CATALEJO
Una nueva tragedia en este nefasto 2020
Hoy se cumple el octavo mes del inicio de la pandemia del coronavirus. Es innecesario repetir la larga lista de personas a quienes les segó la vida, entre la cual destacan el sacrificio de todos los médicos, enfermeras y personal de salud, bajas irreparables en la batalla contra el virus, en condiciones deplorables causantes de su muerte, ocurrida en el fragor de la batalla. Los daños económicos y el desempleo se cuentan entre las muchas consecuencias de una crisis al principio convertida en tema central de las apariciones dominicales del mandatario, salpicadas de solicitudes de la bendición de Dios, pero luego reducidas a simples informes. Su atención cambió y se dirigió a dar respuestas a veces insolentes, con lo cual no ha cumplido con representar la unidad nacional.
De pronto, porque a las advertencias de los científicos nadie les dio importancia, surgió a causa de Eta, el huracán de origen caribeño cuya depresión tropical afectó de lleno a Guatemala, al inundar extensas áreas y causar derrumbes que bloquearon caminos. Surge el recuerdo del peruano César Vallejo, quien en su sombrío poema Los Heraldos Negros escribió que ciertos golpes en la vida fueran producto del “odio de Dios”. Esto se puede recordar porque se sabe de otro huracán, el Iota, que avanza a Centroamérica para terminar de destruir o afectar aun más seriamente los lugares devastados por vientos o lluvias desbocadas. En Guatemala no es exagerado predecir nuevas lagunetas y la muerte de quienes no puedan recibir ayuda por el mal tiempo.
' La anunciada llegada de la tormenta Iota es la tercera tragedia de este año, junto con la pandemia y la fatídica depresión tropical Eta.
Mario Antonio Sandoval
Este tipo de fenómenos fueron pronosticados por los científicos hace unos cincuenta años. La ecología y la preocupación por la naturaleza fueron, en cierta forma, capturadas por grupos fanáticos, sobre todo en Estados Unidos. Lo sé porque en ese tiempo estudiaba yo en ese país, y atestigüé campañas patrocinadas por empresas gigantes, como la realizada contra el vicio de fumar, y algunas otras para crear carros y fábricas contaminantes y casas construidas donde los árboles habían sido talados. En el mundo comunista se actuaba de peor manera, más ciega. Ambos sistemas creían inextinguible el planeta Tierra, por razones económicas capitalistas y políticas e ideológicas en el área dominada por el estatismo, después derribado con la caída del muro de Berlín.
La Madre Tierra no responde según las ideas ideológicas o económicas. La crisis del coronavirus demostró la facilidad de recuperación del planeta. Sus cielos y sus aguas se limpiaron y esto es una prueba de por qué se necesitan cambios simples pero fundamentales. La ciencia con ética, también quedó demostrado, muestra con claridad las huellas del hombre, única especie capaz de destruirla voluntariamente por su rechazo a aceptar la ciencia, o su total indiferencia de “pan para hoy y hambre para mañana”. A mi parecer, se están afianzando y generalizando las ideas del desarrollo sostenible y de la responsabilidad social, no solo empresarial, sino practicada por todos los demás sectores y por la totalidad de quienes los integran.
Son temas complicados, pero su explicación puede hacerse en términos inteligibles para todos. Un factor muy difícil es la eliminación de costumbres ancestrales especialmente dañinas. En la comunidad científica ética y en la educativa descansan tareas ineludibles, necesitadas, obviamente, de convencer a la mayoría de seres humanos y los gobiernos acerca de la importancia de trabajar con base en lo científico, lo correcto y lo legal, fusionados, y no solo a lo expresado en textos jurídicos, cuya importancia nadie puede negar, pero sin aceptar su supremacía no ética sobre toda decisión humana. Las decisiones gobernativas locales no se basan ni en leyes ni en esa corrección basada en alguna escuela ética, ahora con ascendente exigencia. El resultado está a la vista.