EDITORIAL
Potencia sudamericana, ante una decisión crítica
El pulso entre dos fuerzas políticas, sin duda alguna, acicatea una polarización que dificulta los acuerdos de nación.
A dos semanas del balotaje en Brasil, hay toda una guerra de encuestas, de discursos, de ofrecimientos y, por supuesto, cruce de señalamientos. En las elecciones del domingo pasado hubo 13 candidatos, pero los resultados reales dan la impresión de que solo hubieran competido dos: el opositor derechista Flávio Bolsonaro, de 45 años, y el presidente izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva, 80, cuyo tercer mandato no ha dado los resultados esperados y con un panorama económico que podría empujarlo a la derrota el próximo 25 de octubre.
El hijo del expresidente Jair Bolsonaro —quien gobernó entre 2019 y 2023— sin duda heredó buena parte de aquella fuerza electoral, lo cual lo llevó a lograr un 47% de los votos, unos 56.1 millones, por encima de los 53.9 millones de sufragios del actual mandatario, equivalentes a 45%. Hay un 7% repartido entre tres candidatos, lo cual remarca el carácter prácticamente bipartidista de la democracia brasileña.
La comparación con 2018 resulta inevitable. Entonces, Jair Bolsonaro llegó al poder impulsado por el descontento con los partidos tradicionales, los escándalos de corrupción de la izquierda y las demandas de seguridad pública. Su discurso de outsider con mano dura encontró respaldo en una sociedad cansada de promesas incumplidas. Sin embargo, deficiencias en la gestión de la pandemia, su confrontación con las instituciones y complicaciones económicas llevaron a su derrota ante Lula. Los alegatos de fraude e intentos de no entregar el poder lo llevaron a una condena judicial por “intento de golpe de Estado”, que continúa dividiendo a Brasil. Pero el octogenario exdirigente laboral Lula da Silva arrastra también rezagos en la gestión de seguridad, costo de vida, endeudamiento y señalamientos de corrupción.
Las dificultades de la izquierda para consolidar el crecimiento económico y lograr la disciplina fiscal son flancos débiles que tocan el bolsillo de muchos ciudadanos. El giro a la derecha de varios países sudamericanos, como Argentina, Bolivia, Ecuador, Colombia y, más recientemente, Perú, ha evidenciado su limitada influencia, en contraste con la que parecía tener hace dos décadas. El alicaído chavismo, descabezado por la captura de Nicolás Maduro, no encuentra más rumbo que obedecer los designios de Donald Trump.
Y es allí donde Bolsonaro intenta capitalizar los tiempos que se viven, al contar con el apoyo irrestricto del mandatario estadounidense, quien impuso aranceles a varios productos brasileños, algo que Lula trató de negociar en su visita de mayo pasado, quizá reconociendo esa misma lectura de influencia geopolítica.
El pulso entre dos fuerzas políticas, sin duda alguna, acicatea una polarización que dificulta los acuerdos de nación. En todo caso, después de cuatro décadas de democracia brasileña, es necesario señalar que los giros ideológicos por sí mismo no han generado suficientes transformaciones como para demostrar la superioridad de un paradigma sobre otro. A la larga, el siguiente período presidencial del gigante sudamericano enfrentará desafíos fiscales, presiones sociales y dificultades institucionales, ante los cuales es necesaria la capacidad de construir consensos mínimos. La falta de relevo generacional y el desgaste de Lula, cuya edad puede ser vista como cualidad o defecto, explican el resurgimiento del bolsonarismo de la mano de un joven senador. Este auge no borra los errores cometidos de Jair Bolsonaro, quien aún purga prisión por intento de golpe de Estado que para unos es ejemplar y para otros, injusta. El destino de esta sentencia de 27 años dependerá de quien gane el próximo 25.