya están en campaña adelantada. Tres, comprometerse con una agenda de Nación, de objetivos claros y políticas consensuadas de educación, salud, infraestructura, economía e institucionalidad, a los cuales se dará continuidad independientemente de quien quede en el Ejecutivo o el Congreso en 2027. No tienen que inventar el agua azucarada: hace más de 20 años existió una Agenda Nacional Compartida, una hoja de ruta de país que contenía puntos medulares. Fue firmada por una veintena de partidos, de los cuales ya ninguno existe. Pero aquellas mismas necesidades, agudizadas por el desperdicio de tiempo y dinero, siguen allí.