Alejandro Maldonado Aguirre, el discurso del cambio

El recién juramentado presidente Alejandro Maldonado Aguirre en su primera aparición pública trató de borrar la era de Pérez Molina y Roxana Baldetti con un discurso fresco y relajado que parecía invitar a la reflexión y a la tranquilidad de la población.

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Alejandro Maldonado Aguirre sale del Congreso luego de la juramentación. (Foto Prensa Libre: Alvaro Interiano)
Alejandro Maldonado Aguirre sale del Congreso luego de la juramentación. (Foto Prensa Libre: Alvaro Interiano)

Maldonado Aguirre, el político conservador, quizá nunca imaginó que, pese a no haber ganado ninguna elección presidencial en los años 1970 y 1980, se encaramaría en la Vicepresidencia y de esta saltaría a la Presidencia en apenas tres meses y medio. Un golpe de suerte que sabe reconocer en silencio con la sonrisa en los labios que casi nunca lo abandona.

Desde su arribo al Palacio Legislativo comenzó a notarse el cambio. El entonces vicepresidente llegó en una caravana de pocos vehículos, silenciosa, e ingresó al hemiciclo sin mayor aspaviento. Luego de ser juramentado dirigió un breve discurso, el cual concluyó con una enigmática frase de Stendhal: “Adiós amigo, intenta no ocupar tu vida en odiar y tener miedo”. ¿Se la dirigió a Pérez Molina, a diputados o a la ciudadanía indignada?

Posteriormente se acercó a la mayoría de diputados para saludarlos en sus propias curules, lo cual se vio como una actitud de búsqueda de cercanía y convivencia con todos los legisladores, independiente de sus posiciones políticas. Parecía querer transmitir el mensaje de Unidad Nacional que se perdió con Pérez Molina. Eran momentos en que trataba de enviar una dosis de concordia para apaciguar los ánimos caldeados de una crisis que ya lleva más de cuatro meses.

A la salida del Legislativo, tampoco se escuchó la granadera, marcha que se utilizada anteriormente al retiro de los mandatarios y que estaba asociada a movimientos militares. El ex presidente Álvaro Colom la sustituyó por el son El rey quiché y luego la revivió Pérez Molina.

Los reporteros relatan que Pérez Molina la utilizaba dentro del Palacio Nacional de la Cultura y en cualquier acto oficial en la capital y el área rural, a cualquier lugar que fuera, a tal grado que sus asistentes siempre se adelantaban a los pasos del mandatario para urgir a los músicos: “¡la Granadera, la Granadera porque ya viene el señor presidente!”. Ahora Maldonado Aguirre apareció en silencio, sin esa marca castrense.

Pero quizá la mejor presentación que hizo el nuevo mandatario fue su discurso en el Palacio Nacional de la Cultura. A diferencia de Pérez Molina, que a ratos gritaba y sobreactuaba en sus gesticulaciones, Maldonado Aguirre se manifestó con una exposición sobria, relajada, una voz suave pero firme, más parecida a un catedrático universitario que tiene frente a sí a sus alumnos, que a un contingente de periodistas.

Pero quizá el elemento más distintivo fue que abandonó el podio que lo alejaba de los reporteros, se situó en el centro del Salón de las Banderas y comenzó a hablar sin ningún obstáculo de por medio. Ese solo punto fue una forma de demostrar que dejaba las exposiciones acartonadas tipo militar y que comenzaba una administración civilista.

Maldonado Aguirre trató de distanciarse de Pérez Molina y Baldetti al ofrecer que sus gastos de representación los donará a un asilo de ancianos, con lo que rompe esa visión de avaricia que los guatemaltecos tenían de los anteriores mandatarios. También le pidió a sus ministros que pongan sus cargos a disposición para que pueda efectuar cambios en el gabinete ministerial e hizo un llamado a sectores civiles con el fin de que hagan propuestas.

Con ello, envió un mensaje de apertura y de democratización de la administración pública. Ofreció que su breve mandato, que concluirá el 14 de enero del 2016, será de salvación nacional, que pondrá énfasis en resolver la crisis financiera del Estado y que respaldará el clamor ciudadano de que se efectúen las reformas a la Ley Electoral y de Partidos Políticos.

El nuevo mandatario también dejó buena imagen cuando dio a conocer a las personalidades que integran la terna de candidatos a la vicepresidencia que propondrá al Congreso. Sus seleccionados son Raquel Zelaya, secretaria ejecutiva de la Asociación de Investigación y Estudios Sociales y una de las firmantes de los Acuerdos de Paz en diciembre de 1996. El segundo es Gabriel Medrano, ex rector de la Universidad Rafael Landívar y quien fungió como presidente de la Corte Suprema de Justicia. El tercero es Alfonso Fuentes Soria, exrector de la Universidad de San Carlos de Guatemala y actual secretario general del Consejo Superior Universitario Centroamericano. En el ambiente político y académico se considera que los tres propuestos son personas honorables que no tienen pasado político negativo.

Para cerrar su primera presentación pública, Maldonado Aguirre informó que vivirá en la Casa Presidencial porque a su edad le podría representar problemas de salud moverse todos los días de su actual vivienda a la casa de gobierno. La residencia oficial no era utilizada para esos menesteres desde la presidencia de Ramiro de León Carpio, que gobernó del 6 de junio de 1993 al 14 de enero de 1996. El siguiente mandatario, Álvaro Arzú (1996-2000), comenzó la tendencia de que los gobernantes vivieran en su propia casa y ese edificio se convirtió en lugar de reuniones oficiales.

Y mientras el ciudadano Otto Pérez Molina escuchaba en el juzgado B de Mayor Riesgo los audios que lo incriminan como cabecilla de la mafia de La Línea, Maldonado Aguirre trataba de cambiar la imagen presidencial destruida por su antecesor. El nuevo huésped de la Casa Presidencial trató de enviar un mensaje de tranquilidad y de que entiende las demandas de la ciudadanía indignada.

Por de pronto, el nuevo presidente tiene el beneficio de la duda de la población que espera cambios reales y efectivos, más que palabras, sobre todo por la preocupación de que detrás de la nueva administración el sistema de corrupción pueda recomponerse.