Carolina Vásquez Araya

NOTAS DE Carolina Vásquez Araya

Cada vez que los gobernantes y sus círculos de confianza —no solo parientes, también financistas— se recetan un nuevo privilegio con el propósito de consolidar su fortuna y sus oportunidades de conservar el poder, miles de nuevos integrantes de la sociedad reciben menos atención en salud, alimentación, educación, vivienda, servicios básicos y posibilidades de salir de la pobreza. Esa masa callada y sometida a la voluntad de otros algún día hará las cuentas y cobrará las deudas.
He conocido a muchas personas fascinantes, pocas como María Cristina Orive (1931-2017).
Las cualidades de un gobernante se pueden medir desde el momento inicial de su asunción al poder. En esa situación de privilegio se sientan las bases de la relación entre gobernantes y gobernados, por lo cual resulta indispensable leer las señales que delatan la trayectoria futura. En el caso de Guatemala, la sombra de personajes oscuros tras el presidente y su renuencia a transparentar sus acciones ha provocado serias dudas sobre quienes están al mando. En el transcurso de los meses, esas dudas se fueron volviendo realidad a través de decisiones opuestas a las expectativas ciudadanas y el incumplimiento de promesas de campaña.
Esta es una de las razones del porqué el incesto es uno de los crímenes más impunes y difíciles de erradicar. Sucede en la intimidad del hogar, un ambiente exento de vigilancia externa gracias a un condicionamiento social que lo considera el ámbito amoroso, seguro y educativo por excelencia. Este prejuicio es un castigo adicional para sus víctimas, condenadas al silencio absoluto por miedo y vergüenza. Hablar de incesto, por lo tanto, resulta extremadamente difícil aun cuando los delitos sexuales ya comienzan a ser debatidos en foros públicos y círculos familiares, aun cuando los perpetradores de esta clase de violencia deben enfrentar la acción de la justicia y la exposición pública de su conducta.
La concentración del poder es una enfermedad que solo se cura con justicia y democracia.
¿Qué los impulsa a emprender una aventura semejante? Estudios sobre el tema abundan en proporción inversa a las soluciones, dejando la puerta abierta para que miles de niñas, niños y adolescentes intenten o, peor aún, logren traspasar los límites de su aldea, caserío, ciudad y país en búsqueda de algo mejor, de un futuro más promisorio que el ofrecido en su propia tierra. Son los niños emigrantes, aquellos privados de toda posibilidad de desarrollo en uno de los países más ricos del continente.
Al salir de la niñez, los seres humanos ingresan en un mundo tan plagado de amenazas como de posibilidades. El color del espectro dependerá, entonces, no solo del nuevo entorno sino de cómo se ha vivido la niñez desde el momento del nacimiento; si fue una feliz llegada al mundo o estuvo rodeada de pobreza, amenazas y violencia. Si durante el transcurso de los primeros años hubo amor o una carencia profunda de nutrición emocional y física, elementos indispensables para garantizar el desarrollo adecuado del nuevo ser. De acuerdo con los Informes de Desarrollo Humano de los años recientes, en Guatemala la niñez es uno de los segmentos poblacionales más castigados por la pobreza y el abandono. Del universo infantil, las niñas son quienes sufren mayores carencias y abusos.
Dar vueltas y vueltas a los argumentos de siempre por medio de plataformas mediáticas y redes sociales es una táctica muy básica para calmar la ansiedad y tranquilizar la conciencia ante la inacción y la aceptación tácita de un estado de cosas inconcebible —por viciado y criminal—, en donde la impunidad prevalece a pesar de los pesares. Está bien aplaudir cada intervención de don Iván Velásquez, el comisionado de la Cicig cuyas apariciones provocan gran expectación. Sin embargo, lo que no está bien es observar sus denuncias desde la posición de espectador de una obra ajena, algo a lo cual no se le debe participación alguna, una obra cuyo desenlace corresponde al trabajo de otros, al interés de otros, al riesgo de otros.
Las hipótesis más descabelladas de labios de las autoridades echan raíces profundas en el imaginario colectivo, vale decir en la muy voluble y bien ponderada “opinión pública”. Esto sucede con las niñas quemadas en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción, muchas ya convertidas en cenizas, otras mutiladas, otras embarazadas por violación, todas con su vida destrozada para siempre. Se suele aprovechar el poder —en cualquiera de sus formas— para cambiar versiones, descalificar a las víctimas y reducir el impacto negativo de las malas decisiones emanadas por quienes lo detentan. Así ha sido a lo largo de la Historia y así continuará siendo.
Cada vez que abro un nuevo libro siento esa emoción tan particular que precede a lo desconocido. Conozco la sensación desde niña, cuando tomaba un volumen de la colección Zigzag y me iba a refugiar bajo el hueco de la escalera para leer sin que nadie me estorbara. Ahí desfilaban los grandes maestros de las letras y aunque yo no entendía las complejas divagaciones de esos increíbles escritores rusos, alemanes, latinoamericanos o de lugares remotos que ya no recuerdo, caía bajo el influjo inevitable de ese desfile de seres imaginarios en escenarios fantásticos.