El terrorífico final de dos sepultureros que saquearon una tumba para conseguir joyas y dinero

Vicente o “Chentío” como era llamado por sus conocidos, familiares y amigos, tenía un bien organizado y lucrativo negocio en el Cementerio General de ciudad Guatemala, esta es su escalofriante historia.

Imagen ilustra lo que sucedió en el Cementerio General de la ciudad de Guatemala. (Imagen Prensa Libre: Diseño de Javier Marroquín)
Imagen ilustra lo que sucedió en el Cementerio General de la ciudad de Guatemala. (Imagen Prensa Libre: Diseño de Javier Marroquín)

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*Este es el cuarto y último cuento de una entrega de relatos de terror del autor Jorge D’Incau.

Era sepulturero en el área de nichos y acostumbraba a ser muy colaborador con los familiares de los difuntos, a quienes no cobraba ni un centavo por la ayuda brindada.

Prestaba su escalera y su fuerza para subir los ataúdes hasta los nichos de la parte más alta. Eso sí, primero debían cerrar bien la tapa para evitar accidentes y esa era otra cosa para la que se ofrecía encantado y sin cobrar.

Las personas sentían su ayuda como enviada del cielo porque el señor sabía lo que hacía y en momentos así, gente como don Chentío era la que hacía falta para aligerar el momento del último adiós. Él dirigía a quienes cargaban el ataúd, se aseguraba de que los pies quedarán del lado correcto y procedía luego a introducir el ataúd.

Después de eso, los albañiles ya podían cerrar el boquete que serviría para el descanso eterno para aquel cuerpo, pero luego, cuando la familia se retiraba y la noche llegaba, don Chentío y su compadre y socio de “negocios” don Víctor volvían al nicho en donde horas antes ellos mismos habían dejado aquel cuerpo.

Durante el proceso de asegurar la tapa del ataúd y asegurarse de que los pies del cadáver quedaran del lado correcto, ambos echaban una mirada rápida dentro de este buscando joyas, dinero o ropa valiosa que, al volver al lugar amparados por la oscuridad de la noche pudieran robar. También tenían varios socios en funerarias que les indicaban qué tipo de joyas llevaban algunos cadáveres por si acaso ellos no pudieran revisar.

En caso de no contar con joyas o ropa valiosa, los hombres aquellos vendían partes del cuerpo a estudiantes o brujos.

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Ambos buscaban cosas bastante concretas de los cadáveres para hacer sus rituales, no importaba cual fuera, Chentío y don Víctor las conseguían y recibían un pago lo bastante jugoso como para motivarlos a seguir haciéndolo por muchos años.

La ciudad de muertos es visitada por miles de personas cada 1 de noviembre. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)

No era fácil y debían soportar cosas como olor a putrefacción y el miedo natural del ser humano a lo relacionado con la muerte, pero con tantos años haciéndolo era difícil que un cuerpo estuviera lo suficientemente podrido o lo suficientemente horrible como para que ellos no lo robaran.

Una noche diferente

Aquella noche fue diferente, en la mañana habían enterrado a una mujer muy adinerada que en sus últimos momentos de vida pidió ser enterrada en el mismo lugar que sus padres. Don Chentío dirigió el proceso como siempre, había mariachis, mucha gente llorando y el ataúd era de lujo.

No pudieron abrirlo porque en la funeraria lo habían sellado por completo, pero, en todos los años que tenían de trabajar en el cementerio y en su lúgubre negocio nocturno, nunca habían visto ataúd más hermoso y lujoso.

Necesitaron 10 hombres para moverlo -el ataúd- por el peso de la madera y fue difícil introducirlo en el nicho que se encontraba en la parte más alta del mausoleo. Estaban emocionados, nadie en la funeraria les dio información, pero ellos sabían que algo bueno había si el ataúd estaba sellado. Así que esperaron a que oscureciera y volvieron al lugar.

Esa noche los altos pinos del cementerio se movían violentamente debido al fuerte viento que soplaba, don Chentío y don Víctor caminaban con una linterna cada uno por una de las avenidas principales de la ciudad de los muertos.


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