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Biblia y Palabra de Dios

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

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¿Creemos los católicos en la Biblia? La respuesta es un sorprendente no. Creemos en el Dios de cuyas obras y amor la Biblia da testimonio; creemos en Jesucristo, de quien la Biblia nos narra su misión; creemos en el Espíritu Santo, que inspiró a los autores humanos que escribieron la Biblia para que ella sea para nosotros Palabra de Dios. No creemos en la Biblia, sino en el Dios uno y único que subsiste en tres personas distintas, como dice el dogma de fe, y al que conocemos a través del testimonio de la Sagrada Escritura.

Esta distinción entre la Biblia y Dios tiene un alcance teológico inmenso. Es usual escuchar que el judaísmo, el cristianismo y el islam son religiones “del libro”, porque las tres tienen un libro sagrado en el que los respectivos creyentes encuentran doctrina, normas morales y el testimonio sobre Dios. Pero el papel que juega “el libro” en cada una de las tres religiones monoteístas es diferente. Incluso dentro del cristianismo el modo de leer y utilizar la Biblia varía.

Los cristianos fundamentalistas leen y entienden la Biblia al pie de la letra, pues creen que fue textualmente dictada por Dios. Pero para los cristianos liberales, la Biblia es un conjunto de documentos históricos de naturaleza religiosa, cuya utilidad actual depende del criterio del lector. Entre uno y otro extremo hay una gama de matices.

Desde hace algunas décadas, en la teología católica, la comprensión de la naturaleza sagrada de la Biblia ha sido contextualizada en el horizonte amplio de la revelación divina. La llamamos “Palabra de Dios”. Pero esa expresión, en su connotación más sublime, designa a una realidad divina. El evangelista san Juan comienza su evangelio afirmando que “al principio existía la Palabra, que la Palabra estaba junto a Dios y era Dios”. Esa Palabra de Dios es el medio por el cual Dios se da a conocer a través de sus obras salvíficas y de las palabras de profetas, sabios, sacerdotes, apóstoles y evangelistas que de viva voz predicaron en nombre de Dios y llamaron a su enseñanza Palabra de Dios. Este es ya un segundo significado del concepto.

Esta predicación de profetas y apóstoles de muy diversas maneras y a lo largo de siglos fue consignada por escrito, compilada, editada y reconocida en la Iglesia como Palabra de Dios escrita: la Biblia. Y este es un tercer significado de la Palabra de Dios. Pero esos escritos, proclamados en la liturgia, explicados por el predicador en el contexto de la fe de la Iglesia e interiorizados por los creyentes, son también Palabra de Dios viva que mueve a la conversión, suscita la fe en Dios y alienta una vida de obediencia a su voluntad. Tenemos así un cuarto significado del concepto “Palabra de Dios”.

Esta trabazón orgánica de los diversos niveles de realización de la Palabra de Dios contextualiza la naturaleza de la Biblia como libro sagrado y pone en evidencia que no es la Biblia el fundamento y origen de la fe, sino que esa función la tiene el mismo Dios, de quien la Biblia da testimonio. Cuando se concluye la lectura de un pasaje bíblico en la celebración litúrgica, el lector proclama: “Palabra de Dios”. Pero al inicio de la lectura declaró que lo que se iba a leer era un oráculo del profeta Isaías, o un fragmento de una carta de san Pablo, o un pasaje del evangelio según san Mateo.

Isaías, Pablo y Mateo fueron autores humanos. Por lo tanto, reconocemos claramente que los escritos bíblicos tuvieron un origen humano, dentro de la comunidad de fe, pero que Dios, por la acción del Espíritu Santo, hizo suya la obra de esos autores durante la redacción del escrito, de modo que lo producido está inspirado y es Palabra de Dios. Por eso la Biblia es texto sagrado.