Presto non troppo

Bauhaus y la ciudad del futuro

Paulo Alvaradopresto_non_troppo@yahoo.com

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Es plausible que la relación entre arquitectura y música, tanto por contraposición como por analogía, siempre haya sido más evidente que entre las otras artes visuales y la música. No es casual la metáfora que se ha atribuido a los alemanes Goethe, Schelling o Schopenhauer, “la arquitectura es música congelada”. Un arte espacial frente a un arte temporal. El primero es estático, el segundo es dinámico; utilitaria la arquitectura, contemplativa la música. Lo masivo y tangible versus lo inmaterial e intangible. Al mismo tiempo, ambas artes son hijas de la matemática. Por un lado, la geometría; por el otro, la cronometría. Las proporciones, la armonía y el ritmo dominan a las dos. Tampoco es casual que al arte de organizar la materia prima de cada cual se le llame “composición” y que el manejo de ese procedimiento tenga una consecuencia estética. Las dos disciplinas llegaron a desarrollar también una “notación” que, aun cuando es obra del autor, no es la obra en sí, y usualmente recae en otros su ejecución. Son necesidades técnicas objetivas que han de cumplirse en expresiones artísticas subjetivas. Encima, por regla general ni arquitectura ni música han sido artes imitativas; desde antiguo la naturaleza abstracta de ambas les ha conferido una autonomía que no poseen la pintura, la escultura, la danza, la literatura ni el cine.

Si a lo anterior agregamos la ponderación de lo social veremos que, al igual que la música, la arquitectura rebasa el simple cometido de funcionar para un momento o para un selecto de personas nada más. El siglo XX es abundante en reflexiones y propuestas urbanísticas y, en el caso de un movimiento como el que inició la escuela Bauhaus, la obra de arte “total”. Constituida en 1919, la Bauhaus duró escasamente un decenio y medio en su nativa Alemania pero, a un siglo de su fundación, continúa influyendo y definiendo profundamente la manera de concebir el diseño gráfico, de interiores e industrial, la educación arquitectónica y la arquitectura propiamente dicha. Llevado todo esto al diseño social, la Bauhaus planteó la simplificación y la racionalidad de un arte que intenta conciliar la producción en masa con la creación individual, así como el sentido de lo bello con lo útil, filosofía de un arte nuevo, que se resume en la famosa frase que había sido acuñada a fines del siglo XIX, “la forma sigue a la función”.

Como todas las grandes innovaciones, la Bauhaus y su propuesta se han visto demeritadas por quienes se resisten al cambio, desde la multitud que con ligereza califica a la arquitectura moderna cual creación sin gracia, hasta el asustadizo partido nacional-socialista que forzó el cierre de la escuela en 1933 so pretexto de que se trataba de un enclave de pensamiento comunista.

Hoy, en nuestro país, ¿por dónde podremos acercarnos a los lineamientos de una arquitectura y de un urbanismo orientados a la solución eficaz de los problemas torales que aquejan a la ciudad de Guatemala y, por extensión, al resto de las urbes guatemaltecas? Una propuesta digna de consideración se ha denominado Metrópolis XXI. En estos días se ofrece un ciclo de conferencias, que se inició el viernes pasado con La Ciudad Ideal, una primera plática a cargo del arquitecto Álvaro Véliz. Continuará este viernes 1 de marzo, con La Ciudad y El Agua, por el licenciado Juan Carlos Godoy. La última será el jueves 7 de marzo, La Ciudad y El Transporte Público, a cargo del doctor Eduardo Velásquez. Todas, en el edificio de los Colegios Profesionales, a partir de las 18 horas. La invitación va más allá de los especialistas; son temas de absoluta relevancia en el tiempo y en las circunstancias actuales.