Catalejo

AMLO y su pacto con el Triángulo Norte

Mario Antonio Sandoval

Como era de esperarse, una serie de dudas surgieron al escuchar los dos discursos pronunciados el sábado por el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador al momento de recibir el cargo y luego en el Zócalo, abarrotado de ciudadanos. Fue congruente, eso sí, con sus promesas de campaña. Pero para los centroamericanos hubo un hecho específico inesperado: la firma de un plan con los presidentes del Triángulo Norte, Guatemala, El Salvador y Honduras, y ese es el punto más importante para opinar desde la perspectiva centroamericana, porque a consecuencia de sus características específicas actuales políticas, resulta dudosa la posibilidad de colaboración de los gobiernos y especialmente de los presidentes Morales, Hernández y Sánchez.

AMLO habla de luchar de frente contra la corrupción, y en este campo puede quedarse solo en su propio país, pero con toda seguridad no encontrará eco en sus colegas, involucrados o relacionados y dependientes de los nefastos efectos de la corrupción. En el caso de Guatemala es patético: los tres poderes del Estado simplemente no cumplen con sus obligaciones legales, pero sobre todo éticas, y se encuentran controlados por oscuras manos. Me llamó la atención la referencia específica del presidente mexicano a los fideicomisos como manera corrupta y oscura de manejar los fondos públicos. Igualmente al nepotismo, un mal profundamente arraigado en la política mexicana, como es también el caso del resto de países latinoamericanos.

Las instituciones sociales privadas centroamericanas deben aprovechar esta oportunidad, incluyendo especialmente a las entidades económicas, cuya principal tarea es entender las relaciones ineludibles y su jerarquía entre lo social, lo cultural y lo económico. La manera de hacerlo es tema de quienes se dedican a analizar las complejas relaciones entre política, economía, leyes, multiplicidad cultural, nivel de educación, etc. La razón, por simple de comprender, no debería ser necesario repetirla: en definitiva, los países se encuentran en un camino dirigido a toda velocidad hacia el precipicio. Sin embargo, los riesgos permanecerán si esto no se entiende y si tampoco se decide a hacer lo mejor posible por reducirlo o, mejor aún, eliminarlo.

Desde una perspectiva continental, la llegada de López Obrador completa la tríada de presidentes populistas: Trump y Bolsonaro. Esta realidad es también innegable: los tres países más grandes del continente americano se encuentran ahora gobernados por políticos —uno de ellos con experiencia y el otro un aficionado— cuya llegada al poder responde tanto al fracaso de las derechas como de las izquierdas. El telón de la duda está allí, y para levantarlo se deben cumplir las promesas y, en el caso de Guatemala, cortar aberraciones como la superpoblación de supuestos partidos con el fin oculto de desesperar a los votantes al ver tal proliferación de orgullos y vanidades de gente convencida de ser el mago Merlín, capaz de arreglar las cosas.

El nuevo presidente mexicano tiene la tarea de luchar contra la corrupción en su país, pero al mismo tiempo de presionar porque esto ocurra realmente en el trío norte de Centroamérica. Si su relación con su colega estadounidense es tan buena como él dice, puede convencerlo de la creación de un “Plan Trump”, al estilo del Plan Marshall realizado al final de la caída de Alemania. El mundo era simple en ese entonces, y por ello ahora los retos son más fuertes para lograr éxito para romper el éxodo del istmo centroamericano. Al cumplir esa promesa tendrá autoridad moral para exigir algo parecido al sur de sus fronteras. A pocas horas de sus discursos, AMLO debe señalar hasta dónde son posibles sus promesas y el dinero para realizarlas. Al terminar los aplausos debe empezar la acción.