Mujeres guatemaltecas en la Independencia de Guatemala

La actividad política de las mujeres durante la Colonia ha sido poco reconocida.

Guatemala, 1821, mujeres, independencia. Aunque inconexas, estas palabras tienen más peso del que ha sido registrado en la historia.

Ya lo decía la feminista chilena Julieta Kirkwood, “habían estado allí siempre, pero en esa condición de historia fría”. Porque no se puede negar que aunque fueron relegadas a la “vida privada”, es decir, confinadas al silencio de la reproducción maternal y actividades caseras, enterradas en la repetición de lo cotidianamente doméstico; según palabras de la historiadora francesa Michelle Perrot, gracias a ellas algunos hombres han podido subirse a la palestra de las batallas y las conquistas de lo económico y lo social, de lo político y lo sagrado.

Pero la ausencia de las mujeres (con claras excepciones como el de Dolores Bedoya), en las páginas de los libros que relatan cómo Guatemala dejó de ser parte de la Corona Española para convertirse en un país independiente, no se trata de un mero descuido, sino de una constante: Hasta hace poco la historia en general había sido escrita desde un solo punto de vista, desde un telescopio, olvidando los binoculares. “La historia parecía rara (…) irreal, desnivelada”, apuntó en 1982 la novelista inglesa Virginia Woolf al señalar la ausencia de ellas en el mundo. Y es que el silencio pesa sobre las descendientes de Eva como un oscuro manto.

“Como resultado de años de la cultura patriarcal, se dice que en la mujer se ha destruido el deseo del poder. No lo desea para sí, se autoexcluye de la posibilidad de tomarlo, no discute. Lo considera algo que está fuera. Pero no se trata de que no quieran, sino de que simplemente han estado invisibles”, expone Ofelia Columba Dé Leon en el folleto Mujer e historia: hallazgos significativos para comprender su participación en los movimientos sociales del siglo XIX.

Unos cuantos nombres “… un día, encendidos en patrio ardimiento” —como reza el himno de este país—, se nos ocurrió separarnos de España, y era de suponerse que las mujeres, confinadas a los espacios privados, no pudieran sobresalir.

Tenemos el caso de Dolores Bedoya, de la que se cuenta, casi ridiculizándola, que salió a la calle a quemar cohetillos el día que se firmó el acta de Independencia. Solo esa imagen connota a una mujer casi loca, pero pocos se han dado a la tarea de reconocer que Bedoya no solo irrumpió en ese momento, sino su participación fue de vital importancia, tanto antes como después de este movimiento.

“El doctor Molina fue perseguido por mucho tiempo, de hecho estuvo encarcelado, y doña Dolores siempre se hizo cargo del mantenimiento de su casa, de sus hijos”, cuenta la historiadora María Laura Jiménez.

“Ella tenía una trayectoria política, pertenecía a una familia que se destacaba por sus pensamientos separatistas, acudía a cuanta Tertulia Patriótica hubiera, visitaba los barrios de la ciudad para difundir el pensamiento, como el de Candelaria, El Tanque, Marrullero… Y ese día, llamó a la gente para que, por si los próceres estaban un poco tímidos con la presión de la muchedumbre, firmaran el acta”, relata Jiménez.

Otra asidua concurrente a las Tertulias patrióticas “amiga de mezclarse en las cosa públicas y afecta a las intrigas políticas, fue doña María Josefa García Granados. Su hermano don Miguel García Granados la describe en una carta como mujer de genio independiente, despreocupada, de mucho ingenio y travesura, con gran facilidad para versificar y mucho chiste en sus sátiras; era lo que puede llamarse un ente original y de trato peligroso”, apunta Jiménez en el folleto Mujer e historia: movimientos sociales del siglo XIX.

Luis Villacorta, en su publicación María Josefa García Granados, asegura que la Pepita, como le llamaban, “no solo poseía gran talento, sino también variada instrucción, rara en su sexo y en su época, ya que conocía la música, tocaba el piano, era versada en literatura y hablaba varios idiomas, entre ellos el inglés, del cual tradujo poesías de lord Byron y otros autores”. Su experiencia política fue plasmada en sus escritos, que salieron a la luz después de la guerra civil de 1829.

“Pero hay otros nombres que hemos podido sacar del anonimato”, asegura Jiménez, y menciona a Cristina García Granados, una especie de Madame Roland, que infundía alientos al pequeño grupo de girondinos de que su esposo era jefe.

Anita Arce, el verbo del pueblo hecho saeta. Ella, la mujer sin miedo, algunas veces imprudente, siempre patriota, recorría los círculos populares censurando, vilipendiando, maldiciendo a la caterva opresora. También menciona a doña Leona Flores de Molina, madre de Pedro Molina; Marcela Cruz, hija de Serapio Cruz, y María Barrios, hermana de Justo Rufino Barrios.

“Sin embargo, no es difícil percibir que la historia ha identificado a esta guerrera como la esposa de… la hermana de… o que su participación se debió a la sangre de algún patriota, que desde sus glóbulos le insufló el amor a la patria, al partido, y la participación política, o simplemente la inteligencia para comprender asuntos tan delicados”, recalca Jiménez.

No obstante, desde el momento en el que se reconoce o salen a la palestra nombres de féminas, como los ya mencionados, y se convierten en hechos históricos, no “exhuma los acontecimientos menospreciados, desdeñados.

Conferirles importancia y explicar el porqué, no es solo reparar un olvido, sino cambiar los criterios, trastornar la jerarquía de los valores. La cronología en femenino amenaza con trastocar la importancia de los hechos”, escribió la feminista francesa Yvonne Knibiehler en su libro Cronología e historia de mujeres.

Las historiadoras guatemaltecas Anna Carla Ericastilla, María Laura Jiménez y Beatriz Palomo de Lewin coinciden al asegurar que la historia de la independencia de Guatemala no fue solo gracias a la labor de los hombres, sino a la fuerza de trabajo de muchas mujeres que debido a la época permanecieron en el anonimato, pero que sin ellas, muchas cosas no hubieran pasado.

Dolores Bedoya de Molina jugó un papel trascendente en la independencia. (Foto: Hemeroteca PL)
Patriarcado moderno

Aunque en la historia moderna se ha menospreciado la contribución de las féminas a la Humanidad, lo cierto es que este pensamiento cobró mucha más vigencia a raíz de la Revolución Francesa (1789), pues este movimiento es considerado como modelo a seguir para crear países con democracia y libertad, e impuso sobre las mujeres connotaciones negativas específicas si consideramos que en este hecho se dio el reconocimiento pleno de la ciudadanía, pero no para ellas.

Un personaje importante en este asunto fue Jean-Jacques Rousseau (filósofo, Ginebra, Suiza, 1712-Ermenonville, Francia, 1778) ya que fue el creador de los principios democráticos y a la vez misóginos”, explica la historiadora María Laura Jiménez.

Y es que este planteó, entre muchas cosas más, que las damas debían participar únicamente en el espacio de lo privado (doméstico), y los hombres en lo público, poniendo así, en el pensamiento llamado ilustrado, las bases del patriarcado moderno.

“Lo que propuso este pensador fue una sujeción de la mujer en un estado de naturaleza, que no fue siempre así, pues antes de esto tenía mucha más participación”, dice Jiménez. “Es muy ilustrativo lo que el mismo Rousseau dijo: ‘Formada para obedecer a un ser tan imperfecto como el hombre, con frecuencia tan lleno de vicios y siempre tan lleno de defectos, debe aprender con anticipación a sufrir incluso la injusticia y a soportar las sinrazones de un marido sin quejarse’ (Mujeres e historia: movimientos del siglo XIX).

Quizá se refería a que ellas se hicieran cargo, incluso de sostener a la familia, con trabajos caseros, para que ellos pudieran actuar en lo público sin ningún tipo de distracción”, apunta Jiménez. “Así, todos estos postulados rousseaunianos van a influir en la no participación política de las mujeres, y por eso es que ellas se nos desaparecen en este ámbito desde finales del siglo XVIII hasta casi mediados del siglo XIX”, anota.

“Y aquellas que salían no estaban bien vistas, porque significaba que no había un hombre con suficiente poder en sus casas para evitar que ellas se expresaran”, comenta la historiadora. “En los escritos de la época se puede leer, casi como manual, cómo ellas debían de llevar una casa y cuidar a los niños. Porque todo eso que nosotros creemos que es natural, es totalmente social y aprendido. Es decir, todos los tratados de puericultura son la pauta de que esa manera de ser tuvo que ser enseñada”, agrega Jiménez.

Heroínas en el anonimato

La mujer siempre ha intervenido en la economía, la ciencia, la cultura, la historia, el arte, y la educación, pero su participación ha estado limitada (por factores externos a su voluntad) y ha sido poco reconocida.

Numerosos factores de tipo estructural, ideológico, social y psicológico han inhibido su participación plena y la han configurado como un ser de pocos derechos, grandes responsabilidades y escasas posibilidades de afirmase como persona y como ente social, expone la historiadora Delia Déleon.

Coincide con este pensamiento la directora del Archivo General de Centro América, Anna Carla Ericastilla, quien asegura: Su trabajo siempre ha estado ahí, lo que nos ha faltado es implementar esa óptica que permita descubrirlas en los documentos en los que aparecen, y en los que aparentemente no lo están, leer un poco el sustrato, porque hay que pensar que si nos vamos a las clasificaciones en los archivos históricos en el mundo, lo que hay que tomar en cuenta es que las personas que han clasificado esa información (historiadores hombres) no siempre han pensado en resaltar la experiencia femenina.

Para la historiadora Beatriz Palomo de Lewin, no se trata de una acción predeterminada de los hombres, sino que ellos han querido resaltar solo su protagonismo. Se sabe que las primeras en indagar sobre el pasado de las mujeres no fueron los historiadores o las historiadoras, sino las feministas de formación universitaria.

En Le Deuxieme Sexe, publicado en 1949, la filósofa Simone de Beauvoir había mostrado el camino con mano maestra: su investigación sobre el estatus de persona humana de las mujeres la había conducido a una inmersión metódica en el pasado.

Las generaciones futuras le deberían, entre otros agudos juicios, el que “no se nace mujer, se llegar a ser”. A pesar de los esfuerzos de este movimiento, los hombres retomaron la historia de las mujeres, pero “les faltó ver el punto de vista de ellas”, denuncia Anne Pérotin-Dumon en su tesis El género en la historia.

“Lo que se requiere es un mundo de información”, decía Virginia Woolf. Pero la duda surge porque no se puso —y aún no se pone en su totalidad— en práctica esa óptica a la que Ericastilla se refiere. Según esta historiadora se debe a que la cultura occidental considera que las acciones de ellas tenían y tienen que estar inmersas en lo doméstico, y que las actividades de la reproducción son menos que las de producción, y por lo tanto se ha visibilizado a la mujer como ciudadano de segunda clase.

Déleon enfatiza que “a la mujer se le exige el máximo de productividad (aquí se incluye también la procreación) y se le subordina a un papel dependiente, caracterizado por la abnegación y el sacrificio”.