Catalejo

Bukele debe comenzar por analizar sus errores

Mario Antonio Sandoval

Nadie puede poner en duda la importancia de la victoria de Nayib Bukele en las elecciones de El Salvador, por las razones mencionadas por numerosos analistas, entre ellas constituir un ejemplo del hastío de los ciudadanos de ese país, en forma similar al existente entre los guatemaltecos, por la manera abusiva e irresponsable –por decir lo mínimo— de los políticos tanto de izquierda como de derecha. Tanto Arena como el FMLN fueron agrupaciones políticas con sólida base ideológica, pero el ejercicio del poder mareó a sus integrantes, sobre todo con la repetición de la victoria presidencial en ambos casos. Los ciudadanos les dieron el beneficio de la duda en dos ocasiones al segundo y en más al primero, pero el fantasma de la corrupción se materializó al punto de querer dominarlo todo.

A diferencia del caso guatemalteco con Jimmy Morales, el triunfador no es un neófito en la actividad política. Sin embargo, en este momento debe comenzar la tarea de comprender la diferencia del cargo logrado ahora, superior en mucho a la alcaldía de dos ciudades, aunque una de ellas sea la capital del país. Ahora es el presidente de todos los salvadoreños, incluyendo a la minoría no votante por él. Esa victoria, si bien debe llenar de satisfacción, al mismo tiempo debe ser analizada con sus limitaciones, porque de ninguna manera se trata de una carta blanca otorgada por la ciudadanía para permitirle tomar cualquier decisión. Por ello debe convencerse de no sufrir mal de montaña político. Para ello lo primero es analizar sus errores y la realidad de su pasado.

Ciertamente, no se le puede considerar tránsfuga del FMLN, donde comenzó su carrera política, por haber sido expulsado. Eso sí, es necesario analizar las causas de esa expulsión, y ver si no pueden ser resultado de su carácter. Esa primera participación le permitió conocer de primera mano los criterios de la izquierda salvadoreña, cuya principal característica es haber tenido una importancia militar de primer orden. Tanto los derechistas como los izquierdistas en El Salvador pueden ser señalados de haberse equivocado al no tener la capacidad o la voluntad de descubrir los cambios de dichos conceptos a lo largo de los años de la postguerra, sobre todo en el campo internacional. Es cuestión de voluntad personal y de la capacidad propia de buscar tener clara la imposibilidad de regresar la historia.

A causa de su preparación académica, en teoría Bukele puede realizar un gobierno con criterios más actuales en el escenario salvadoreño y centroamericano, y con ello convertirse en un modelo a seguir en los países vecinos de Guatemala y Honduras. Para algunos, lo ocurrido en El Salvador tendrá poco efecto económico en los otros dos países del Istmo, un criterio a mi juicio discutible sobre todo en el caso guatemalteco, cuya economía tiene una importantísima relación con El Salvador. En lo político, puede establecer un ejemplo tanto con sus vecinos del norte del Istmo como en Nicaragua, donde Ortega afianza su soledad en este campo. Pierde, sin duda, un aliado valioso como era el exguerrillero Cerén, e incluso Maduro tiene motivo para perder un apoyo ahora indispensable.

Toda dictadura tiene en el rechazo a la actividad periodística independiente a una de sus principales actitudes. Bukele debe acostumbrarse a no ser el dueño de la verdad ni a rechazar a quienes piensen distinto y lo manifiesten públicamente. Eso dependerá, vale la pena repetir, de no marearse en el ejercicio del poder, cuya característica principal es tener en cada día una jornada menos de su ejercicio. Los cinco años pasarán muy rápido y no se debe perder tiempo en discusiones muchas veces bizantinas, sino utilizarlo en convencer a los sectores con poder y capacidad económica y política, acerca de la urgencia de no esperar más. La infame exportación de ciudadanos en búsqueda de mejor vida sólo podrá detenerse con el combate a la inseguridad y a la corrupción, unido a la inversión económica.