“Siento como que si nunca más volveré a ver a mi hijo”: el drama de los deportados guatemaltecos

El guatemalteco Benjamín Raymundo, de 33 años, dejó a su esposa Rosalia y su hija menor, de 2 años y medio, y emprendió el viaje hacia EE. UU. con su hijo Roberto, de 5 años. Cruzaron México en autobús y lograron llegar a la frontera, pero fueron detenidos por la “migra” en California.  

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Muchos de los inmigrantes dejaron a niños en Estados Unidos. (Foto Prensa Libre: Estuardo Paredes)
Muchos de los inmigrantes dejaron a niños en Estados Unidos. (Foto Prensa Libre: Estuardo Paredes)

Benjamín forma parte de unos 108 deportados que llegaron al aeropuerto de Ciudad de Guatemala, donde los recibieron con música de marimba amplificada desde altoparlantes para animarlos.


El guatemalteco, que dejó su pueblo maya-q'anjob'al, en el oeste del país en mayo último, comenta que la pobreza en la región y el deseo de darle una vida mejor a su familia le llevaron a intentar por segunda vez entrar a territorio estadounidense. 

Al ser capturlados, cuenta que en California vio por última vez a su hijo, que según se enteró fue llevado a Nueva York.

“Es una gran tristeza para mí, siento como si ya nunca más volveré a ver a mi hijo”, lamenta Benjamín, quien señala que no volverá a intentar hacer el viaje a Estados Unidos y guarda la esperanza de que el niño pueda obtener asilo.

Sin embargo, el hijo de Benjamín es uno de los pocos niños que corrió con suerte: un cuñado del guatemalteco que vive en EE. UU. y un abogado lograron dar con el paradero del niño y ahora este familiar lo tiene en resguardo.

Otra mujer guatemalteca de 40 años que prefirió no dar su nombre cuenta que pasó detenida durante 10 meses en un centro de Arizona.

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La mujer, que se sostiene en muletas por una reciente cirugía en el pie derecho, explica que migró a Estados Unidos en 2004 y hace dos años su hijo de 14 años cruzó solo la frontera.

En Estados Unidos su hijo mayor, de 22 años y también sin papeles, se quedó a cargo del menor y su otra niña de 3 años que es ciudadana estadounidense.

Lamenta que ahora la situación hacia los migrantes “está más difícil”, pero volverá a viajar para unirse con sus hijos. “Por mis hijos pienso regresar, no sé cómo pero pienso regresar”, se consuela.

Otros centroamericanos

El hondureño Ever Sierra regresa deportado a su país. De su mochila cuelgan los zapatos de su hija de ocho meses, quien quedó en un centro de detención en McAllen, Texas, junto a su madre.

En unos días, Ever intentará emigrar de nuevo para reunirse con ellas.


El pasado 2 de enero Ever salió de la ciudad norteña de El Progreso en busca del sueño americano junto a su esposa Iris Janeth (26) y su hija, que entonces tenía dos meses.

“Se trata de buscar un mejor futuro para nuestra familia. Aquí con 250, 300 lempiras (de US$10 a US$12) al día, no se hace nada”, lamenta el albañil.

Un mes después, el 3 de febrero, mientras navegaban por el río Piedras Negras, cerca de la frontera con México, fueron arrestados por los patrulleros estadounidenses de migración. Iban acompañados por el hermano de Ever, Juan Carlos, su esposa y el hijo de la pareja de 5 años.

Familias separadas 

Según cuenta Ever, Iris Janeth y su hija fueron trasladadas a un centro de detención de menores en la ciudad de McAllen, en Texas. A su cuñada la llevaron a un centro de Miami, su hermano fue enviado al centro de detención La Salle, también en Texas, mientras que a él lo llevaron a otro centro en Luisiana.

La separación de familias fue el resultado de la política de “tolerancia cero” del presidente Donald Trump para migrantes indocumentados. Su política llevó a la separación de más de dos mil niños de sus padres y generó tanto rechazo que el mandatario debió desistir y aceptar la reintegración de niños y padres.

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Ever, delgado, de regular estatura, tez blanca, escasa cabellera, vestido con una camisa deportiva blanca y un chaleco negro, lleva colgando de su mochila dos zapatos de su hija para no olvidarse de ella.

El joven bajó en uno de los dos vuelos que llegaron el viernes con deportados de Luisiana al aeropuerto de San Pedro Sula, la segunda ciudad de Honduras, 180 km al norte de la capital. En el primer vuelo llegaron 118 y en el segundo 120. 

Encadenados

“Nos traían encadenados de los pies, las manos y la cintura”, se queja José Miguel Sagotizado, otro deportado de 32 años. “No nos quitaban las cadenas ni para ir al baño” durante el vuelo.

“Trump es un racista. Tiene todo al mundo en contra, incluso a su esposa”, asegura el hombre de complexión fuerte, ojos vivaces y el cabello recortado.

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