Editorial

Supremo testimonio

Es una coincidencia providencial que esta ceremonia ocurra en el mismo año en que se conmemoran los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís, cuyo hábito abrazó el ahora beato Augusto Ramírez Monasterio.

“No tengan miedo a quienes pueden matar el cuerpo”, advirtió el Divino Salvador a sus seguidores. “Teman al que puede matar el alma”, fueron palabras del Evangelio proclamado en la misa de beatificación de fray Augusto Ramírez Monasterio, sacerdote franciscano que el 7 de noviembre de 1983 fue secuestrado y asesinado. Había ido a almorzar a casa de su familia, en la capital, y se dirigía de regreso a la iglesia de San Francisco El Grande, en Antigua Guatemala, donde ejercía su ministerio sacerdotal, cuando una persona se acercó al sacramento de la confesión y le dijo que deseaba acogerse a la amnistía ofrecida por el Gobierno.


El padre Ramírez Monasterio habló a autoridades locales para encontrar una vía segura, pero sin revelar la identidad de la persona, por estar bajo secreto de confesión. Fue detenido, interrogado, golpeado y quemado para que revelara el nombre, pero no lo hizo. Fue amenazado. No quiso ir al exilio. El 7 de noviembre fue secuestrado y el 8 apareció su cuerpo con señales de tortura. Tan infausta noticia fue el titular de Prensa Libre del día 9.


Años después, aquella persona que le confió su vida dio testimonio de la valentía y santidad de aquel sacerdote de Cristo, que fue vilipendiado por extremistas como supuesto simpatizante de la insurgencia. Nada más lejos de la verdad. Fray Augusto solo cumplió con el secreto de confesión, que protegió con su vida. En 2008 se inició la causa para su beatificación. El papa León XIV aprobó, el 22 de enero pasado, el decreto que lo reconoce como mártir por odio a la fe.


La concurrida eucaristía de beatificación tuvo lugar ayer en la explanada de la finca Florencia, en Sacatepéquez. Fue presidida por el cardenal José Francisco Robles Ortega, como enviado especial del Papa, quien fue elocuente: “Su martirio no solo es el recuerdo doloroso de una época, es un desafío, porque… la buena nueva no se proclama únicamente con los labios, sino con las decisiones, la fidelidad, el servicio y con la vida”. Por ello es una coincidencia providencial que esta ceremonia ocurra en el mismo año en que se conmemoran los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís, cuyo hábito abrazó el ahora beato Augusto Ramírez Monasterio.


Con él suman 10 los beatos nacidos en Guatemala, entre quienes figura Sor María Encarnación Rosal, religiosa betlemita que fue expulsada del país durante el gobierno de Justo Rufino Barrios. Así también hay otros religiosos y laicos ultimados durante el conflicto armado interno, a causa de la intolerancia y la perniciosa polarización que cegó mentes y segó vidas. Entre ellos están el también fraile franciscano italiano Tulio Maruzzo, junto a su asistente Luis Obdulio Arroyo Navarro, asesinados en Izabal.


También figuran en esta lista los Mártires de Quiché —beatificados el 23 de abril de 2021— tres sacerdotes españoles y siete laicos catequistas entre quienes había un niño de 12 años. Fueron ultimados por practicar su fe, amar al prójimo y ayudar al necesitado, acciones que condujeron a ciegos odios. Hoy, ellos dan testimonio de los horrores de la guerra y de los peligros de exacerbar extremismos, que llegan incluso a hacer alusiones religiosas. Sin embargo, es cuestión de coherencia, pues, como bien advirtió el apóstol Juan en su carta, “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso”.

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