EDITORIAL

Futuro demográfico y productivo se desangra

Hace un lustro se resaltaba con cierto entusiasmo el potencial del bono demográfico existente en países como Guatemala: una proporción enorme de población joven que implica un lapso productivo prometedor para las próximas cuatro décadas. A diferencia de países en donde la población envejece, la niñez y juventud guatemaltecas constituyen un auténtico tesoro. Lamentablemente el tesoro sigue siendo enterrado por la prolongación de abandonos en el sistema educativo, por la falta de desarrollos productivos sostenibles y por el descuido de la competitividad global que conduce a un estancamiento en la disponibilidad de empleos y oportunidades.

Aunque la población menor de 30 años representa alrededor del 69% de guatemaltecos —hecho que constituye el núcleo y fundamento del concepto de bono demográfico—, tal proporción tiende a reducirse aceleradamente debido a la migración de decenas de miles de niños y adolescentes, en gran parte no acompañados, con dirección a Estados Unidos. Esta mano de obra, que un inverecundo mandatario de sainete calificó de “barata”, sale de las fuerzas productivas del país y se marcha para siempre. Existe alguna posibilidad de que manden remesas, pero cada vez con mayor frecuencia se marchan para reunirse con sus familias en EE. UU., con lo cual es improbable que a largo plazo continúe el envío de dólares. Por otra parte, puede parecer imperceptible la salida masiva de este recurso vital, pero se trata de un fenómeno muy concreto que amenaza la posibilidades productivas y de crecimiento nacional para las próximas décadas. A nivel macroeconómico se presume que el país tiene una de las tasas más bajas de desempleo del continente, pero ello ocurre porque un 70% de la población se gana la vida en la economía informal.

El reciente informe de la Organización de Naciones Unidas evidencia que la mayor proporción de migrantes guatemaltecos detenidos en ruta a EE. UU. tienen entre 15 y 19 años: la edad del potencial, de los sueños y de los ideales, que se montan en una bestia de incertidumbre para atravesar una tierra inhóspita y enfrentarse a una frontera mortal. Sin embargo, esto ocurre también por la violencia de pandillas y narcotráfico que prosigue boyante ante la disfuncionalidad de los planes policiales trastocados por la decapitación de cuadros profesionales que comenzó en 2018.

Es patética la forma en que sucesivos gobernantes han dedicado párrafos completos de sus discursos de campaña y de toma de posesión a la juventud, con ofrecimientos de mejoras educativas, de oportunidades de trabajo, de programas de microcréditos y de capacitación productiva. Lo peor es que tales demagogias estarán de vuelta en menos de dos años. Los programas gubernamentales de juventud solo son farsas preelectoreras en donde usan a los adolescentes para repartir baratijas clientelares o efectuar subrepticios estudios de mercado político de cara a nuevos ciclos de votación.

En cada cuatrienio, la generación de empleo sí se da, pero para los colaboradores cercanos de campaña; las mejoras en educación quedan a merced de dirigentes magisteriales venales, mientras que la formación de capacidades y aptitudes académicas continúan fuera del alcance de miles de jóvenes sobre todo en áreas rurales, a quienes no les queda más salida que emprender el más triste de los éxodos. Es necesaria una transformación del paradigma educativo, económico y social del país para intentar rescatar lo que queda del bono demográfico.

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