Liberal sin neo

Amaneciendo con Joe

Fritz Thomas fritzmthomas@gmail.com

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Hoy es el primer amanecer de Joe Biden como presidente de EE. UU., quien está en la cima de una carrera política de casi medio siglo. No recuerdo un solo acto memorable de Biden, una política trascendente que haya impulsado o que represente algún conjunto de ideas claras, menos un movimiento. Marcará un fuerte contraste con Donald Trump, en estilo, presencia y vigor, en políticas públicas domésticas y política exterior. Se me ocurren muchos adjetivos para calificar a Biden, líder no es uno de ellos, aun cuando este parecería un enunciado paradójico con referencia al presidente del país más rico y poderoso del mundo. En las elecciones primarias alcanzó la candidatura del Partido Demócrata por ser el menos exótico entre los candidatos fuertes. Bernie Sanders y Elisabeth Warren representaban opciones demasiado riesgosas e inelegibles en la elección general. Como miembro largamente establecido de la maquinaria del partido, figura asociada al gobierno de Barack Obama y amplio reconocimiento de marca, Biden era una apuesta más segura; con solo ser la alternativa a Trump lograría movilizar al ala más radical y al mismo tiempo daría calma a la barra demócrata tradicional.

Si las elecciones se hubieran realizado en enero de 2020, Trump habría obtenido una victoria aplastante; la economía de EE. UU. se encontraba pujante, con los más bajos niveles de desempleo en su historia y el partido demócrata se encontraba dividido, sin liderazgo o agenda clara. Surgió la pandemia, con sus efectos económicos y, especialmente, sobre el ánimo de la población, confusión, incertidumbre y la percepción de la ausencia de acciones claras y efectivas. Se sumaron los disturbios y manifestaciones violentas en diferentes ciudades del país, retando a la ley y la autoridad. El linchamiento político de Trump por parte de sus opositores políticos en el Congreso, que intentaron desaforarlo, sabiendo todo el tiempo que no sería aprobado por el Senado, desgastó su imagen. Estos tres temas dominaron las noticias en los meses anteriores a la elección; el golpe de gracia fue su pésimo desempeño en el primer debate. La pandemia abrió la puerta a cambios en las reglas y prácticas electorales, como el masivo voto por correo y el relajamiento de controles y sistemas de verificación; tema que ya está proscrito.

Los líderes políticos demócratas en el Congreso que tildan de traidores que deben ser desaforados a congresistas republicanos que se opusieron a la certificación de Biden son los mismos que se opusieron a la certificación de Trump y de George W. Bush en su oportunidad. Los disturbios en el Capitolio, el pasado 6 de enero, han allanado el camino para un vigoroso revanchismo y persecución de Trump y sus aliados; han legitimado la calificación del “Trumpismo” como un culto peligroso que debe ser extinguido. El papel de la mayoría de los medios de comunicación “objetivos” en EE. UU., especialmente las plataformas como Google, Facebook y Twitter, es vergonzoso y, a la larga, peligroso; practicaron censura descarada. Un indicador emblemático son las contribuciones monetarias de dirigentes y empleados de estas empresas a los partidos políticos y candidatos, a razón de 90% en favor del Partido Demócrata. Al cancelar la cuenta de Trump, Twitter simplemente confirmó lo que ya se sabía: los jefes de media docena de empresas de tecnología informática tienen más poder que el presidente de EE. UU. Este no es un ataque paranoico a la prensa en general; es innegable la parcialidad de los medios y estas empresas en la contienda electoral.

El péndulo se detuvo, regresa el equipo de Obama.