Economía para todos

Cero tolerancia a la corrupción

José Molina Calderón josemolina@live.com

Con motivo del bicentenario de la Independencia de Guatemala 1821-2021, se examina la experiencia de la transparencia en la lucha contra la corrupción.

La Lección Inaugural 2018 en la Universidad del Istmo de Guatemala, por la Dra. Reyes Calderón Cuadrado, lleva por título La Experiencia de la Transparencia. El Rol de las Empresas y la Industria en la Lucha contra la Corrupción. Seguidamente, un extracto de la misma.

Existen hipernormas que, como implican principios fundamentales para el desarrollo humano, son generalmente aceptadas por todas las culturas y organizaciones. Entre ellas, aparece, desde la época de Isaías, como vicio a eliminar, la corrupción. Como discordancia entre comportamiento e hipernorma, la corrupción sugiere inmoralidad, es decir, un comportamiento que “no solo está desprovisto de principios o preceptos éticos, sino que también se opone positiva y activamente a lo que es correcto o justo” (Carroll, 2000: 38).

A esta filosofía de cero tolerancia con la corrupción, por tratarse de un bien ético con el que no se puede negociar, han ido sumándose muchos movimientos legislativos y convenciones a las que se han adherido muchas naciones, influenciados por la OCDE. Desafortunadamente, una vez firmados, muchos Estados han sido incapaces de aplicarlos de manera eficaz. Debemos reconocer que, en algunos casos, se ha debido a la falta de voluntad política, pero, en muchos otros, son consecuencia de la carencia de medios e instrumentos jurídicos idóneos para su consecución, aplicando a la corrupción los cánones de los delitos de sangre, por ejemplo, lo que ha dejado a medias cualquier solución eficiente.

Si cerramos el foco y nos fijamos, no en los Estados, en los países, en las regiones, cuanto en las empresas, podemos ver cómo esas barreras se han ido reduciendo desde varios frentes. Muchas compañías han empezado a adoptar estrategias de Responsabilidad Social Corporativa y a auto-obligarse a evaluar y cuantificar los impactos positivos y las externalidades negativas que ocasionan en los territorios donde se asientan. Muchos de sus stakeholders han incidido en esta conducta por exigirlo de manera explícita.

Uno de los ejemplos más evidentes es el éxito logrado por el índice Dow Jones de Sostenibilidad, que no solo obliga a las compañías invitadas a contar con un código ético con referencias explícitas al soborno y a la corrupción, sino que les exige dar cuenta actualizada de sus estrategias a nivel global, sea como sea el nivel de corrupción de los países donde tengan presencia.

Traigo a colación este índice por dos cuestiones paralelas. La primera es notar que muchas empresas globales desean, buscan, se esfuerzan por cumplir con esos estrictos criterios para poder tener acceso a ese selecto club dibujado por el Dow Jones de Sostenibilidad, cuyo nivel de performance es, la mayor parte de las veces, superior al Dow Jones original. La segunda cuestión es que ese índice no incluye la política de responsabilidad social en el campo de la filantropía o la sensibilidad voluntaria. Lo considera como, y cito, “un enfoque de negocio que persigue crear valor a largo plazo para los accionistas mediante el aprovechamiento de oportunidades y la gestión eficaz de los riesgos inherentes al desarrollo económico, medioambiental y social”.

La globalización, por tanto, que, en origen pudo abrir las puertas al relativismo ético y a la incoherencia de algunas compañías, con comportamientos limpios en los países de origen y nada limpios en el exterior, está alimentando el efecto contrario: crear clubes de compañías globales coherentes, con elevado performance tanto medioambiental, como económico y social.