“Uno puede ser actor de cambio”

Humildad y creatividad son las palabras que se le escuchan con frecuencia a Alfredo Maúl, arquitecto y “motivador ambientalista”, como suele definirse. Bajo este concepto predica con el ejemplo el mensaje de revertir desde el hogar, el trabajo o la escuela el deterioro del medioambiente y ayudar a proteger los recursos naturales.

aula semilla, que funciona desde el 2013 en Escuintla. En ella se aprovecha el agua de lluvia, la luz solar, y se construyó con materiales renovables.
aula semilla, que funciona desde el 2013 en Escuintla. En ella se aprovecha el agua de lluvia, la luz solar, y se construyó con materiales renovables.

En el 2006, Maúl, director creativo y fundador de la Asociación Ambiental G-22, regresó a Guatemala para visitar a su familia después de haber vivido nueve años en el extranjero. Se sorprendió del impacto negativo que ejerce el ser humano en la naturaleza durante un viaje a Semuc Champey, Alta Verapaz.

“En lugar de encontrarme con el río más limpio y fantástico de mi país, me topé con el más sucio y contaminado del mundo. Pero no fue el único. Durante ese viaje vi toneladas de desechos y agua contaminada en el río Las Vacas. Le tomé fotografías, y las guardo como recordatorio de lo que jamás quisiera heredarle a mis hijos y nietos”, expresa.

Luego de comprender de que él, como todos nosotros, es parte del problema, un año después abandonó su vida en Francia y se prometió a sí mismo luchar hasta ver a Guatemala convertida en un país que pone en práctica los ecovalores.

Van siete años de emprendedurismo social en los que no ha lucrado en ninguna sus iniciativas ecológicas. “Es imposible poner una cifra de dinero para reinventar un país. Regalamos ideas”, dice.

Con motivo del Día Mundial del Medioambiente, que se celebra cada 5 de junio, Maúl, de 38 años, quien ha combinado sus ideales con la arquitectura y ha recibido distinciones en Guatemala y en el extranjero, conversó con Prensa Libre sobre su ideal, en el interior de su sencillo apartamento autosostenible.

¿Cómo surgió su atracción por la ecología?

No es tanto una atracción, sino una conexión con la naturaleza, y que la relaciono con lugares de mi infancia, cuando visitaba a mi abuela en su casa de Amatitlán. Desde que era adolescente, he sido explorador de las riquezas de mi país, y eso me ha llevado a conocer lugares en los que pocas personas han estado. Pocos países tienen esta riqueza de biodiversidad.

En el 2006 me invitaron a hacer una investigación sobre las comunidades descendientes que permanecieron después del accidente nuclear de Chernobil, Ucrania —en 1986—, para conmemorar el 20 aniversario de esa tragedia, sobre la cual monté una exhibición en Nueva York y en Kiev.

Ese trabajo transformó mi vida, ya que pude ver escuelas, hospitales e iglesias que quedaron en ese lugar y cómo después de 20 años los niveles radiactivos todavía eran altos.

¿Se agotan los recursos naturales en el país?

Guatemala es un país donde los recursos naturales han sido abundantes desde nuestra historia documentada, cuando los españoles llegaron a la “tierra de los árboles”, pero en los últimos cien años los hemos ido acabando al reemplazarlos con algún monocultivo. Cuando regresé a Guatemala, tomé la decisión de trabajar por sus recursos naturales e intentar permear a las nuevas generaciones. Volví con muchas ideas y experiencias, con la intención de convertirme en un ciudadano responsable y comenzar a cambiar mi mundo. Las cosas más importantes de una nación son su tierra y su gente, y las estamos perdiendo.

¿Cuáles fueron sus primeros pasos?

Decidí recorrer los 22 departamentos de mi país de una forma humilde y desde otro punto de vista. Durante ese viaje me di cuenta de que en puntos recónditos hay deterioro ambiental latente como resultado de la falta de conocimiento y de información.

Si no hacemos los esfuerzos más allá de lo que la ley exige, en 50 años vamos a vivir en un desierto.

Visité unas mil viviendas, donde hice entrevistas a los pobladores sobre cómo manejaban el agua, la energía, los desechos y materiales para la construcción que usaban. Tomé miles de fotografías y llené decenas de cuadernos de notas.

¿A qué lo llevó esta documentación?

Después de reunir esta información, vino la tarea de mitigar los problemas de sostenibilidad.

De ahí surge la Casa Semilla, que es una vivienda autosostenible hecha con materiales ecológicos y que aprovecha la luz solar, el aire y el agua de lluvia, según el microclima de las regiones del país.

De este proyecto nació el Aula Semilla, que está en funcionamiento desde hace un año en una escuela de Escuintla, donde los maestros forman a los estudiantes con ecovalores. También está la Bicicleta Semilla y la Carreta Semilla, así como la iniciativa Bi-Ciudad, del cual soy asesor, para cambiar el eje de movilidad en los centros urbanos y que representa menos consumo energético y más salud.

Actualmente escribo mi primer libro, que será publicado este año, y que se titulará Arquitectos del futuro: ideas humildes para un planeta sostenible, donde reúno todas mis experiencias.

Según sé, usted vive de una manera ahorrativa.

Jamás he perdido de vista que uno puede ser ese actor de cambio, para ser más fácil replicar el ejemplo en la comunidad.

Nunca imaginé que mi casa se convertiría en museo al haber sido visitada desde el 2009 por unas 12 mil personas, la mayoría estudiantes, para aprender cómo vivo: es la forma más congruente de enseñanza.

La idea es saber cómo podemos conectar la Economía y la Ecología, para minimizar el uso de recursos. Si ahorro, tengo recompensas económicas y ambientales.

En mi apartamento hay más de 60 estrategias de sostenibilidad en materia de agua, energía, desechos, alimentos y consumo de materiales. Gasto Q30 en electricidad al mes, aprovecho el agua de lluvia, consumo solo productos locales, uso solo papel reciclado, no tengo televisor, me movilizo en bicicleta o en transporte público y tengo un par de zapatos que uso todos los días desde hace cuatro años, a los que les he cambiado la suela dos veces. No estoy en contra del plástico, pero sí del desechable.

Tenemos que ser más humildes en nuestro consumo y en lo que hacemos. Viví tres meses con Q8 diarios, y aprendí que no necesito muchas cosas materiales. Al reinventar el consumo podemos tener bienestar colectivo. Todos podemos cambiar nuestro entorno.

¿Es adecuada la legislación ambiental del país?

Jamás voy a hablar cosas negativas del medioambiente, me interesa más saber de cosas positivas y propositivas de individuos y organizaciones. Por 50 años, los grupos se han dedicado al proceso de criticar y buscar conflictos. Si uno va a criticar, hay que dar tres soluciones al problema. Puedo decir que falta mucha más legislación en el manejo de desechos sólidos, de recursos hídricos y de contaminantes. Pero tiene que ser un compromiso multilateral, ya que todos funcionamos como agentes de esa legislación. Es mejor generar incentivos que castigos. La persona actúa mejor así.

¿Cómo implementar construcciones ecosostenibles en Guatemala?

El sistema constructivo verde o sostenible se utilizó en el país hasta el terremoto de 1976, cuando se cambió el paradigma de usar tejas de arcilla, adobe y madera. Sueño con que en Guatemala se regrese a la madera, a los ladrillos y a casas de ventilación cruzada y bien iluminadas. Lo ideal es emplear materiales locales y no importados. La arquitectura del pasado se hacía mejor y duraba más.

La arquitectura vernácula y tradicional sale más barata en 70 por ciento de su mantenimiento. La arquitectura del futuro va a regresar a la del pasado con energía renovable y materiales reinventados.

¿Cómo quiere ver a Guatemala en el futuro?

Quiero ver a mi país en los próximos 20 o 30 años de una forma reinventada. No es fácil, porque es un proceso de miles de individuos. Pero si no hay balance ambiental, no va a haber paz.