Migrantes apresuran travesía clandestina por llegada de Donald Trump

En una peligrosa carrera contra reloj para llegar a EE. UU. antes que Trump asuma la presidencia, muchos indocumentados latinoamericanos aceleran desde México su travesía.

Migrantes corren para recibir alimento en un centro comunitario en la comunidad de Caborca, Sonora, México. (Foto Prensa Libre: AFP).
Migrantes corren para recibir alimento en un centro comunitario en la comunidad de Caborca, Sonora, México. (Foto Prensa Libre: AFP).

Armados con un kit de migrante, sortean miedos, climas extremos, víboras, autoridades y mafiosos. La árida frontera entre México y Estados Unidos está sembrada en sus más de tres mil km de puestos oficiales de control que, con cientos de agentes, cámaras, helicópteros, y drones silenciosos vigilan la zona.

Pero los migrantes, atemorizados por la amenaza que hizo Trump de construir un nuevo muro infranqueable, se las ingenian para encontrar recovecos.

En la fronteriza Sásabe, se observan manchas blanquecinas sobre una de las columnas de metal oxidado de la valla limítrofe. A pocos metros, yace sobre la arena una botella negra con agua.

Las manchas indican que “tal vez alguien trepó y cruzó por aquí”, dice Sergio Flores, líder de un grupo de rescate de migrantes que el gobierno mexicano desplegó en la zona.

La botella fue pintada de negro para que no refleje destellos solares que puedan ser divisados por los agentes, una astucia “frecuente” entre los migrantes, explica.


En el cercano Caborca, otro de los muchos pueblos fronterizos de Sonora por donde pasan los migrantes, un puñado de hondureños atiza una fogata hecha con basura en medio de la gélida madrugada.

Huyendo de las pandillas y el desempleo, todos atravesaron México sobre el lomo de “La Bestia”, un tren de carga asediado por policías y mafiosos, con tal de llegar a terreno estadounidense antes de que el magnate Trump asuma el 20 de enero.

“Cuando vi a ese señor en la tele diciendo que odiaba a los migrantes y que iba a hacer otro muro, pensé: ahora o nunca. Y así todos nosotros pasamos Navidad y Año Nuevo en el camino para llegar a tiempo (…) Queremos ganarle” a Trump, dice Wilson, un albañil hondureño de 48 años, cerca de las vías férreas.

“Aunque está difícil, sigue siendo nuestro objetivo”, enfatiza este hombre que, por alcanzar su meta, no pudo ver nacer a su última hija.

“Sofisticados”

“Cada vez hay más” migrantes, asegura Laura Ramírez, una ferviente activista que diariamente ofrece desayunos a los indocumentado en Caborca. Estos días, alcanzó un pico de más de 200 platos servidos.

Según cifras del gobierno de México, las detenciones de indocumentados en el país alcanzaron un máximo de 20 mil 709 en octubre. Aunque la cifra bajó a 17 mil 230 en noviembre y los datos de diciembre no están aún disponibles, esta semana varios gobernadores fronterizos pidieron recursos alegando un desbordamiento del fenómeno de migrante.

De su lado, el Departamento de Seguridad Interna de Estados Unidos cerró el año fiscal 2016 con 530 mil 250 detenciones, contra las 462 mil 328 del periodo anterior.

Para burlar a las autoridades, los migrantes “se han ido sofisticando”  en sus métodos, asegura Flores.


Las “alpargatas”  -pantuflas con suelas de alfombra para no dejar huellas sobre la arena- así como los pantalones, sudaderas, guantes y pasamontañas camuflados se volvieron “requisito”  para cruzar, dice el agente.

En el kit también están las suelas de vaca que asemejan huellas de ganado y las toallas femeninas dentro del calcetín para amortiguar el maltrato de las largas caminatas.

En sus mochilas -muchas veces también camufladas- los migrantes llevan impermeables, antídotos contra veneno de víbora, alcohol para fogatas, talco para pies, píldoras contra la reuma y el dolor.

También llevan escapularios de Santo Toribio -patrón de los migrantes-, fotos de sus amores e hijos, amuletos de la suerte … y una inexorable fijación con el sueño americano.

El equipo táctico se puede adquirir en las tiendas que rodean la plaza principal de Altar, un pueblito de Sonora apodado el “Wal-Mart del migrante”.

“Negociazo”

Además de las tiendas, los agricultores fronterizos sacan provecho del paso de los migrantes pagándoles sueldos de hasta cuatro dólares por toda una jornada.

Además, los “coyotes” -traficantes de personas- enganchan a los migrantes desde sus países de origen, ofreciéndoles guiarlos por unos US$1 mil. Pero al llegar al norte de México, les anuncian que deberán pagar US$5 mil más por llegar a Estados Unidos.

Para Flores, los criminales hacen “un negociazo”.

Pero muchos de los paupérrimos migrantes no tienen con qué costearse un “coyote” y acaban cruzando como “burreros” , es decir, transportando marihuana sobre sus espaldas en mochilas de hasta 50 kg.


Además de esa carga, “debes llevar tu propia agua, comida y cobija. (Los narcotraficantes) no nos pagan, el pago es dejarnos pasar” , cuenta el Güero, un hondureño que se prepara para “burrear” por tercera vez.

En su campaña electoral, Trump calificó a los inmigrantes de “criminales”  y “violadores”.

Alegando “pánico de ese señor racista” , el Güero  se defiende: “Nuestro pecado es haber nacido en un país miserable y no tener dinero para pagar a las mafias” fronterizas.

Con la mirada clavada en el norte, Wilson confía “en Dios para ablandar el corazón de Trump”  y sus seguidores. Pero en Arizona, un estado típicamente republicano fronterizo con Sonora, los migrantes no son populares.

“No podemos negar que traen problemas”, opina un mesero en Arivaca que prefiere no dar su nombre. “Solo pienso que no deberían estar aquí, esta no es su casa”.

El caso de Honduras

Si Donald Trump construye el muro entre Estados Unidos y México, “igual nos tiramos a cruzarlo”, afirma Lizbeth Paredes, una niña hondureña de 13 años luego de regresar deportada de un fallido intento de emigrar hacia el país del “sueño americano”.

La estudiante de octavo grado arribó el miércoles reciente junto a su madre Gloria, de 38 años, y dos primas de 10 y 12 años, en un bus procedente del estado mexicano de Chiapas, a un centro de recepción de niños migrantes deportados en San Pedro Sula, 180 km al norte de Tegucigalpa.

Un total de 88 personas llegaron el mi��rcoles en tres buses, en una caravana de al menos dos viajes por semana de niños y adultos migrantes deportados.

“Nos queríamos ir antes” de que asumiera el nuevo gobierno en Estados Unidos, “pero si (Trump) construye el muro, igual nos tiramos a cruzarlo”, afirma la niña de piel canela y ojos vivaces, con su cabello hasta el hombro amarrado con una cola.

El presidente electo de Estados Unidos ha anunciado que cuando asuma la presidencia este viernes empezará a construir un muro en la frontera de tres mil 200 km con México y después el gobierno mexicano tendrá que pagarlo.

Sueños truncados

El anuncio ha disparado la migración de hondureños porque los “coyotes”, que les hacen pasar la frontera, avisan a la gente que deben irse antes de que se construya la muralla, según organismos humanitarios.

Luego de llegar en el bus, Lizbeth salió con su mochila en la espalda, junto a su mamá y sus primas, por una puerta de hierro del edificio del Centro de Atención para la Niñez y la Familia Migrante.

Las tres menores y la mujer partieron el 8 de enero de Honduras pero fueron bajadas por agentes migratorios de un camión en Villahermosa, en el estado mexicano de Tabasco.

Otro menor, que se identificó como Kevin Flores, de 15 años, afirmó que tampoco cree que el muro pueda detener la migración.

“Uno se va porque quiere una mejor vida, quiere ser alguien”, afirmó el niño de tez blanca, baja estatura y cabello castaño ondulado.

Explicó que la idea de irse a Estados Unidos se le ocurrió a su mamá, con quien salió de la comunidad occidental de La Entrada Copán el pasado domingo, pero agentes mexicanos de migración los detuvieron en Cárdenas.

Por su parte, Aminta López, de 41 años, emprendió el trayecto migratorio con sus dos hijos de 5 y 8 años desde la colonia capitalina El Carrizal.

“Vivía en la colonia Cerro Grande y de allá nos corrió la Pandilla 18; nos trasladamos a El Carrizal y no aguantamos a la 13 (pandilla Mara Savatrucha, MS-13)”, se queja la mujer menuda.

“¿Qué le voy a hacer? Tengo que regresar”, se consuela. “La idea era irme ahora porque después por el muro no se va a poder pasar, pero habrá que intentarlo de todas maneras”, afirma como pensando en voz alta.

Su plan era llegar a Nueva Jersey, donde vive su hermano Israel desde hace 18 años, pero agentes de Migración en México le cortaron el sueño.

Más de un millón de hondureños vive en Estados Unidos, la mayoría indocumentados. En el 2016 enviaron a su país US$4 mil millones en remesas, cerca de 20% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional.

Incontenible éxodo

Entre 80 mil y 100 mil personas salen de Honduras anualmente hacia Estados Unidos y cientos mueren en el camino, deshidratados en el desierto o asesinados por bandas criminales.

Emigran por falta de oportunidades de trabajo o estudio, la violencia de las pandillas o para reencontrarse con familiares, según encuestas de organismos humanitarios.

Cerca de siete cada diez de los 8.7 millones de hondureños están hundidos en la pobreza y este es uno de los países más violentos de la tierra, con una tasa de 60 homicidios por cada 100 mil habitantes, más de seis veces el promedio mundial de 8.9 establecido por la Organización Mundial de Salud.

La oleada de menores migrantes captó la atención mundial en el 2014, cuando más de 60 mil niños sin compañía de adultos fueron detectados al intentar entrar a Estados Unidos procedentes de los países del Triángulo Norte de Centroamérica  (Honduras, Guatemala y El Salvador).

En el 2016 fueron deportados de México 10 mil 28 niños hondureños, muchos de ellos sin compañía de adultos, según un informe de la no gubernamental Casa Alianza.

El organismo detalló que entre octubre del 2015 y el mismo mes del 2016 fueron detenidos en la frontera sur de Estados Unidos 65 mil 475 menores migrantes procedentes de México y el Triángulo Norte.