ColaboraciónChiquimula agoniza

Por Wendy de Berger

Recientemente pudimos observar en los distintos medios de comunicación los rostros de hermanos nuestros que, afectados por la hambruna, están agonizando en algunos centros de Salud de Chiquimula.

El cuadro bien puede replicarse en diversos municipios de todo el país, pero hoy estamos consternados por los casos de Jocotán, Camotán y las aldeas de ese departamento de Oriente que ha sido olvidado, porque los guatemaltecos debatimos por fortalecer nuestra incipiente democracia, y por sobrevivir día a día con la caótica situación que tanto nos agobia.

El rostro de Juanita, una niña de doce años que sólo deseaba vivir y que murió de hambre, debe quedar grabado en nuestra memoria. Juanita debe ser para nosotros un símbolo de lo que jamás debe ocurrir.

Su muerte y las muertes de otras víctimas inocentes que podrían sumarse en estos días, sucederán hasta que les llegue la ayuda necesaria y puedan los chiquimultecos levantar sus cosechas de maíz y frijol para poder sobrevivir, pero eso es cosa de meses.

El gobierno no quiere, ni tiene tiempo para atender estos problemas. Entre las agendas de dignatarios que nos visitan y la tarea por esconder pruebas de más corrupción que día a día van descubriéndose, y de las cuales no quiere dejar rastro, estas grandes crisis nacionales, auténticas y desgarradoras, se ven relegadas a segundo plano.

Guatemala se debate en una lucha que puede ser un descalabro político y social, pero ante este cuadro los guatemaltecos debemos responder con un corazón generoso, ante el dolor y la necesidad del hermano.

Prueba de este llamado fue la tormenta tropical Mitch, una desgracia que afectó a la región centroamericana en noviembre de 1998, cuando todos, con medios o sin ellos, acudimos a apoyarnos unos a otros, como ya antes lo habíamos hecho con el terremoto del 4 de febrero de 1976.

Más valiosa que la ayuda física o material fue la solidaridad que recibieron aquellos que, aunque tenían muy poco, lo perdieron todo. Esa solidaridad es la que necesitamos.

Hoy nada debe alejarnos de ese sentimiento. Mientras el Gobierno prefiere sostener una disputa entre quién debe y puede atender a los más pobres, los guatemaltecos que sentimos y compartimos el dolor ajeno no permanecemos indiferentes, y vamos a reunir alimentos y todo lo necesario, para decirles a nuestros hermanos que mueren de hambre que la única lucha y preocupación para nosotros son ellos.

No deben existir diferencias de sectores, grupos políticos ni religiosos. El hambre no tiene bandera. Chiquimula no puede esperar.