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Familia de Concepción Hernández relata cómo el Volcán de Fuego terminó con la vida de un hombre ejemplar

Agobiada por la incertidumbre y la tristeza, Brígida Rabadique Toribio, esposa de Concepción Hernández, cuya imagen fue referencia mundial de la magnitud de la tragedia por la erupción del Volcán de Fuego, narró cómo en segundos se desvaneció una vida de trabajo en San Miguel Los Lotes, donde vivieron durante más de 50 años. 

Brígida permanece junto al ataúd que contiene los restos de su esposo Concepción Hernández. (Foto Prensa Libre: Estuardo Paredes).

Brígida permanece junto al ataúd que contiene los restos de su esposo Concepción Hernández. (Foto Prensa Libre: Estuardo Paredes).

La fotografía de Concepción, que fue portada de Prensa Libre, dio la vuelta al mundo, luego de aquel fatídico 3 de junio, cuando trató de salvar su vida al ser alcanzado por el material volcánico a la orilla de la Ruta Nacional 14, en Escuintla. 

Reza el dicho que después de la tempestad viene la calma, pero la familia Hernández Rabadique no encuentra consuelo, igual que muchos guatemaltecos que perdieron todo por la erupción del Volcán de Fuego, que arrasó con San Miguel Los Lotes, El Rodeo, donde el peligro persiste porque se podría despertar de nuevo la furia del coloso.

Concepción falleció por la gravedad de las quemaduras, el miércoles último. El Hospital del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social 7-19, en Mixco, fue testigo de su dolor y del esfuerzo de los médicos por salvarle la vida. La lucha de Concepción por aferrase a la vida fue evidente, pues a pesar de sus 85 años de edad soportó casi durante 72 horas el dolor, que ahora invade a sus familiares por su muerte y por no tener adonde ir.

Fue velado en una humilde vivienda de San Pedro Las Huertas, Antigua Guatemala, Sacatepéquez, donde la mayor parte del tiempo el cielo estuvo nublado. Su ataúd fue sencillo; eso sí, rodeado de flores.

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Durante el velatorio, su esposa, Brígida, de 79 años, no se apartó de su lado, mientras sostenía un pañuelo para secar sus lágrimas y con la mirada triste observaba cómo una de las presentes encendía una veladora.

La anciana, vestida de negro, se acomodó un pañuelo blanco en la cabeza, mientras relató cómo, hace 58 años, ella, su esposo y otra familia fueron los primeros en poblar un sector de San Miguel Los Lotes, donde, según recuerda, los estruendos del volcán les dieron la bienvenida.

Luego acomodó una silla de plástico y relató que fue alegre cuando llegaron a San Miguel Lotes, pues no había casas.
El terreno, de mil 255 metros cuadrados, les costó Q120. Concepción cortó el monte que invadía el área, pues comenzaban una vida juntos. “El volcán hacía mucho ruido”, recalca Brígida.

Con el pasar de los días se acostumbraron a la actividad del coloso. Los recuerdos invaden a Brígida y entre lágrimas evoca una erupción de hace casi 53 años, cuando el volcán lanzó ceniza a San Miguel Los Lotes. “Todo quedó oscuro. Concepción era alcalde auxiliar del lugar”, rememora.

Tres de sus hijos rodean a la viuda, cuyos rostros no pueden ocultar el dolor que afrontan. Por un momento ella cierra los ojos, trata de vencer al sueño y añade que la necesidad los obligó a vivir muchos años en el lugar, donde a cualquier hora del día escuchaban retumbos y la casas vibraban.

Evacuación

Las arrugas en el rostro y manos de Brígida muestran que los años no han pasado en vano. Aprieta el pañuelo y resalta que cuando ocurrió la erupción, en aquella ocasión, su esposo, valiéndose de su puesto de alcalde auxiliar, pidió apoyo en la cabecera y las pocas familias que habitaban San Miguel Los Lotes fueron evacuadas en camiones. “Ahora, ¿qué consuelo tuvimos? No hubo camiones. ¡La lava se llevó a la gente!”, lamenta.

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Concepción y Brígida procrearon 16 hijos, de los cuales ocho viven. Estos salieron adelante gracias a la agricultura y también se acostumbraron a convivir con los estruendos del volcán. “Sentíamos miedo, de repente el volcán estalla. Pero como Dios es grande, él nos cuidó”, comenta la viuda, mientras las lágrimas caen entre sus manos.

Brígida suspira y asegura que no quieren regresar, pues si esta vez hay luto, en una próxima erupción podría ser peor.
Su hijo Jorge la toma de la mano y a un costado se encuentra su primogénito, Carlos. Con la voz entrecortada los tres afirman que Concepción fue un hombre trabajador que no tan fácil se daba por vencido.

El día de la tragedia

En la mañana del domingo fatídico, Concepción se levantó temprano y fue a conseguir leña, luego desayunó junto a Brígida, quien le advirtió de que andaba el rumor de que la lava se aproximaba a San Miguel Los Lotes, pues no había espacio en los barrancos por donde regularmente bajaba. 

Concepción le aseguró que no era para asustarse, pues la lava tenía su camino, por donde siempre bajaba. “Yo le dije: No, viejo, la lava viene por los potreros”, refiere Brígida. “Le dije: Por cualquier cosa, preparémonos. Y él me dijo: La lava tiene que buscar su camino”, añadió.

La tragedia se aproximaba, Concepción y Brígida estaban sentados en su casa mientras el volcán retumbaba y el material volcánico se acercaba a las viviendas.

Los retumbos se hacían cada vez más fuertes. Brígida se puso zapatos y en segundos el terror se apoderó de la comunidad. Mientras, al parecer, Concepción fue al sanitario, momento en que se separaron.

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Brígida, confiada de que su esposo ya había escapado, se dejó auxiliar de una nuera, quien la tomó del brazo y le dijo: “Salgamos, la lava viene a la vuelta”.

Su hijo Jorge se la echó a la espalda para salvarla. El peligro ya estaba a unos 50 metros de la casa. En la premura por salvar sus vidas, todos corrieron.

Carlos, otro hijo de la pareja, de 44 años, relata que él y sus hermanos alertaron a sus familias y se tomaron de las manos para correr. “Fue desesperante”, dice con tristeza. 

La anciana llora de nuevo y manifiesta que es duro recordar la advertencia que le hizo a su esposo y que este la ignoró. Ahora dice que no sabe qué hacer. “No tenemos para comprar láminas y palos para hacer unas covachas”, manifiesta.

Carlos, quien viste la ropa con la que huyó el día de la tragedia, se aferra a la mano de su madre y recuerda que   él y sus hermanos trabajaron desde niños en la agricultura. Lo poco que aprendieron a leer y a escribir fue por medio de programas de alfabetización.


Su rostro refleja incertidumbre y recuerda que cuando era niño le asustaban los retumbos del volcán, pero luego se acostumbraron a estos  y a las constantes erupciones.

De sus pertenencias, comenta, rescató su celular, reunió a su familia y corrieron. En su vivienda quedaron las aves de corral y sus perros.

Cuidó de Concepción y Brígida

En el velatorio también se encuentra Elva Leticia Hernández, 39, quien suspira al tiempo que mira a su madre y la consuela con un gesto. Ella dice que es una satisfacción haber cuidado a su padre y continuar al cuidado de Brígida.

“Sentimos mucho la pérdida de mi padre. Me siento satisfecha, pues fueron 39 años a su lado”, expresa.

“Estábamos acostumbrados a la actividad del volcán, las ventanas siempre vibraban”, resalta Elva y afirma que la mayoría de viviendas de la colonia eran de bloc.

La última comida que le sirvió a su padre fue pepián, y mientras comían los estruendos continuaban, lo que asustó a sus tres hijos menores, quienes llorando decían que la lava estaba cerca.

Ella también trató de persuadir a Concepción del peligro, pero no obtuvo resultado.

Elba cuenta que se reencontró con su familia en los albergues de Escuintla. “Aún no tenemos un plan para salir adelante”, expresa.

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ESCRITO POR:

Óscar García

Periodista de Prensa Libre especializado en periodismo comunitario e historias humanas con 12 años de experiencia.