EDITORIAL

Bendita lluvia también arrastra complicaciones

La discusión de fondo debe ser cómo pasar de una cultura de reparación a una de mantenimiento.

La famosa expresión “como agua de mayo”, que alude a una gran expectativa, sin duda alguna ha sido superada por “como agua de septiembre”, al menos en la Guatemala del 2026, después de meses de fuertes calores y escasa precipitación¿ en plena época de lluvias. La pérdida de la primera cosecha en varios departamentos es consecuencia de tal prolongación de la época seca. Pero al fin está lloviendo, gracias a Dios. Estos días se han parecido a aquellos septiembres de antaño, aunque esta vez se debe más  a la combinación de una vaguada monzónica, el ingreso de humedad al territorio nacional y el paso de ondas del este. Las lluvias son un factor históricamente imprescindible para las siembras, los bosques, los ríos y manantiales y para los mantos freáticos. No se vale caer en el ciclo de quejarse porque no llueve y  quejarse cuando llueve.

Sin embargo, los recientes aguaceros en la región metropolitana y departamentos está mostrando, una vez más,  la fragilidad de la infraestructura vial guatemalteca, pero también los puntos vulnerables de asentamientos humanos, sobre todo en áreas periféricas y terrenos poblados de alto riesgo. 

Además, se resalta la importancia de aquella obra pública que no se percibe a simple vista y a la cual muchos alcaldes no prestan atención por eso mismo, pero cuya ausencia o deficiencia puede impactar gravemente la vida de colonias y comunidades: nos referimos a  los sistemas de drenajes y colectores. Tragantes y tuberías bloqueados por desechos  son, en estos momentos, causa de inundaciones, daños y pérdida de enseres en viviendas. Las cifras son elocuentes: en una semana de lluvias van 1,640 emergencias, 199,829 personas afectadas, 10,155 viviendas con daños, 452 carreteras y 31 puentes afectados por derrumbes o socavones, en 13 departamentos.

Sin duda, el paso estratégico más vulnerable en este momento sea el del kilómetro 111 de la ruta al Atlántico, en Usumatlán, Zacapa. El puente Huijó fue derrumbado por un camionazo, hace poco más de un mes, y el badén construido para facilitar el tránsito de vehículos está a merced de la lógica crecida del río. Aquel 22 de agosto  era un cauce seco, pero ahora corre el agua desde la Sierra de las Minas.  Han regresado las largas filas de vehículos y se necesita acelerar la construcción del puente. La lentitud de arreglos de otros puentes en funcionamiento sobre la misma carretera es poco consuelo ante la necesidad.

Guatemala necesita romper el ciclo de sorpresivos impactos de unas cuantas horas de lluvia intensa que superan la capacidad de desagües, cunetas y canales de caída  en taludes. Sí, en algunos casos puede haber situaciones emergentes, pero en la mayoría de situaciones, el agua solo deja al desnudo la falta de mantenimiento de décadas.  Una ruta deteriorada resiste menos; una cuneta tapada con ripio o desechos desfoga menos agua; un alcantarillado sin limpieza se convierte rápidamente en una complicación; un puente con aproches frágiles es un colapso en el futuro. Tal vez las lluvias de septiembre sirvan para refrescar la mente y ver más allá de la emergencia.

La discusión de fondo debe ser   cómo pasar de una cultura de reparación a una de mantenimiento:   identificar puntos críticos, atender cunetas y drenajes, utilizar la información climática para anticipar dónde pueden concentrarse los riesgos. Los propios precandidatos ávidos y adelantados deberían ser más inteligentes y sensatos,  dejar las peroratas populistas o los repartos de culpas para comportarse como adultos que pueden asumir responsablemente esas potestades que ahora suplican, más allá de lo clientelar.

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