Liberal sin neo

Bendiciones que traen consecuencias

Fritz Thomas fritzmthomas@gmail.com

Recuerdo una conversación, hace más de dos décadas, sobre la emigración de guatemaltecos y el ingreso de remesas familiares. Fue poco después de la firma de los acuerdos de paz y yo opinaba que por ello la emigración bajaría y el envío de remesas se estabilizaría, y poco a poco iría en disminución, a medida que los chapines que ya estaban en EE. UU. se acomodaban y se debilitaban sus vínculos con Guatemala. El tiempo demostró que mi pronóstico estaba equivocado.

El ingreso de remesas familiares es la actividad económica que muestra más dinamismo en la economía del país, por mucho. En 2014 ingresaron remesas por US$5.1 mil millones y se estima que en 2019 el monto alcanzará US$10.5 mil millones, por lo que se habrá más que duplicado en ese período. En los últimos cinco años, incluyendo la proyección para 2019, el ingreso de divisas por remesas familiares ha crecido anualmente 13.6% en promedio, casi cuatro veces la tasa de crecimiento de la economía del país. Las remesas crecen a un ritmo superior al de cualquier otro sector de la economía. Aunque esta es una bendición, no deja de acarrear algunas maldiciones. Una de estas últimas es que el quetzal se tendría que haber apreciado significativamente —dólar más barato—, efecto que por un lado aumentaría el poder adquisitivo del consumidor, al mismo tiempo erosionando la competitividad y rentabilidad de las exportaciones. Para evitar estos efectos, el Banguat ha acumulado reservas, comprando dólares con quetzales, y para evitar inflación recoge o “neutraliza” quetzales con operaciones de mercado abierto; retira con una mano lo que ha metido con la otra, causando fuertes distorsiones en la economía.

Se escucha por parte de analistas y expertos que las remesas deberían dedicarse a la inversión y no al consumo, o que podrían financiar “obras”, pero no queda claro cómo podría alcanzarse este objetivo, ni se reconoce que de hecho ya ocurre. Las remesas no son “del país”, y menos del Estado; son enviadas a personas particulares, con nombre y apellido, a quienes pertenecen. En su gran mayoría, las personas y familias que reciben remesas en dólares los venden a cambio de quetzales en algún banco, y utilizan esos dineros para sus propios fines, que van desde suplementar su gasto diario, comprar bienes durables o invertir en negocios. De cualquier forma, gran parte de las remesas, ya sea en dólares o convertidas a quetzales, se depositan en cuentas bancarias, de manera que pasan a formar parte de los recursos prestables de los bancos. Esto significa que, en buena medida, las remesas ya están, de alguna manera, financiando inversión y obras, así como el consumo. Un detalle es que el Banguat recoge o esteriliza parte de este “exceso de liquidez” de quetzales. Si se abstuviera de hacerlo, probablemente se verían tasas de inflación más altas.

Es difícil ver cómo podrían dedicarse más remesas a la inversión. El Banguat podría abstenerse de recoger la liquidez en quetzales del sistema bancario, que aumentaría la cantidad de fondos prestables y bajaría la tasa de interés, pero esto acarrea riesgo inflacionario. Más de alguno propone un impuesto a las remesas para que el gobierno “invierta en obras”. No lo recomiendo; no creo en impuestos selectivos y se gastaría en burocracia, no en obra. El Banguat podría —no sé de qué forma legal— “invertir” sus reservas o buena parte de ellas en “obras”. Tampoco lo recomiendo, por riesgo de inflación, devaluación y mal inversión. Es bueno recordar la máxima; un quetzal tiene mayor utilidad social en el bolsillo de quien lo produce que en las arcas del gobierno.