Es el mismo desafío que enfrenta cada día Cristina Fernández, en Argentina, y Laura Chinchilla, en Costa Rica: el de conducir sus respectivos países con su propia iniciativa, sacándose el estigma de haber sido primera dama o de tener un ex presidente como padrino político.
“En Brasil se buscó quitar legitimidad a Dilma (Rousseff) por el hecho de que fue escogida por Lula, como si ella no fuese capaz de tomar sus propias decisiones solo por el hecho de ser mujer”, expresó Rosemary Segurado, doctora en Ciencias Sociales de la Universidad de São Paulo.
Según esta especialista, Rousseff, Kirchner y Chinchilla se encuentran ante la “necesidad de mostrar que no son la sombra de nadie. La política en América Latina es un espacio masculino, y a la sociedad le cuesta aceptar que ellas tengan sus propias opiniones, ideas e iniciativas”.
En el caso de Rousseff, el hecho de nunca haber disputado una elección antes de vencer los comicios presidenciales de este año era visto como la prueba de que “ella apenas era la continuación del gobierno de Lula, y eso claramente es descalificar su trayectoria”, expresó Segurado.
Rousseff, de hecho, formó un gabinete en el que varias figuras prominentes, como el ministro de Hacienda y el de Defensa, vienen del gobierno anterior.