Esta casa se ubica  en el centro de San Juan Comalapa, es la casa de Francisca Quiná, de 75; quien sobrevivió al terremoto de 1976. (Foto Prensa Libre:
Juan Diego González)

El legado del terremoto de 1976 persiste en muros de adobe y comunidades expuestas al colapso

1 de febrero de 2026

Guatemala es un país sísmico y lo que ocurrió la madrugada del 4 de febrero de 1976 dejó experiencia y lección.

Medio siglo después del terremoto de 1976, miles de guatemaltecos siguen habitando casas de adobe, el mismo material del que estaban construidas las casas  que se vinieron abajo, en una de las mayores tragedias del país. En municipios como San Juan Comalapa, Chimaltenango, el recuerdo de ese sismo permanece en los muros y en el riesgo que en la actualidad advierten  expertos en el tema.

El sol cae a plomo sobre la 1a. calle de la zona 1 del municipio. Sentada en una banqueta, Francisca Quiná acomoda con paciencia  güisquil, frijol, colinabo y otras hierbas que ofrece a los transeúntes. Con las manos, remueve lentamente los granos, una labor que repite a diario. A ratos levanta la vista; otras veces, su mirada se pierde en un punto indefinido. A sus 75 años, el tiempo no solo se mide en cosechas o jornadas de venta, sino en remembranzas que regresan de golpe.

Uno de sus recuerdos se remonta a casi medio siglo: la madrugada del 4 de febrero de 1976, un terremoto sacudió el país y marcó su vida para siempre.

“Tenía 25 años, mi cara era lisa, sin arrugas, y mis dientes estaban completos”, refiere, mientras esboza una sonrisa. En la casa, dos niños jugaban sin saber que  no amanecerían. “Sentí el temblor, pero no me dio tiempo de nada. Perdí a mis dos hijos, Carmela y Hermelindo. Estaban pequeñitos”, relata con la voz quebrantada.

El pueblo quedó destruido. No había luz. En su vivienda de adobe, los paredones resistieron, salvo uno, pero   fue fatal. “Solo una pared cayó, y fue la que soterró a mis hijos. Mi esposo y yo luchamos por sacarlos, pero cuando los rescatamos ya habían muerto”, recuerda. Hace una pausa: “Solo Dios sabe por qué pasan estas cosas”.

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Perdí a mis dos hijos, Carmela y Hermelindo. Ellos estaban pequeñitos
Francisca Quiná, sobreviviente del terremoto de 1976

El tiempo se detuvo

Desde entonces, el 4 de febrero es una fecha  en el calendario que Quiná prefiere ignorar. Mientras otros reconstruyen la memoria colectiva con relatos y actos conmemorativos, ella opta por el silencio. En el 2026, Guatemala es otro país, existen aplicaciones que alertan sobre sismos, simulacros de evacuación y mayor conocimiento científico sobre esos fenómenos. Pero, para ella, el pasado sigue intacto en su entorno más cercano.

Su casa se encuentra justo al otro lado de la calle donde vende sus productos. Una puerta de lámina da paso a la vivienda, de adobe, pintada de blanco por fuera y de tonos marrones en el interior. Son paredes de lodo que fueron construidas antes del terremoto   y siguen en pie. Dentro del inmueble, el tiempo parece detenido. Quiná camina despacio hacia la cocina, mueve los comales de barro, aparta las mazorcas y recalienta el café en una olla también de barro. A pocos pasos se encuentra la piedra de moler; en un corredor cercano, se observa  una percha de leña.

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Francisca Quiná, de 75; durante el terremoto de 1976 perdió a sus dos hijos, en esa época era madre joven de 25 años.

Juan Diego González

El dormitorio también es de adobe. La cama tiene como respaldo un petate tejido con hojas de tule. Las sábanas y las almohadas son artesanales. En el patio, Quiná guarda el telar de cintura que utiliza por las tardes para tejer güipiles. Vive como se vivía en buena parte del ámbito rural  en la década de 1970, igual que algunos de sus vecinos, en un municipio donde  las paredes que aún sostienen las casas les recuerdan aquel devastador  terremoto.

Técnicas antiguas

El uso del adobe en Guatemala no es reciente. Investigaciones sobre arquitectura tradicional documentan que este material se emplea desde la época prehispánica y se consolidó durante el período colonial como uno de los principales sistemas constructivos en viviendas rurales e indígenas. Análisis sobre técnicas tradicionales del altiplano occidental señalan que el adobe respondió a factores climáticos, a la disponibilidad de materiales y a conocimientos  comunitarios transmitidos entre generaciones, más que a una condición de precariedad, según la investigadora América Alonso Ramírez, en su ensayo Técnicas Vernáculas en el Diseño Habitacional. El caso del adobe en el altiplano occidental de Guatemala.

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En San Juan Comalapa es habitual encontrar casas de adobe y algunas han sido reforzadas con madera.

Juan Diego González

Testimonio vivo

“Todos estaban durmiendo y desperté entre la oscuridad. A duras penas podía respirar. No podía mover las piernas ni las manos. Solo escuchaba gritos en todas las direcciones. Tenía 12 años”, recuerda Víctor Hugo Chalí. “Alguien gritaba mi nombre: ‘Víctor, ¿dónde estás?’”.

“Eso me hizo reaccionar, aunque al principio confundí todo con una pesadilla. Luego grité, y era la voz de mi papá, acercándose. Cuando me encontró, gritó: ‘¡Está vivo!, ¡Víctor está vivo!’”, relata. Así sobrevivió  al terremoto de 1976, pese a que quedó soterrado entre paredes de adobe.

Chalí fue uno de los pobladores que quedaron atrapados bajo  escombros y lograron sobrevivir. “Mi papá me salvó. Si no me hubiera buscado después de que la casa se cayó, no estaría contando esta historia”, afirma. Hoy trabaja en albañilería y r repara  viviendas en San Juan  Comalapa. “El adobe ya no se usa mucho. Solo en las aldeas más alejadas la gente sigue construyendo así. Ahora todo es block y hierro; las casas son mejores, aunque hay albañiles que no hacen buen trabajo”, señala.

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Víctor Hugo Chalí agradece a su padre, Agustín Chalí, quien lo sacó de los escombros. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González)

Un recorrido por el centro de este municipio permite observar vestigios de aquella tragedia. El equipo periodístico de Prensa Libre observó decenas de inmuebles de adobe. La basílica San Juan Bautista, en esta localidad, es una de las estructuras que resistieron al sismo. En su muro perimetral se ven grietas   con revestimiento blanco. Algunos feligreses atribuyen  a la “divinidad” el que aún esté de pie la estructura, cuya fachada y algunos muros fueron dañados, por lo que el templo quedó en desuso y posteriormente se construyó otra parroquia.

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La iglesia católica de San Juan Comalapa -blanca- tuvo daños durante el terremoto, luego se construyó la parroquia -amarilla-.

Juan Diego González

El sismo

El terremoto del 4 de febrero de 1976  tuvo una  magnitud de momento (Mw) de  7.5. Su epicentro se localizó en la zona del río Motagua, entre  Guatemala, El Progreso e Izabal. Estudios especializados determinaron que la caua del movimiento fue que se activaron las fallas del Polochic y del Motagua, límite entre las placas del Caribe y Norteamérica.

Investigaciones  posteriores confirmaron que la alta concentración de viviendas de adobe fue determinante en la magnitud de la tragedia: con más de 23 mil personas fallecidas, 258 mil viviendas destruidas y   1.2 millones de guatemaltecos sin hogar.

Muchos damnificados se desplazaron hacia los alrededores de la capital, lo cual dio origen a los asentamientos en barrancos, laderas y zonas de alto riesgo, de acuerdo con registros históricos de la Municipalidad de Guatemala y estudios urbanísticos.

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Imágenes registradas en Prensa Libre acerca de la tragedia del terremoto de 1976 en Guatemala. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)

Vulnerabilidad

Cincuenta años después del terremoto, el país mantiene una fragilidad estructural similar a la de 1976. El XII Censo Nacional de Población y VII de Vivienda del 2018 arrojó que en Guatemala existen 604 mil 600 viviendas de adobe, una cifra que evidencia que el riesgo persiste.

Un análisis publicado en Disasters Journal, en el 2010, concluye que, aunque el uso del adobe disminuyó después de dicho terremoto, miles de estructuras permanecieron sin mejoras sustanciales en resistencia sísmica, lo que mantiene una vulnerabilidad latente en amplias regiones del país (Changes in housing in Guatemala following the 1976 earthquake).

La mayoría de las casas de adobe se encuentran en el altiplano y el noroccidente. Huehuetenango, Quiché, San Marcos y Totonicapán reúnen el 55% de estas estructuras, con 335 mil 685 viviendas particulares.

El director de Mitigación de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred), David Monterroso, señala que el adobe es uno de los materiales más vulnerables al colapso en caso de sismo. “Lamentablemente, tenemos mucha construcción de ese material. Esa carencia debe resolverse de manera integral y progresiva”, advierte.

Como ejemplo, Monterroso refiere que en Costa Rica  se prohibió la construcción con adobe y se implementó un código que recomienda materiales más seguros. “Deberíamos tomar acciones para empezar a disminuir esas vulnerabilidades en Guatemala”, comenta.

Aunque el uso de block y hierro se ha generalizado, el ingeniero civil Rudy Velasco advierte de que muchas construcciones no se apegan a normas y no cuentan con supervisión técnica. “Que una casa sea de block con hierro no garantiza que sea segura. Muchas se levantan sin asesoría profesional”, explica.

Monterroso subraya que no existe tecnología capaz de predecir un terremoto. “No hay instrumentos que detecten un sismo antes de que ocurra. Solo trabajamos con estimaciones y estudios indirectos del comportamiento de las placas”, señala.

Otros sismos

Guatemala registra un historial   marcado por sismos de gran magnitud a lo largo de los siglos XX y XXI. El 6 de agosto de 1942, un terremoto de entre 7.7 y 7.9 Mw, con epicentro en la costa suroeste, figura entre los más fuertes documentados en el país, y causó daños generalizados. Pero el del 4 de febrero de 1976 fue el más devastador.

En años posteriores    se  registraron temblores significativos, como el   de 6.2 Mw ocurrido el 18 de septiembre de 1991, en el suroccidente, el cual ocasionó más de 25 muertes; el   de 7.4 Mw del 7 de noviembre del 2012, frente a la costa del Pacífico, que causó  45 muertes y afectó a varios departamentos, y el de 7.0 Mw del 14 de junio del 2017, que ocasionó daños estructurales en San Marcos.

Más recientemente, en el 2025, una serie de temblores moderados, de entre 5.2 y 5.9 Mw, sacudió Escuintla y y la costa suroeste del país, lo que hizo recordar que, aunque sin efectos comparables con los grandes terremotos históricos, el país se encuentra en una zona de alta actividad sísmica.

Antonio Chalí Otzoy, de 49 años, nació un año después del terremoto y siempre ha vivido en  casa de adobe. La vivienda de sus padres, ubicada en el centro de San Juan Comalapa, aún conserva un muro perimetral de ese material. “Quisiéramos estar más seguros, pero construir con block es caro. Necesitaría al menos Q200 mil”, cuenta. Agrega que muchas familias lograron modificar sus viviendas gracias a remesas que reciben desde Estados Unidos.

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La sigla Mw corresponde a la magnitud de momento, una escala sismológica que mide el tamaño real de un terremoto según la energía liberada en la falla.
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Más peligro

Otro factor de riesgo, según la  Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres de Guatemala (Conred), es que el país está asentado en una región altamente sísmica y  en las últimas cinco décadas  las laderas del área metropolitana fueron ocupadas por el crecimiento poblacional.

En la capital se calculan un 300 asentamientos, muchos de estos   en áreas con alta probabilidad de deslizamientos. Aunque las viviendas han evolucionado de madera y lámina a block y concreto, el riesgo persiste, debido a la ubicación.

“Si se registrara un sismo similar al de 1976, habría deslizamientos en las laderas de barrancos que hoy están habitadas”, advierte Monterroso, quien recuerda que ya se vivió ese fenómeno ya ocurrió hace 50 años y que sus efectos deben considerarse en escenarios de riesgo actuales.

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Las laderas del barranco en el que está el puente El Incienso, entre zonas 2, 3 y 7 son de las más habitadas en la capital. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)

Teoría del rebote elástico

 El riesgo sísmico actual también se explica a partir de la teoría del rebote elástico, un principio científico que describe cómo las fallas geológicas acumulan energía con el paso del tiempo hasta liberarla de forma abrupta. David Monterroso, director de mitigación de la Conred,  señala que las fallas  Polochic y Motagua, responsables del terremoto de 1976, se encuentran en un período de acumulación de tensión. “No se puede predecir cuándo ocurrirá un sismo, pero sí sabemos que la energía vuelve a acumularse”, afirma.

La teoría establece que las placas tectónicas permanecen bloqueadas durante largos períodos, mientras la energía se acumula en la corteza terrestre. Cuando la tensión supera la resistencia de las rocas, ocurre la ruptura que causa el terremoto. Tras este, el ciclo se reinicia. Aunque no permite establecer fechas, la teoría ayuda a comprender por qué los sismos se repiten en zonas con fallas activas como el sistema Polochic–Motagua.

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ESCRITO POR:

Edwin Pitán

Periodista de Prensa Libre y Guatevisión desde hace 14 años. Especializado en radio, prensa y televisión. Periodista del año de Prensa Libre en 2018. Productor de la emisión en directo de Noticiero Guatevisión.