Liberal sin neo

Anatomía del Estado

Fritz Thomas fritzmthomas@gmail.com

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Estricto y riguroso son adjetivos adecuados para calificar el pensamiento de Murray Rothbard sobre el gobierno, en el cuerpo de su obra y en La anatomía del Estado (1974), en particular. Mises, Hayek y Friedman cuentan entre los pensadores más influyentes del siglo pasado que promovieron y dieron fundamento a las ideas de la libertad individual y los principios de una sociedad libre; como señala Holcombe (2004), asignaban un papel importante al gobierno limitado, precisamente para proteger la libertad y la propiedad. Rothbard, en cambio, no ve redención alguna en el gobierno, solo peligro.

Rothbard sostiene que el gobierno no es una institución de servicio social. Especialmente con el surgimiento de la democracia representativa, se ha generalizado la identificación del Estado con la sociedad, otorgándole legitimidad y amplia licencia de acción y coerción. Si “nosotros somos el estado”, es “nuestra” creación y expresión, entonces lo que el gobierno haga e imponga al individuo es justo y voluntario. La deuda pública y el gasto de gobierno son “nuestros”. Enfatiza que “nosotros” no somos el gobierno, esta concepción colectiva es un camuflaje ideológico que cubre la realidad política; más que servir a la sociedad, se sirve de ella.

El autor sostiene que el Estado es “la única organización en la sociedad que obtiene sus ingresos [legalmente], no por la contribución o pago voluntario de servicios prestados, sino por la coerción”. Cita al sociólogo alemán Franz Oppenheimer, que describe dos maneras mutuamente excluyentes de adquirir patrimonio: una, el medio económico, que es la producción y comercio, y otra, el medio político, que consiste en extraer lo que otros producen. El Estado provee un canal sistemático, legal, ordenado, seguro y pacífico para la depredación de la propiedad privada, con “nuestro” consentimiento. De acuerdo con Rothbard, el “contrato social” no es más que la legalización del ejercicio extractivo.

Cualquier gobierno, no solo el democrático, propone Rothbard, requiere el apoyo o, al menos, la resignación de la mayoría de sus súbditos, para mantener su poder. Con este fin, debe comprar aliados entre la población, especialmente la creciente burocracia permanente y sus sindicatos, la nobleza de funcionarios y los intelectuales formadores de opinión que dan sustento a uno de los elementos esenciales, la ideología. La ideología debe persuadir a la mayoría de que el gobierno es una fuerza para el bien, que trabaja para nosotros y, en última instancia, es inevitable. Otra potente fuerza ideológica es hacer de menos al individuo y exaltar la colectividad de la sociedad.

Un pilar de la idea de gobierno es generalizar la convicción de que cuando el “sector público” le drena más recursos al “sector privado”, es para el bien común. Las personas que acumulan patrimonio a través de la producción y el comercio son calificadas como egoístas, materialistas, explotadoras; en contraste con los fines más altos y nobles del gobierno, creando la ficción de que la depredación es moralmente superior a la producción. Producir es cosa de bandidos, extraer de los que producen es tarea de héroes. La legitimidad que otorga la democracia se potencia con una larga lista de derechos que el gobierno “reconoce” a todos los miembros de la sociedad, requiriendo que una creciente cantidad de recursos deba extraerse de la actividad productiva.

No es necesario tener total apego a las ideas de Rothbard para encontrar en ellas principios precautorios provechosos y despertar sano escepticismo sobre los usos y abusos del poder de cualquier gobierno.