A principios de este año, cuando tractores y sembradoras de todo el medio oeste del país llegaron a los campos como el que queda cerca de su casa, Gaesser, de 69 años, tuvo la esperanza de que los precios elevados del grano y la demanda acrecentada de alimentos a nivel mundial se tradujeran en ingresos sólidos. Pero también tenía previsto que el marcado aumento de los costos del combustible, el fertilizante y otras necesidades rebajara por mucho esas ganancias.
Luego, está la gran industria alimentaria.
Corporaciones como PepsiCo, Cargill, Walmart y General Mills están tratando de convencer a agricultores como Gaesser de adoptar nuevas técnicas agrarias inocuas para el clima mediante una variedad de incentivos financieros y programas. Su intención es buena. En conjunto, estas empresas han prometido que al menos unos 28 millones de hectáreas, o alrededor del 18 por ciento de la totalidad de la tierra de cultivo de la nación, una superficie del tamaño aproximado de Nevada, serán trabajados con técnicas agrícolas regenerativas para 2030.
A través de la fotosíntesis, las plantas —ya sea el maíz o los árboles— convierten el dióxido de carbono del aire en energía que se almacena en el suelo. Las técnicas de agricultura regenerativa, como la plantación de cultivos de cobertura en el otoño, permiten que ese proceso continúe durante los meses del invierno, cuando el suelo suele ser yermo.
Sin embargo, hay varios factores que complican este proceso. Los programas auspiciados por las empresas, que van desde acuerdos de reparto de costos con los agricultores hasta garantías de cubrir cualquier reducción en el rendimiento de los cultivos y complejos contratos plurianuales para adquirir el dióxido de carbono que se capta y almacena en el suelo, en su mayoría siguen en sus fases de desarrollo y prueba. Representan solo una fracción de los objetivos generales de las compañías. Además, muchos agricultores siguen siendo escépticos sobre estas iniciativas, pues argumentan que los incentivos que ofrecen simplemente no bastan para cubrir los costos adicionales que generarán estas nuevas técnicas.
“¿Cómo se benefician ellos de que nosotros cambiemos nuestra forma de cultivar?”, preguntó Gaesser.
Gaesser personifica muchas de las fuerzas rivales que mueven la industria agrícola. Como un republicano que aconsejó al expresidente Donald Trump sobre temas agrarios, Gaesser también ha sido un promotor franco de los métodos de labranza respetuosos con el medioambiente y utiliza muchos de ellos en las dos mil 185 hectáreas que cultiva con su hijo. Pero no cree que los agricultores deban pagar los costos que implica transformar prácticas que se han llevado a cabo durante décadas.
“Debe haber valor, u oportunidades, en toda la cadena alimentaria”, declaró. “¿Los clientes están dispuestos a pagar más por alimentos cultivados de manera inocua para el clima?”.
El sistema global alimentario, que contribuye con una tercera parte de las emisiones de gases de efecto invernadero del mundo, está bajo presión de consumidores e inversionistas para crear planes tangibles a fin de reducir esas emisiones. Al mismo tiempo, está emprendiendo otras iniciativas, como eliminar el plástico de los empaques y reducir el consumo de agua, a fin de hacer más sustentables sus productos.
No obstante, los intentos para lograr esas metas climáticas llegan en una época frágil para el sistema alimentario a nivel mundial. La pandemia, las interrupciones en la cadena de suministro y la guerra en Ucrania, uno de los seis graneros más importantes del mundo, han orillado a las empresas de alimentos a luchar —y a pagar precios más elevados— para obtener los granos necesarios para los volúmenes de alimentos que producen.
El sistema agrario actual no es “lo suficientemente flexible como para reducir con celeridad sus emisiones de gases de efecto invernadero”, sentenció Hannah Birgé, científica principal de alimentos y agua para The Nature Conservancy, una organización sin fines de lucro que se ha asociado con corporaciones para alcanzar metas de sustentabilidad. “No funciona para el productor, no funciona para la cadena de suministro y no funciona para el consumidor”.
Sin embargo, la incógnita de quién debería asumir el costo de cultivar alimentos de manera más sustentable —los agricultores, las empresas, los consumidores o el gobierno mediante programas federales— no es la única duda que se cierne sobre la agricultura regenerativa.
Las entrevistas con académicos, organizaciones sin fines de lucro, corporaciones y agricultores indican que no hay una definición normalizada de lo que constituye la agricultura regenerativa. Y las prácticas que funcionan en una parcela quizá no funcionen en otra.
Sin embargo, tal vez el mayor obstáculo son los propios agricultores, puesto que su edad, experiencia, cultura e ideología política plantean desafíos. Durante décadas, la edad promedio de los agricultores en Estados Unidos ha ido en aumento. En 2017, llegó a casi 58 años. Los expertos afirman que convencer a los agricultores de abandonar técnicas que han empleado durante años a favor de métodos más modernos es una tarea complicada.
Un nuevo riesgo
En meses recientes, tras hacer todo tipo de maniobras para sobrellevar la pandemia, la escasez de mano de obra y luego la carencia de varios ingredientes clave en la cadena de suministro, la gran industria alimentaria ha tenido que enfrentar un nuevo reto: la inflación.
Las empresas ya elevaron los precios de los cereales, las papas fritas y las galletas para compensar el aumento del costo del maíz, la soya y el trigo que se usan para elaborar estos productos.
Ahora, mientras contemplan maneras para alcanzar sus objetivos de sustentabilidad, hablan poco sobre pagar un precio aún más alto por cosechas cultivadas de forma sustentable. Algunos señalaron una encuesta publicada a principios de este año por el Consejo Internacional de Información Alimentaria, una organización sin fines de lucro financiada por la industria de alimentos y bebidas, que reveló que la mayoría de los consumidores no estaban dispuestos a pagar más por alimentos cultivados con técnicas agrícolas regenerativas. En cambio, gran parte del esfuerzo se centra en convencer a los agricultores de que las prácticas de agricultura regenerativa se pagarán solas con el paso del tiempo.
El año pasado, el gigante de la industria de alimentos y bebidas PepsiCo se planteó un objetivo ambicioso: para 2030, dos millones 832 mil 799 de hectáreas —la totalidad de su huella agraria a nivel global— usarían técnicas de agricultura regenerativa. Para lograrlo, PepsiCo, que facturó US$7 mil 600 millones, se ofreció a compartir los costos de algunos programas piloto. Si los agricultores adoptaban técnicas inocuas para el medioambiente en algunas hectáreas de sus tierras arables, PepsiCo les pagaría de US$10 a US$40 por acre durante un año.
“Creemos que hay un periodo en el que los agricultores necesitan un puente para hacer esta transición”, comentó Jim Andrew, director de sustentabilidad de PepsiCo. “Lo que hemos visto es que primero lo prueban, y luego, en el segundo año, amplían de manera drástica la superficie cuadrada en la que utilizan las técnicas porque se dan cuenta de los beneficios”.
El año pasado, una organización sin fines de lucro llamada The Soil Health Institute realizó un estudio financiado por Cargill que inspeccionó 100 granjas que usaban técnicas agrarias regenerativas. Este encontró que el 67 por ciento de las granjas reportaron mayores rendimientos, pues producían más maíz o soya. Además, los costos disminuyeron y los ingresos se incrementaron.
No obstante, otros dicen que cambiar la composición del suelo puede tardar años y requiere de labores constantes, además de que sigue en el aire la pregunta de si este tipo de agricultura les beneficia a los agricultores a nivel financiero.
“Desde mi perspectiva, la mayoría de las corporaciones están dispuestas a pagar, pero aún no tienen una visión clara de cuánto les costará esto o durante cuánto tiempo”, opinó Debbie Reed, directora ejecutiva de Ecosystem Services Market Consortium, una organización que trabaja con empresas y agricultores para desarrollar programas a favor del medioambiente. “Los agricultores deben involucrarse en el proceso y comprender que, si no hacen estos cambios, se irán a la quiebra”.
Pedirles a los agricultores que den marcha atrás a prácticas que han sostenido durante décadas y que adopten, en algunos casos, nuevos gastos y posibles riesgos con la agricultura regenerativa no ha sido nada fácil.
El suelo de aproximadamente el 21 por ciento de las tierras cultivables no fue labrado de manera continua en un periodo de cuatro años, mientras que se sembraron cultivos de cobertura en solo el 12 por ciento, según una encuesta de 2017 realizada por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA, en inglés). La mayoría de los expertos prevén que esos porcentajes se elevarán este año, cuando se realice la encuesta más reciente del USDA, que se lleva a cabo cada cinco años.
Parte del motivo por el que la adopción de los cultivos de cobertura ha sido lenta es el costo. A principios de este año, académicos de la Universidad Estatal de Ohio y la Universidad de Illinois estimaron que plantar un cultivo de cobertura al año costaba US$37 por menos de media hectárea en gastos de semillas, equipo y mano de obra. Para un terreno de 121 hectáreas en Iowa, esto implica unos US$11 mil adicionales en costos al año, y los expertos afirman que es probable que la inflación haya elevado aún más esos precios.
Ver oro en el dióxido de carbono
Hoy en día, la fiebre del oro más reciente se encuentra en el medio oeste del país. Ahí, en el suelo oscuro y friable, las empresas de alimentos y otros afirman que hay un nuevo producto —y una fuente de ingresos— para los agricultores: el carbono.
El año pasado, Cargill empezó a ofrecer a los productores US$20 por cada tonelada métrica de dióxido de carbono que lograran secuestrar, o extraer de la atmósfera, y capturar en el suelo, en sus campos por medio de técnicas de agricultura regenerativa.
Hace dos años, Cargill, una corporación de capital privado, se planteó la meta de que cuatro millones 46 mil 856 de hectáreas de tierra en América del Norte se labraran de manera sustentable para 2030. Cargill declaró que hasta el momento tiene 145 mil 686 hectáreas participando en una variedad de programas de agricultura regenerativa, pero no reveló cuántos de estos incluían el secuestro de carbono. “Vemos un interés tremendo de parte de la comunidad de agricultores y ganaderos”, aseguró Heather Tansey, directora del grupo de sustentabilidad ambiental de Cargill.
Cargill es una de muchas corporaciones y empresas que están recorriendo el medio oeste y ofreciendo contratos a los agricultores por el dióxido de carbono que aíslan en su suelo. Para Cargill, ese carbono puede ser considerado como parte de sus metas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.
Otros grupos están vendiendo bonos de carbono. El año pasado, Microsoft, que se ha propuesto tener emisiones negativas de CO₂ para 2030, pagó US$2 millones por el carbono que estaba secuestrado en las tierras cultivadas por miembros de la cooperativa agrícola de Land O’Lakes y algunos agricultores independientes para compensar sus propias emisiones de gases de efecto invernadero.
Sin embargo, muchos agricultores denuncian que los precios ofertados son demasiado bajos.
Ray Gaesser y su hijo Chris abandonaron un proyecto de secuestro de carbono cuando se les solicitó comprobar que no habían labrado la tierra durante un periodo específico.
“¿Cómo se demuestra eso? ¿Te muestro una foto del tractor en el cobertizo?”, preguntó entre risas Chris Gaesser, de 36 años, quien regresó a la granja tras graduarse de la Universidad Estatal de Iowa con una licenciatura en agronomía.
Padre e hijo opinan que la agricultura está cambiando y las prácticas agrícolas sustentables seguirán creciendo, sobre todo ahora que está llegando una generación más joven. Pero les cuesta trabajo vislumbrar cómo se lograrán las variadas metas climáticas con los programas de incentivos actuales.
“Nuestro modelo de negocio es proteger lo que somos dichosos de tener, pero aún hay que alimentar a la familia”, señaló Gaesser padre. “A fin de cuentas, ¿qué beneficio nos trae hacer esto?”.