Catalejo

1944: Una revolución cinco veces quinceañera

Mario Antonio Sandoval

Ayer se cumplieron 75 años de la revolución de octubre de 1944, el único proceso histórico merecedor de ese nombre en la convulsa historia guatemalteca. A mi criterio, el período de la revolución en sí fue breve: del 20 de octubre de ese año al 15 de marzo de 1945, cuando tomó posesión el primer gobierno de esa revolución encabezado por el doctor en ciencias de la educación Juan José Arévalo, quien conforme pasan los años y se han desaparecido las emotividades, es posible considerarlo como lo es: el mejor presidente de la historia de Guatemala, lo cual no lo califica de perfecto, pero sí de estadista talvez debido a su formación humanista de primer orden, opuesta totalmente a la mentalidad militarista presente en los 14 años de los 14 años de Jorge Ubico.

Puede haber alguna similitud con el gobierno de Arévalo y el de Justo Rufino Barrios, en un tema: haber logrado avances para el país, con la diferencia de serlo en el campo tecnológico y económico, pero manchado porque se afianzó el nepotismo y el amiguismo. El sexenio arevalista hizo énfasis en avances sociales, como el seguro social y el derecho de sindicalización, ahora criticados porque muchas de sus actuaciones han sido demasiado discutibles. Fieles a su tradición, los guatemaltecos realizaron una serie de asonadas y de intentos de golpe de Estado, pese a lo cual terminó el período y el poder fue entregado al ganador de las elecciones, Jacobo Árbenz. De los gobiernos siguientes, Serrano y Pérez Molina no terminaron su período.

En cuanto a la situación política, la falta de conocimiento de la historia guatemalteca ha borrado realidades como la influencia de la lucha contra Hitler y Mussolini en la Segunda Guerra Mundial por lo cual eran los enemigos a vencer, los rusos eran aliados y por tanto no tenía sentido criticarlos. Ciertamente, al finalizar la confrontación global, la Unión Soviética colaboró en la creación de un nuevo pero muy pequeño partido comunista en Guatemala. El primero había surgido en 1922, pocos años antes de la derrota de los zares. Estados Unidos decidió impedir la influencia soviética en el continente. La Guerra Fría hizo su parte, y a ello se agregó la influencia de sectores conservadores, así como de la en ese entonces muy influyente Iglesia católica.

Guatemala fue víctima de su geografía: un istmo con costas en los dos océanos más importantes del mundo. La revolución de octubre y los gobiernos derivados de ellas terminaron con el ingreso al país en 1954 del llamado ejército de la Liberación, cuyo líder –según algunos— gobernó hasta el 26 de julio de 1957, cuando fue asesinado en la casa presidencial, en el último magnicidio ocurrido en Guatemala. Conforme han pasado los años, pero sobre todo desde el 2000, ya se han logrado avances para calificar con serenidad lo ocurrido, sus consecuencias y la relación indirecta con el siguiente hecho histórico, el conflicto armado interno, terminado hasta 1996 luego de docenas de miles de muertos. Mientras tanto, el mundo cambió y logró superar la Guerra Fría entre 1945 y 1989.

La revolución de octubre de 1944, como casi todos los hechos históricos del país, están sepultados y no existen en la memoria colectiva. Eso es una injusticia contra quienes participaron y no permite entender muchos de los efectos de la realidad política nacional, exceptuando claro está el drama del apoderamiento de las instituciones nacionales de sectores oscuros, entre los cuales sobresalen la corrupción y el narcotráfico. Gracias a esta quinceañera revolución, el país dio un paso adelante muy firme, aunque muchos de ellos perdieron su popularidad y a veces hasta su razón de ser. No se puede saber cómo hubiera sido Guatemala si la revolución no hubiera fracasado, como por desgracia ocurrió. Pero ello no implica rechazar o no aceptar la importancia de este movimiento popular puro.