EDITORIAL
Cambio inminente
El cambio climático es una realidad perceptible: el patrón irregular de lluvias de cada año, que ocasiona pérdidas agrícolas y fuertes precipitaciones, que pueden llegar a ser dañosas en pocos días; la elevación paulatina de temperaturas, sensible en lugares que otrora se caracterizaban por el frío permanente y ahora son más bien templados; la variación en la vegetación imperante en determinadas regiones que desplaza a algunas especies e incluso lleva a la extinción de otras.
Existen negacionistas que califican el fenómeno como una treta de corte ideológico, una invención de activistas histéricos o un discurso para frenar el avance de las grandes potencias, sobre todo aquellas que son las mayores contaminantes de la atmósfera, a través de emisiones de dióxido de carbono, metano y otros gases. Evidencia científica señala que la temperatura promedio global ha subido casi un grado en el último siglo: algo que no había sucedido en los 10 mil años anteriores. La década entre 2010 y 2019 fue la más calurosa de la historia.
Según una encuesta global del Pew Research Center, un 54% de personas considera el calentamiento global un problema serio. Eso quiere decir que prácticamente la otra mitad no le da tanta importancia, ya sea por desconfianza ideológica, falta de evidencia, desinterés o simple evasión.
Asusta pensar en la posibilidad de un cataclismo causado por el aumento del nivel del mar, por la multiplicación de fenómenos atmosféricos destructivos o en una hambruna por sequías prolongadas. Sin embargo, esconder la cabeza y taparse los oídos no resuelve el problema. En todo caso, si alguien, tras la debida reflexión y revisión de evidencias aún no cree o no desea creer en la existencia del fenómeno de calentamiento global, es libre de hacerlo. Aún así es innegable la acelerada pérdida de masa boscosa en Guatemala en las últimas tres décadas, lo cual ha acrecentado riesgo de deslaves, la erosión de suelos, la reducción en la precipitación pluvial y la limitada capacidad de los suelos para retener el agua, y esto a su vez impacta en el caudal de los ríos o en la disponibilidad de manantiales para abastecer a ciudades y pueblos del líquido. Son innegables las toneladas de basura que van a dar a rellenos municipales o a tiraderos clandestinos, que tarde o temprano se rebalsan y llegan hasta el mar. Son innegables los desagües urbanos e industriales que, por falta de regulaciones, son lanzados a ríos o lagos, con la consiguiente destrucción del ecosistema y deterioro de la vida de las mismas comunidades aledañas. Son innegables las pérdidas agrícolas causadas por períodos de sequía o inundación que a su vez generan crisis alimentarias, en un círculo vicioso que redunda en desnutrición, pobreza e imposibilidad de acceder a nuevos estadios de desarrollo.
Ayer fue el Día Internacional de Acción contra el Cambio Climático, una jornada destinada a crear conciencia sobre la necesidad de emprender acciones para reducir el impacto nocivo sobre el medioambiente. Puede ser una decisión de familia para clasificar la basura, reducir el uso de plásticos desechables, reforestar, optimizar el uso de agua, por citar algunos ejemplos. No será un activismo político o ideológico, sino una toma de responsabilidad sobre la herencia que se dejará a las nuevas generaciones: un planeta habitable o un entorno de irreversible deterioro.